Ximena
Las palmas me sudaban al reunirme con el señor Danilo. Su mirada se posó en mí con fijeza y luego me hizo un gesto invitándome a hablar.
—Y bien, señorita, ¿quiere el puesto? Es mucho trabajo o el salario es poco —me preguntó con una sonrisa.
—Poco, es mucho, señor. Podría comprarme un auto — comenté nerviosa.
—Harás muchos viajes conmigo, iremos a Singapur, a Francia, a Italia, alrededor del mundo, porque serás mi mano derecha como abogada. Tendrás que leer muchos contratos, quizás te parezca muy pesado...
—No lo es, señor, pero hay una cosa: no fui del todo sincera con usted, pero ya estaba harta del fiscal y del trato de las demás personas y quise huir.
—Entiendo, entiendo tu punto. A decir verdad, yo rompí trato con él también —respondió, abrí los ojos de par en par por la sorpresa.
—¿Por qué hizo eso? —le pregunté.
—Porque ya no tiene caso; no me gustan las injusticias. Me demandaron con un falso testimonio que no cometí, y gracias a ti que logré demostrar mi inocencia, encontraste pruebas y me salvaste el pellejo. Él, en vez de agradecerte, refunfuñó y te trató de la peor manera. Eso no lo puedo permitir; no me gustan las personas hipócritas. ¿Me entiendes a qué me refiero?
Lo observé y asentí con convicción.
—Tiene toda la razón.
—Dime, ¿qué está sucediendo? ¿Por qué estás dudando? Acaso, ¿no te gustaría viajar a otros lados para conocer nuevos horizontes?
—Me gustaría, siempre ha sido mi sueño. Sin embargo, por ahora no sé cómo lo tomara...
—Dime, no tengas miedo.
Coloqué una mano temblorosa sobre mi vientre y él me observó fijamente.
—Estoy embarazada, señor Danilo. Tengo pocos meses, pero estoy embarazada.
Él sonrió de inmediato y luego vi cómo se ponía una mano en la barbilla mientras movía la cabeza con calma.
—Eso no es un impedimento para trabajar. No estás defectuosa.
Solté una risa suave ante su sinceridad.
—No, no lo estoy... puedo caminar, puedo comer bien. Un bebé no es un impedimento para el trabajo, al menos no para mí. No sé cómo lo verán otros empresarios...
—¿De cuántos meses estás? —preguntó de modo imperativo.
Su mirada se notaba sincera, espero no equivocarme.
—Para ser sincera, ni siquiera he ido a un ginecólogo para que me valore, pero lo haré pronto —le dije, dejando mis pensamientos a un lado—. Apenas estoy en los primeros meses.
—Perfecto. Hazte un control médico y ve cómo está el estado de tu bebé y si estás capacitada para los viajes antes de tu etapa final de embarazo.
—¿Entonces me acepta así tal cual? —le pregunté emocionada.
Él asintió con firmeza.
—Eso no es ningún impedimento, ya te lo dejé claro.
—Gracias —le dije.
Tomé su mano para agradecerle con un apretón sincero, aunque de pronto me sorprendí por la confianza, soltándola enseguida para dedicarle una sonrisa tranquila.
—Me alegra que estés emocionada de trabajar conmigo. Te aseguro que eres una brillante abogada y pocas son como tú, así que descuida, nada impedirá que dejes de trabajar por tu embarazo; es normal. Solo espero no tener problemas con tu esposo — mencionó con una ceja alzada.
Me quedé seria, sin saber exactamente qué responder.
—No se preocupe por eso, nada de eso sucederá. No tengo un esposo.
Los ojos de Danilo se ensancharon un momento, luego sonrió y dijo:
—Mucho mejor.
Nos dimos la mano y firmé el contrato después de leer detenidamente los términos y todas las cláusulas básicas.
Tras finalizar la reunión con el señor Danilo, me dirigí a una clínica privada para pasar consulta con la ginecóloga. Al llegar, la especialista me preguntó mi edad, la fecha de mi última menstruación y si tenía algún problema de salud. Le dije que no, así que inmediatamente me mandó a hacer análisis de sangre.
Al finalizar, me quedé sentada en el pasillo esperando los resultados. En eso, vi a mi hermano venir hacia mí a toda prisa.
—Hola, ¿por qué no me dijiste que ibas a venir aquí? —me preguntó con seriedad.
Lo miré extrañada.
—¿Y tú qué haces aquí?
—Es una de las sedes hermanas. ¿Por qué no me avisaste? —volvió a preguntar, rodando los ojos.
—Quise venir así nada más... No pensé que estuvieras en este lugar. ¿Cómo has estado? —le pregunté.
—Estoy muy bien, en lo que cabe.— luego me miró con ternura y me dio un beso en la mejilla.
—Ven, come algo. Me imagino que te extrajeron sangre.
—Sí, lo olvidé por completo —admití —debo comer.
Me llevó al cafetín del hospital y le pidió a la encargada:
—Por favor, deme tres panecillos que no estén muy duros y prepárame un mate, pero cuide que no esté muy caliente.
La mujer nos miró con una sonrisa pícara y comentó:
—Claro que sí, doctor. ¿Esto es para su novia?
Quise reír y mi hermano se rascó la nuca, riendo nervioso.
—¡Qué dice, señora! ¿Cómo esta belleza, va a ser mi novia? ¡Cómo cree! ¡Es alguien muy importante! —Y luego me hizo un guiño cómplice sin responderle más a la señora.
Nos fuimos a sentar a una mesa apartada.
—¿Por qué no le dijiste que soy tu hermana? —le reproché.
—No tiene caso andar dando explicaciones. En fin, come. ¿Cómo has estado? ¿Las náuseas te han dejado en paz?
—Un poco…
—Entonces significa que estás pasando las doce semanas, ¿no crees? Cuando tienes tres meses de embarazo, las náuseas suelen ceder un poco. Te ves un poco mejor que días atrás.
—Después de cómo me regañaste la última vez... —le recordé, y él rodó los ojos.
—Todo lo que hago es por ti y por mi sobrino. Sabes muy bien qué es lo único que tengo en esta vida.
Solté un suspiro, pero no dije nada más. Solo lo quedé viendo mientras sacaba su billetera.
—Toma, compra comida sana.
—No, no es necesario, Lysander. Estos días recibiré un salario.
—Es de mi parte, tómate este dinero.
—Pero es que ya no es necesario que me sigas dando mesadas, Lysander. No quiero depender de ti.