El Heredero Secreto del Jeque.

3. No te perdonaré esta traición

Nadir

Golpeé la mesa con tanta fuerza que la madera crujió, amenazando con romperse en mil pedazos.

—¿Casarme yo? ¿Cómo demonios podría casarme sin amor? ¡Soy el jeque y el fiscal principal de Zafiria! No puedo simplemente atarme a Izel.

—Es una orden del Consejo y de los mayores, Nadir —respondió mi padre con voz gélida, cruzándose de brazos—. Debes cumplir con esta alianza ancestral, tal como lo hizo tu primo Zayn y los demás. No serás la vergüenza de nuestra familia. El apellido y el estatus están por encima de todo.

—¡Pues no me importa! —le grité con una furia ciega, sintiendo ganas de huir a los confines del desierto—. ¡No amo a Izel! Es una mujer superficial y extravagante que solo vive para las apariencias y la buena vida.

Mi padre suspiró pesadamente, adoptando una expresión diferente que de inmediato me heló la sangre. Sabía exactamente qué botón presionar para doblegarme.

—¿Quieres ver a tu madre postrada y sufriendo en esa cama, Nadir? —dijo con voz calculadora—. Su salud es extremadamente frágil, y los costosos tratamientos especializados que la mantienen con vida en el exclusivo Hospital Imperial dependen enteramente de nuestra posición y de esta alianza. ¿Qué dirá la alta sociedad cuando se entere de que el hijo del gran jeque rompió el pacto y dejó a su madre sin los cuidados que necesita?

Apreté los puños con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta. La mención de la salud de mi madre era el golpe bajo definitivo; ella lo era todo para mí.
—Y por si fuera poco —continuó mi padre sin piedad—, las invitaciones oficiales para la gran velada de compromiso ya han sido impresas y enviadas a todo el país.

—¿Qué? ¿Cómo se atreven a hacer algo así sin mi autorización? —protesté indignado.

—Es la tradición, hijo. Alguien tenía que hacerlo.

En ese instante, mi hermana menor entró a la sala mirándome con pena.

Esta mañana yo había estado sumamente feliz acompañándola a la joyería más exclusiva para elegir el anillo de compromiso que quería regalarle por su boda con Zeth; jamás imaginé que esta misma tarde terminaría aborreciendo mi propia realidad por esta imposición.

—Es verdad, hermano... —balbuceó ella con la voz rota—. A mí también me obligan a casarme, aunque por suerte amo a Zeth o quién sabe qué pasaría conmigo. Padre, no deberías obligarlo...

Me levanté del sillón y le dejé un beso en la frente.

—Padre hace lo que a él le plazca. No amo a esa mujer, por lo tanto no puedo aceptar.

Salí de ahí dando un portazo, incapaz de soportar tanta hipocresía. Recordé cómo hace apenas unas horas le rozaba la mejilla a mi hermana en la joyería mientras probábamos los anillos, y cómo mi primo Zayn se me acercó a cuestionarme sobre «la extranjera». Yo solo intenté proteger la reputación de mi familia en público respondiendo con frialdad, pero la verdad era que mi pequeña Xime, mi dulce extranjera, era la única que me mantenía cuerdo en este infierno. Aunque no tuviera claro si lo mío por ella era amor o un capricho desbordado, era a ella a quien quería a mi lado.

Saqué el celular con desesperación y marqué su número una vez más. Ninguna respuesta. Había intentado llamarla desde la mañana tras enterarme de esta maldita encerrona, pero su teléfono seguía mandándome al buzón de voz. ¿Qué demonios le pasaba?

¿Habría visto ya las invitaciones?

Angustiado, abordé mi auto y le pedí al chófer que manejara a toda velocidad hacia el penthouse.

Al llegar, marqué el código de acceso y entré con el corazón en la boca.

—¿Xime? ¿Xime, estás aquí? —llamé recorriendo cada rincón.

El silencio absoluto me dio la respuesta. Entré a su habitación y la desesperación me recorrió mi columna: el armario estaba vacío. No había ropa, no estaba su maletas, no quedaba rastro de ella.
En ese momento, tocaron a la puerta. Al abrir, no encontré a nadie, solo un sobre deslizado por debajo. Lo recogí, lo abrí rápidamente y saqué varias fotografías.

—¿Qué es esta mierda? —murmuré con la respiración cortada al ver las imágenes de Xime junto a su amigo Donald, abrazados y saliendo juntos del bar. —No... esto tiene que ser una mentira — repliqué con rabia.

Marqué su número nuevamente, pero la operadora me indicó fríamente que la línea estaba fuera de servicio.
Un presentimiento horrible me desgarró las entrañas. Salí corriendo del penthouse, subí al auto junto a mi chófer y le ordené:

—¡Al aeropuerto, rápido! ¡Averigua si salió un vuelo hacia Nicaragua a nombre de Ximena Castillo!

Minutos después, la señorita del mostrador me confirmó lo que ya especulaba, Ximena había tomado el vuelo de mediodía de regreso a su país, y su amigo Donald también había abordado un vuelo poco después.

Apreté los puños con una rabia y desesperación insoportables.

—Maldita sea... ¿Cómo pudiste hacerme esto, Xime? ¿Cómo fuiste capaz de irte así? —grité furioso dentro del auto.

De pronto, una llamada de emergencia entró a mi teléfono.

—¡Nadir! ¡Tienes que venir de inmediato al Hospital Imperial! —gritó la voz de mi padre al otro lado—. Tu madre acaba de entrar en un shock repentino, ¡su salud empeoró gravemente! ¡Apúrate!

Me limpié una lágrima traicionera que rodó por mi mejilla, sintiendo que mi mundo se desmoronaba en mil pedazos. Ximena esta traición jamás te lo perdonaré.

—Vamos al Hospital Imperial... ¡Acelera de una vez! —le ordené al chófer con la voz quebrada—. Madre, por favor... resiste. No me dejes tú también.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.