El Heredero Secreto del Jeque.

7. Desesperación

Ximena

El corazón se me quería salir del pecho, rompiendo las arterias con cada latido. Mis manos temblaban descontroladas mientras el sudor frío se acumulaba en mi frente.

—¿Qué pasa, Ximena? ¡¿Qué pasa?! —me gritó el fiscal, furioso y al borde del colapso.

Busqué por todos lados dentro de la laptop, revisé cada carpeta, cada directorio, y los documentos principales simplemente no estaban. ¡Maldita sea! ¿Los había borrado por error al limpiar mi bandeja la madrugada anterior? No sabía qué hacer, el pánico me nublaba la vista mientras rezaba en silencio: Por favor, por favor... aparezcan.

En ese tenso momento, el juez hizo su entrada a la sala, seguido de los abogados defensores, él demandante y el resto de los fiscales. Mi corazón retumbaba con la fuerza de una bomba a punto de estallar.

—¡Apúrate, maldita sea! ¡Esto es la ruina! Si pierdo el caso por tu culpa, Ximena, no vas a estar aquí para contarlo —me amenazó el fiscal con los dientes apretados.

Tragué saliva con dificultad, intentando mantener la poca compostura que me quedaba. Tranquila, Ximena, tranquila. Tienes que estar concentrada, me repetía a mí misma como un mantra.

Solté un suspiro tembloroso, salí de la papelera y abrí la sección de elementos enviados, de documentos recientes y de la nube. Mis dedos se crispaban sobre el teclado. Si no encontraba las pruebas contundentes, mi carrera como abogada iría directo al retrete, y el escándalo económico sería monumental; el fiscal había recibido una suma enorme de dinero por este caso y las consecuencias de perderlo me destruirían.

Revisé la carpeta de documentos de Word... nada. Entré a Google Drive y busqué en cada subcarpeta desesperadamente hasta que, por fin, en un archivo temporal oculto...

—¡Lo encontré, jefe! ¡Lo encontré! —grité en un susurro aliviado, tratando de recuperar el aliento.

Saqué los papeles a toda prisa, conecté el proyector y di la orden para que empezara la sesión. El juzgado dictó el inicio oficial. Suspiré profundamente; el peso del embarazo me trajo una punzada sutil de dolor en el vientre, pero el sudor frío de mi frente comenzó a cesar. Terminé de preparar todo, coloqué los expedientes en orden y me eché a un lado.

La sesión se prolongó por una hora tensa. Gracias a Dios, todo culminó de la mejor manera cuando el juez levantó la sesión y absolvió sin cargos al cliente de mi jefe.

—Gracias a ustedes he logrado demostrar mi inocencia —mencionó el cliente, visiblemente aliviado, estrechándonos la mano antes de retirarse.

Mientras tanto, los demás fiscales y contrincantes nos miraban con recelo.

—¡Malditos son unos rateros, igual que él! —bufó uno de los fiscales rivales con arrogancia al abandonar la sala.

Mi jefe se acercó de inmediato hacia mí, con el rostro descompuesto por la furia. Me agarró la computadora con fuerza y me fulminó con la mirada.

—¿Cómo pudiste hacerme pasar ese susto, Ximena? ¡Esto que hiciste no tiene nombre! ¿Dónde está tu maldita inteligencia? ¿Cómo fuiste capaz de hacernos perder los estribos con el juez? Me hiciste parecer un incompetente. ¡Has perdido el juicio! Tendré que sacarte del equipo...

—¡No, por favor! ¡Le ruego que no! ¡Todo salió bien al final! —supliqué con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Me hiciste pasar un infierno! Casi pierdo un cliente de muchos millones y mi nombre habría quedado por los suelos por tu culpa. ¡No te quiero más dentro de mi grupo, ¿entendiste?! —me gritó en la cara, sin importarle que estuviéramos en los pasillos.

Me sentí invadida por un pánico absoluto. No podía perder mi trabajo, no ahora.

—¿Qué pasa aquí, señor fiscal? ¿Por qué discute con ella? —interrumpió una voz firme y profunda a nuestras espaldas.

Era el empresario al que acabábamos de defender: Danilo Alarcón, el director ejecutivo de Nexus Global Corp, un conglomerado internacional con sedes en la capital, Panamá, Miami y Madrid.

—Escuche, señor Alarcón, es que ella hizo algo que no me gustó... es una incompetente... —intentó justificarse mi jefe, cambiando de tono al reconocerlo.

Él señor Danilo me miró fijamente a los ojos, notando mis manos aún temblorosas y la laptop apretado contra mi pecho. Luego, miró al fiscal con total seriedad.

—Entonces, a partir de este momento, dejaré de ser su cliente.

—¿Qué? ¿Por qué? —balbuceó el fiscal, pálido.

—Así es. Si usted despide a esta chica por un error bajo presión cuando demostró una capacidad brillante entonces dejaré de trabajar con un fiscal injusto. Sin la ayuda de ella, créame, no hubiéramos logrado demostrar mi inocencia hoy.

Bajé la mirada, sintiendo una mezcla de vergüenza y gratitud.

—Está bien... —bufó mi jefe con exasperación, cruzándose de brazos—. Le voy a dar una oportunidad. Por usted lo estoy haciendo, señor Alarcón, recuérdalo. Ahora ve a la fiscalía, Ximena, y deja todo archivado.

Nos veremos el lunes. Con permiso.

Mi jefe se retiró dando un portazo mental, visiblemente molesto.

Danilo se quedó un momento conmigo, esbozando una sonrisa cálida.

—Muchas gracias por su valentía en la sala, señorita —me dijo, sacando una elegante tarjeta de presentación negra con detalles metálicos y extendiéndomela—. A veces la arrogancia de ciertos jefes no trae nada bueno. Si algún día te cansas de este trato y quieres un cambio real, me encantaría que fueras mi abogada personal. Piénsalo te ofreceré un salario excelente y el respeto que mereces.

Abrí los ojos de par en par al leer el tarjetón de Nexus Global Corp.

—Yo... este... Muchas gracias, lo tomaré muy en cuenta —respondí con la voz entrecortada.

—Tranquila. Sé que tu jefe es un completo patán y se comportó horriblemente contigo, aunque en el fondo sé que la presión te abrumó. A veces hay una tormenta en nuestro interior que hace que todo parezca desaparecer en un segundo, pero luego solo hay que respirar, soltar y refrescar la memoria —dijo, colocando una mano suavemente sobre su propia frente con una sonrisa comprensiva—. Lograste encontrar las pruebas; no sé cómo lo hiciste, pero lo hiciste. Tienes un gran potencial. No dudes en llamarme si ocurre algo. ¡Fue un gusto, Ximena!




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