El Heredero Secreto del Jeque.

9. La mejor decisión

Ximena

Estaba harta de cómo me estaba atacando el fiscal desde aquella vez que cometí un simple error. Aunque solucioné todo con rapidez y perfección, ahora solo se dedicaba a fulminarme y saturarme de más trabajo; me sentía mental y físicamente agotada.

Terminé de preparar los últimos expedientes y una de las chicas del equipo se acercó sigilosa a mi escritorio.

—¿Ya te vas? —preguntó en voz baja.

—Sí, estoy un poco cansada de todo esto —respondí sin levantar la mirada.

—Quisiera conversar contigo.

Fruncí el entrecejo, extrañada.

—¿A qué te refieres? Tú nunca me hablas.

—Por favor... a veces tampoco me gustan las injusticias.

Lo pensé un segundo y asentí. Salimos de la oficina y caminamos hasta una cafetería cercana. Sin decir una sola palabra, ella deslizó su móvil sobre la mesa y me mostró un video.

—¿Qué es esto? —pregunté, frunciendo aún más el ceño.

—Míralo por ti misma.

En la pantalla, vi claramente a Donald sentado en mi escritorio; encendió mi ordenador y comenzó a teclear con prisa.

—¿Qué demonios...? —murmuré.

—Aparentemente, él hizo algo en tu equipo. Parece que dejaste un archivo abierto y lo borró por completo —explicó con nerviosismo.

Apreté los puños con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos, incapaz de creer tanta bajeza.

—¿Estás segura de esto?

—Sí, y aquí tomé una foto donde él entraba en tus archivos. — rápidamente agrande la imagen y definitivamente eran las pruebas escritas — solo no me metas en problemas. Hago esto porque vi cómo te han atacado injustamente, y el fiscal solo quiere desquitarse contigo; no me parece correcto.

—Te lo agradezco de verdad.

—Bueno, solo quería que vieras eso. Me retiro porque no quiero que nos vean juntas. Cuando le digas algo a él, tú y yo no nos hablamos, ¿entendido?

—Claro, entendido.

Se marchó de inmediato. Me quedé mirando la pantalla de mi móvil y, sin pensarlo dos veces, marqué el número de Donald.

—¿Hola? Ximena, qué milagro que me llamas —respondió con su habitual tono cínico.

—Hola, Donald. Me gustaría conversar contigo, ¿podríamos vernos hoy en el restaurante de la calle Newbal? —le pregunté con voz gélida.

—Claro, con gusto hablaría contigo... quizás...

—Quizás nada, Donald. Es un asunto que necesito resolver contigo de frente.

—Lo siento ¿Pasa algo?

—¿Eh? No, no es nada malo. ¿Nos vemos en la noche, te parece?

—Me parece perfecto.

Colgué la llamada de inmediato. Abrí mi billetera dispuesta a pagar el café, y mis ojos se detuvieron en la tarjeta de presentación que el señor Danilo Alarcón me había entregado una semana atrás.

Sin pensarlo un segundo más, marqué el número. Al tercer pitido, se escuchó una voz grave y profunda al otro lado de la línea.

—¿Hola?

—Hola, señor Danilo Alarcón. Habla Ximena, la abogada que trabajaba con el fiscal Membreño.

—Ah, señora Ximena, mucho gusto. ¿Cómo ha estado?

—En lo que cabe. ¿Sigue en pie la oferta de trabajar con usted?

Se escuchó un suspiro al otro lado de la línea antes de que respondiera:

—Claro que sí, la oferta sigue en pie. ¿Sucedió algo con él?

—No exactamente, pero necesito moverme a otro entorno. Ya no quiero estar en la fiscalía. Si la oferta aún es válida, me gustaría aceptar su propuesta y trabajar a su lado.

—Con gusto. Por mí no hay ningún problema. Serás mi abogada personal para los asuntos de mis negocios y de mis empresas. ¿Entendido?

—Entendido. Muchas gracias, señor Alarcón.

—Entonces te veo mañana. Te llamaré para decirte el lugar de encuentro, repasar los contratos y explicarte el reglamento interno.

—Se lo agradezco infinitamente.

Colgué la llamada y con esa decisión tomada, el peso en mis hombros pareció disiparse.

Regresé a la fiscalía central; al entrar, las chicas me observaron con burla, mientras la que me había entregado el video se mantenía callada en su sitio.

Me senté frente a mi computadora, abrí un documento en blanco y comencé a redactar mi carta de renuncia. No les daría el gusto de los quince días de preaviso; me iría hoy mismo.

Imprimí la carta, me puse de pie y me dirigí directamente a la oficina del fiscal. Toqué la puerta y, al ver que era yo, me recibió con una mueca de pocos amigos.

—¿Qué quieres? Estoy ocupado.

—Discúlpeme por quitarle su tiempo, fiscal. Solo vine a entregarle esto.

—¿Qué es? —Tomó el papel, lo abrió y, al leer las primeras líneas, abrió los ojos de par en par—. ¿Estás renunciando?

—Sí. Ya no quiero trabajar para usted.

Se echó a reír con desprecio.

—¿De verdad? ¿Ahora que conseguiste una oportunidad gracias a mis clientes te atreves a renunciar? ¿Qué te pasa?

—Lo que pasa es que ya no puedo tolerar más este ambiente tóxico.

—Está bien —espetó con arrogancia—. Luego no andes por ahí rogándome que te recontrate, porque aquí ya no hay lugar para ti. Eras una buena abogada, pero desde que volviste de aquel viaje estás completamente incompetente.

—Reciba mi carta de renuncia y no se meta en mi vida privada, fiscal.

Él negó con una risa macabra.

—Ya está formada y cuando esté lista tu liquidación te aviso.

—No se preocupe, mándelo a mi correo.

—Perfecto y escucha—dijo, deteniéndome cuando ya me iba a dar la vuelta—. No te quiero ver por aquí mendigando trabajo cuando te des cuenta de que nadie te contrata. Por favor, ni se te ocurra suplicarme.

Me giré lentamente y lo miré a los ojos con una fría seguridad.

—¿Suplicarle a usted, señor Membreño? —frunció el ceño ante el tono—. Le recuerdo que soy una abogada excepcional. Puedo ir a cualquier país a ejercer y no necesito de sus migajas. Amo mi profesión, pero trabajar con un tipo tan arrogante como usted... preferiría mil veces quedarme encerrada en mi casa antes que volver a verle la cara a un tipejo que carece de toda profesionalidad.




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