El Heredero Secreto del Jeque.

4. Entré la traición y el deber

Nadir

Ver a mi madre conectada nuevamente a múltiples monitores y cables me oprimió el pecho. Su corazón, débil y fatigado, amenazaba con colapsar una vez más. Se esforzó por elevar su mano temblorosa y la tomé entre las mías con delicadeza.

—Tranquila, madre... —susurré, intentando contener el nudo en mi garganta.

—Mi niño... siento que me muero —balbuceó con voz sofocada y dificultad para respirar.

Le acaricié el cabello tratando de transmitirle una calma que yo mismo no sentía.

—No digas eso. No va a pasar nada, te lo prometo. Saldrás de esta; solo es una crisis momentánea.

—Eres el hombre de la casa y el hijo mayor —interrumpió ella, clavando sus ojos cansados en los míos—. No dejes que muera decepcionada de ti. Conoces nuestro legado, Nadir... debemos cumplir con lo que la tradición nos impone.

—Madre, por favor, no hables ahora. No estás bien.

—Prométemelo, hijo... —insistió, apretando mi mano con las pocas fuerzas que le quedaban—. Prométeme que te casarás con Izel. Es lo único que pido. No quiero morir con esta tristeza en la alma; no podría descansar en paz sabiendo que mi único hijo varón me desafió a mí y a su padre por un capricho. Eres el fiscal principal de Zafiria, un gran jeque... No puedes fallarnos. Hazlo para que tu madre pueda descansar en paz.

Una lágrima traicionera rodó por mi mejilla. ¿Cómo podía negarme en su estado? Verla sufrir así me destruía.

De pronto, los monitores comenzaron a emitir pitidos apresurados; su ritmo cardíaco se disparó dangerously.

—Está bien, madre, está bien... Me casaré —cedí con el corazón destrozado—. Pero tranquilízate, por favor.

En ese instante, los médicos entraron a prisa a la habitación para estabilizarla. Tuve que salir de la habitación, el nudo amargo presionando mi garganta era terrible. El médico de mi madre apareció.

—Se alteró demasiado, Jeque Nadir —me advirtió el doctor al salir unos minutos después—. Recuerde que su condición es sumamente delicada y cualquier emoción fuerte puede ser fatal para sus arterias. No permita que vuelva a alterarse.

Asentí en silencio y me dejé caer sobre una silla del pasillo del Hospital Imperial. Apoyé los codos sobre las rodillas, me cubrí el rostro con ambas manos y apreté los puños con rabia e indignación.

¿Qué más podía esperar de Ximena? Me había abandonado sin importarle nada. Ni siquiera dio la cara. Huir a Nicaragua de esa manera, sin dejar una sola nota... Debo casarme sin amor y cumplir con el mandato familiar como el hijo mayor. ¿Por qué demonios tuve que enamorarme de una mujer tan distinta a mi mundo?

Saqué el celular y marqué su número una vez más, solo para ser remitido de inmediato al frío buzón de voz.
Lo tenías todo planeado, Ximena. Me usaste y luego me desechaste. Quizás no fui suficiente para ti a pesar de mi título y de mi posición. Aunque sabía que lo nuestro era un amor prohibido, al menos debiste tener la decencia de decírmelo en la cara; decirme que no sentías nada por mí antes de abordar ese vuelo de regreso a tu país.

Hoy juro que te arrancaré de mi ser. Olvidaré tu rostro, tu cuerpo y cada momento feliz que pasé a tu lado. Tu engaño será el recordatorio perpetuo para no volverte a perdonar jamás. Si me veo obligado a casarme con Izel, será por tu culpa. A partir de hoy sabrás de mí a través de las noticias y te enterarás de que me uní a otra mujer.
Me engañaste de la peor manera. Te fuiste sin dar explicaciones, y esas malditas fotografías me demostraron la verdad; te fuiste a los brazos de Donald.
Fui un estúpido al creer que solo eran amigos. Eran amantes, y yo fui el imbécil que creyó que eras perfecta.

Escuché pasos firmes aproximándose. Era mi padre.

—Escuché que tu madre sufrió una recaída, pero ya la estabilizaron —dijo con voz fría—. Tenemos la reunión con los mayores en unas horas.

Sonreí con amargura y me puse de pie.

—Me voy a casar, padre. Haz lo que tengas que hacer.

—Perfecto —respondió él, satisfecho—. Este sábado será la fiesta oficial de compromiso, donde le pedirás matrimonio formalmente ante todos.

—Haré lo que quieran. Debo irme.

—¿A dónde vas? La reunión es esta noche.

—Llegaré a tiempo. No te preocupes.

Salí del hospital a pasos apresurados, abordé el auto y le ordené al chófer que me llevara al penthouse. Necesitaba liberar la ira que me asfixiaba.
Al llegar, abrí la puerta y el vacío del lugar me golpeó de frente. Lleno de furia, comencé a destrozar todo a mi paso. Sobre la mesa aún quedaban algunas fotografías que nos habíamos tomado juntos; las tomé y las rompí una a una con rabia desmedida.

La última vez que la tuve aquí la hice mía con anhelo. La deseaba tanto que creí que era amor verdadero, pero hoy me pagaba con la traición más vil.

—¡Maldita seas, Ximena! —grité en la soledad del apartamento, golpeando la pared hasta sentir los nudillos desgastados.

Recogí del suelo un pedazo intacto de una foto donde salíamos los dos. La apreté contra mi pecho mientras las lágrimas caían sin control, sintiéndome el jeque más estúpido de la historia.

Miré su imagen una última vez antes de romperla por la mitad.

—Te lo juro, Ximena... no habrá un solo día en que no recuerde tu traición, pero tampoco habrá un solo día en que no me desees, aun cuando decidiste marcharte con tu amante. ¡Son una escoria!— grite con el pecho oprimido.

Lloré en silencio por la mujer que me destrozó el alma y me empujó a los brazos de la mujer que detesto, la misma que ahora tendré que convertir en mi esposa.




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