El Leopardo Y El Bosque De Las Mil Sombras

Capítulo 3 - Más Allá De La Meseta

Cuando el sol apareció por detrás de las colinas, mi niño querido, la Meseta Alta ya quedaba a sus espaldas.

No demasiado lejos.

Todavía podían verla.

Pero sí lo suficiente para que todos comprendieran que algo había cambiado.

La arena conocida se extendía detrás de ellos como una gran sábana amarilla.

Las piedras donde habían descansado.

Las acacias donde habían buscado sombra.

Las charcas donde habían bebido.

Los senderos que habían recorrido desde que podían recordar.

Todo seguía allí.

Exactamente igual.

Y, sin embargo, ya no les pertenecía de la misma manera.

La Jirafa fue la última en mirar atrás.

Lo hizo desde la cima de una pequeña colina.

La Cebra se detuvo a su lado.

—¿La echas de menos?

La Jirafa tardó en responder.

—Todavía no.
—¿Todavía?
—Pregúntame cuando llevemos varios días caminando.

La Cebra miró la extensión amarillenta.

—Yo ya echo de menos saber dónde está el agua.
—Eso también.

Abajo, el Búfalo gritó:

—¡Si habéis terminado de contemplar el paisaje, algunos estamos intentando escapar!

La Cebra cerró los ojos.

—Y yo ya echo de menos cuando él estaba más lejos.

La Jirafa sonrió.

—Vamos.

Descendieron.

El grupo era mucho más grande de lo que parecía durante la noche.

Había jirafas.

Cebras.

Kudus.

Antílopes.

Gacelas.

Guibs.

Avestruces.

Algunos animales pequeños.

Y, por supuesto, el Búfalo.

El Búfalo no podía pasar desapercibido.

Ni siquiera aunque lo intentara.

Y no lo intentaba.

—Debemos organizarnos.

Decía mientras caminaba.

—Una expedición necesita orden.

La Cebra, que iba cerca, lo miró.

—¿Expedición?
—Sí.
—Anoche lo llamabas huida.
—Eso era antes de salir.
—¿Y ahora?
—Ahora somos exploradores.
—Qué conveniente.

El Búfalo siguió avanzando.

—Deberíamos tener un jefe.

La Cebra entrecerró los ojos.

—No me digas.
—Alguien fuerte.
—Qué sorpresa.
—Decidido.
—Naturalmente.
—Con experiencia.
—¿Experiencia en qué?

El Búfalo pensó un momento.

—En ser fuerte y decidido.

La Cebra resopló.

—Yo propongo a la Jirafa.

El Búfalo se detuvo.

—¿Por qué?
—Porque sabe hacia dónde vamos.

Todos los que estaban cerca murmuraron de acuerdo.

El Búfalo miró hacia la Jirafa, que caminaba unos metros por delante.

—Eso puede aprenderse.
—Entonces aprende primero.

El Búfalo siguió andando.

—No he dicho que quiera ser jefe.
—No hacía falta.

La Jirafa había escuchado parte de la conversación, pero fingió no hacerlo.

Tenía asuntos más importantes en los que pensar.

El primero era el agua.

El segundo era la dirección.

El tercero era el Leopardo.

Y el cuarto, aunque no quería admitirlo, era saber si todo aquello había sido una terrible equivocación.

Durante las primeras horas caminaron con rapidez.

Las colinas del norte eran ásperas y secas.

No tenían la misma arena fina de la Meseta Alta.

Allí el suelo estaba cubierto de piedras grises.

Había matorrales bajos.

Árboles pequeños y retorcidos.

Y senderos que subían y bajaban sin que ninguno supiera exactamente adónde conducían.

La gacela tropezó por tercera vez.

—Odio este lugar.

El Kudu la ayudó a levantarse.

—Llevamos aquí menos de una mañana.
—Por eso mismo.
—Dale una oportunidad.
—Le di tres tropiezos.

El Avestruz pasó corriendo junto a ellos.

—¡El suelo mejora más adelante!

La gacela levantó la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

El Avestruz siguió corriendo.

—¡No lo sé!

La gacela miró al Kudu.

—Ése no ayuda.
—No mucho.

Cuando el sol subió más, el calor empezó a apretar.

No era exactamente el mismo calor de la Meseta Alta.

Allí estaban acostumbrados a sentir el sol sobre la espalda y el polvo bajo las patas.

Pero en las colinas el aire quedaba atrapado entre las rocas.

No corría viento.

Y cada subida parecía más alta que la anterior.

La Cebra respiraba con dificultad.

—Dime otra vez por qué no podíamos ir por un camino plano.

La Jirafa siguió caminando.

—Porque el Leopardo conoce los caminos planos.
—¿Y quién conoce éstos?
—Nadie.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.

Detrás de ellas se escuchó un estruendo.

¡CRASH!

Todos se volvieron.

El Búfalo estaba atrapado entre dos arbustos espinosos.

—No ha pasado nada.

La Cebra levantó una ceja.

—Estás lleno de ramas.
—Es parte del plan.
—¿Qué plan?
—Avanzar.

El Kudu tiró de una rama que se había enganchado en uno de sus cuernos.

—Quizá deberíamos descansar.
—No.

Dijo la Jirafa.

El grupo la miró.

Su tono había cambiado.

Ya no sonaba tranquila.

—Todavía no.

La Cebra se acercó.

—¿Por qué?

La Jirafa miró hacia atrás.

Desde aquella altura podía distinguir las colinas por las que habían pasado.

—Porque todavía estamos demasiado cerca.

Todos entendieron de qué hablaba.

Nadie volvió a pedir descanso durante un rato.

Muy lejos de allí, en el barranco seco, el Leopardo caminaba en círculos.

—Nos han engañado.

El Etíope estaba agachado examinando el suelo.

—Eso ya lo dijiste.
—Quiero decirlo otra vez.
—Adelante.
—Nos han engañado.
—¿Mejor?
—No.

El Leopardo golpeó la tierra con la cola.

—La Jirafa.
—Probablemente.
—Fue idea de ella.
—Probablemente.
—Lo sabía.

El Etíope lo miró.

—Hace unos minutos no sabías ni por dónde se habían ido.
—Sé cómo piensa.
—Entonces dime dónde está.

El Leopardo abrió la boca.



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En el texto hay: cuentos, cuentos para niños, fábula

Editado: 09.09.2026

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