A la mañana siguiente, mi niño querido, el Bosque de las Mil Sombras despertó cubierto de niebla.
No era una niebla espesa.
No una de esas nieblas que convierten el mundo en una enorme nube blanca.
Era una niebla ligera, suave y baja, que se deslizaba entre los troncos y se quedaba suspendida sobre el suelo.
Las hojas estaban húmedas.
Las ramas goteaban.
Los pájaros cantaban más despacio.
Y cada sombra parecía todavía más profunda que de costumbre.
El Leopardo abrió los ojos.
Durante unos segundos no recordó lo que iba a ocurrir.
Después vio sus manchas.
Recordó la conversación de la noche anterior.
Y sonrió.
—La prueba.
El Etíope, que estaba sentado junto a un árbol, revisando una flecha, levantó la mirada.
—Buenos días para ti también.
El Leopardo se puso en pie.
—¿Ya están despiertos?
—¿Quiénes?
—La Jirafa. La Cebra. Los demás.
—Probablemente.
—¿Dónde están?
—Si pudiera responderte, la prueba tendría poco sentido.
El Leopardo movió la cola.
—Hoy los encontraré.
El Etíope lo miró.
—Puede ser.
El Leopardo entrecerró los ojos.
—No empieces con “puede ser”.
—No he dicho “quizá”.
—Es prácticamente lo mismo.
El Etíope sonrió.
El Leopardo caminó hacia un pequeño charco y observó su reflejo.
Todavía no se había acostumbrado a verse con manchas.
Le gustaban.
Le gustaban muchísimo.
Giró el cuerpo un poco.
Las pequeñas marcas oscuras parecían encajar perfectamente sobre su pelaje.
—Sigo siendo magnífico.
El Etíope respondió sin mirarlo:
—Es tranquilizador saber que al menos una cosa no ha cambiado.
El Leopardo volvió.
—¿Cuál?
—Tu opinión sobre ti mismo.
—Eso no necesita cambiar.
Una voz habló desde una rama.
—Tal vez debería.
El Leopardo levantó la cabeza.
La Ardilla gris estaba observándolo.
—Tú otra vez.
—Yo otra vez.
—¿Has venido a ver la prueba?
—Todo el bosque está hablando de ella.
El Leopardo abrió mucho los ojos.
—¿Todo el bosque?
La Ardilla saltó a otro tronco.
—Un leopardo nuevo siempre resulta interesante.
El Leopardo levantó la cabeza con orgullo.
—No soy un leopardo nuevo.
La Ardilla lo examinó.
—Tienes manchas nuevas.
—Sigo siendo el mismo Leopardo.
—Entonces eres el mismo Leopardo haciendo algo nuevo.
El Leopardo se quedó pensando.
—Eso suena mejor.
La Ardilla desapareció por el tronco.
—Nos veremos luego.
—¿Dónde?
No hubo respuesta.
El Leopardo suspiró.
—Todos aquí hacen eso.
—¿Qué?
Preguntó el Etíope.
—Marcharse antes de terminar una conversación.
—Quizá han aprendido de Baviaan.
El Leopardo hizo una mueca.
Entonces se escucharon pasos.
La Jirafa salió de entre los árboles.
Sus manchas eran ya claras, oscuras e irregulares.
Parecían haber encontrado su lugar definitivo sobre la piel.
La Cebra caminaba junto a ella.
Sus rayas también habían crecido.
Ahora recorrían el cuello, el lomo y las patas.
El Leopardo la observó.
—Tienes muchas más.
La Cebra sonrió.
—Lo sé.
—No están mal.
—Eso, viniendo de ti, es casi un cumplido.
La Jirafa se acercó.
—¿Preparado?
El Leopardo levantó el pecho.
—Desde ayer.
El Búfalo apareció detrás de ellas.
—Yo también.
La Cebra lo miró.
—Tú no participas como cazador.
—No he dicho eso.
—¿Entonces?
—Participaré como supervisor.
—¿Qué supervisas?
—Que todo sea justo.
La Cebra levantó una ceja.
—¿Y quién decidió que tú eras supervisor?
—Yo.
—Claro.
El Kudu, la pequeña Gacela, su madre, el Avestruz y varios antílopes fueron llegando.
También aparecieron algunos habitantes del bosque.
La Ardilla.
La Jirafa del Bosque.
La Cebra del Bosque.
El Antílope oscuro.
Incluso algunos pájaros se acomodaron en las ramas.
El Leopardo miró alrededor.
—Esto sí es un espectáculo.
La Cebra sonrió.
—Te dijimos que todo el mundo querría verlo.
—Creí que exagerabas.
—Yo nunca exagero.
La Jirafa la miró.
—Eso es una exageración.
La Cebra ignoró el comentario.
El Etíope se colocó frente al grupo.
—¿Cuáles son las reglas?
La Jirafa respondió:
—Simples.
El Búfalo dio un paso adelante.
—Yo las explicaré.
La Cebra suspiró.
—Naturalmente.
El Búfalo levantó la cabeza.
—Los animales tendrán tiempo para esconderse.
—Eso ya lo sabemos.
Dijo el Leopardo.
—No interrumpas al supervisor.
—No eres supervisor.
—Lo soy.
La Jirafa intervino antes de que aquello durara toda la mañana.
—Todos tendrán diez minutos para dispersarse por esta parte del bosque.
—¿Cuánto podemos alejarnos?
Preguntó el Avestruz.
La Jirafa señaló varios árboles.
—Entre el arroyo y las grandes rocas.
—Eso es poco para mí.
—Es suficiente.
—¿Podemos movernos?
Preguntó la Gacela.
—Sí.
La Cebra añadió:
—Pero la idea es que el Leopardo tenga que encontrarnos usando lo que aprendimos.
El Leopardo sonrió.
—Y yo usando lo que aprendí.
—Exactamente.
El Kudu preguntó:
—¿Puede cazarnos de verdad?
Todos miraron al Leopardo.
El Leopardo abrió la boca.
La Cebra lo interrumpió.
—No.
El Leopardo cerró la boca.
—Ni mordiscos.
Continuó.
El Leopardo suspiró.
—Bien.
—Ni saltos peligrosos.
—¿Qué significa “peligrosos”?
—Si tienes que preguntar, probablemente no puedes hacerlo.
El Leopardo movió la cola.
—¿Y cómo sabremos si os encontré?
—Tendrás que tocarnos con la pata.
Dijo la Jirafa.