El Leopardo Y El Bosque De Las Mil Sombras

Capítulo 7 - El Consejo De Baviaan

Durante los días siguientes, mi niño querido, ocurrió algo muy extraño en el Bosque de las Mil Sombras.

Tan extraño que al principio nadie quiso decirlo en voz alta.

La Jirafa fue la primera en notarlo.

Una mañana se despertó bajo un grupo de árboles altos, se estiró lentamente y caminó hasta un pequeño arroyo para beber.

El agua estaba tranquila.

Tan tranquila que podía verse reflejada en ella.

La Jirafa bajó la cabeza.

Bebió.

Después levantó los ojos hacia su reflejo.

Y se quedó inmóvil.

Había una mancha oscura en su cuello.

No una sombra.

No una hoja.

No un pedazo de barro.

Una mancha.

La Jirafa giró un poco.

La mancha siguió allí.

Giró hacia el otro lado.

Seguía allí.

—Cebra.

Llamó.

No hubo respuesta.

—Cebra.

Desde unos arbustos llegó una voz somnolienta.

—¿Qué?
—Ven.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Es peligroso?

La Jirafa miró otra vez su reflejo.

—No lo sé.

La Cebra apareció caminando lentamente.

—Espero que merezca la pena. Estaba teniendo un sueño magnífico.
—Mira.
—¿Qué?

La Jirafa señaló con el hocico hacia su cuello.

La Cebra entrecerró los ojos.

—Tienes una mancha.
—Lo sé.
—Bonita.
—No estaba ayer.
—¿Seguro?
—Completamente.

La Cebra caminó alrededor de ella.

—No parece barro.
—No es barro.
—Ni sombra.
—Tampoco.

La Cebra acercó el hocico.

—¿Puedo tocarla?
—No creo que vaya a morderte.

La Cebra rozó la mancha.

Nada ocurrió.

—Está en tu piel.

La Jirafa tragó saliva.

—Eso parece.

La Cebra sonrió.

—¡Está funcionando!
—¿Qué cosa?
—El bosque.

La Jirafa la miró.

—El bosque no puede pintarme.
—¿Y por qué no?
—Porque es un bosque.
—Ésa no es una explicación.

La Jirafa volvió a mirar su reflejo.

La mancha seguía allí.

—Quizá sea temporal.
—Quizá.

La Cebra sonrió todavía más.

—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras esperando que me ocurra lo mismo.

La Cebra bajó la cabeza hacia el agua.

Y entonces dejó de sonreír.

—Oh.

La Jirafa se acercó.

—¿Qué?

La Cebra miró su propio costado.

Había una línea oscura.

Delgada.

Casi recta.

Pero claramente visible.

La Cebra giró.

Había otra junto a su hombro.

—Tengo dos.

La Jirafa sonrió.

—Rayas.
—No son rayas todavía.
—¿Entonces qué son?

La Cebra pensó.

—Rayitas.

La Jirafa soltó una carcajada.

La Cebra miró su reflejo otra vez.

—Bueno...
—¿Qué?
—No están mal.
—Ayer querías unas.
—Sí, pero una cosa es quererlas y otra despertarse con ellas sin haberlas encargado.

La Jirafa volvió a reír.

Pronto todos los animales se enteraron.

El Kudu fue el siguiente en mostrar cambios.

Su pelaje se había vuelto un poco más oscuro y varias líneas suaves recorrían su lomo.

Los antílopes también empezaban a adquirir tonos más profundos.

Incluso la pequeña Gacela tenía zonas ligeramente distintas en las patas.

El Búfalo observó a todos.

Después se miró.

—Yo sigo igual.

La Cebra lo examinó.

—Sí.

El Búfalo resopló.

—Esto está manipulado.
—Quizá ya estabas bastante bien para esconderte.
—Eso tiene más sentido.

El Antílope del Bosque apareció junto a ellos.

—Os estáis adaptando.

La Jirafa miró sus nuevas manchas.

—¿Así empezó contigo?
—Más o menos.
—¿Cuánto tardará?

El Antílope se encogió de hombros.

—Lo que tenga que tardar.

La Cebra suspiró.

—¿Hay alguien en este bosque que pueda dar una respuesta concreta?
—Las respuestas concretas suelen estropearse rápido.
—Eso suena exactamente a algo que diría Baviaan.

El Antílope ladeó la cabeza.

—¿Baviaan?
—Un mandril.
—Ah.
—¿Lo conoces?
—He oído hablar de él.

La Cebra puso los ojos en blanco.

—Naturalmente.

Mientras los habitantes del bosque celebraban sus primeras marcas, el Leopardo no estaba celebrando absolutamente nada.

Tenía hambre.

Mucha hambre.

Tanta hambre que había empezado a mirar con interés cosas que normalmente ni siquiera habría considerado comida.

Una mañana vio un escarabajo.

Lo siguió con la mirada.

El Etíope lo notó.

—No.

El Leopardo continuó observándolo.

—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—Podría saber bien.
—Es un escarabajo.
—Precisamente.

El Etíope abrió su bolsa.

—Todavía tengo unas raíces.

El Leopardo miró las raíces.

Después el escarabajo.

Después las raíces.

—El escarabajo.
—No.
—Sólo uno.
—La última vez que comiste siete te dolió la barriga durante dos días.
—Eso fue porque eran siete.
—El primero tampoco te gustó.

El Leopardo suspiró.

El escarabajo se escondió bajo una hoja.

—Lo has espantado.
—Te he salvado.

El Leopardo se dejó caer.

—Esto no puede continuar.
—En eso estamos de acuerdo.

Durante tres días habían intentado cazar.

Tres días.

Y no habían conseguido nada.

Una vez el Leopardo había perseguido un ruido durante media hora.

Resultó ser un pájaro.

Otra vez el Etíope había apuntado con su arco hacia una silueta.

Era un tronco.

Y una tercera vez ambos habían seguido el olor de una jirafa durante tanto tiempo que terminaron caminando en círculo y regresando exactamente al mismo lugar donde habían empezado.

El Leopardo no quiso hablar de aquello.

—Los animales han cambiado.

Dijo.

El Etíope estaba sentado sobre una raíz.

—Sí.
—No deberían hacerlo.
—No creo que pidieran permiso.
—La Jirafa tenía manchas.
—Sí.
—Y la Cebra...



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En el texto hay: cuentos, cuentos para niños, fábula

Editado: 09.09.2026

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