El Leopardo Y El Bosque De Las Mil Sombras

Capítulo 6 - Los Animales Que Desaparecieron

A la mañana siguiente, mi niño querido, el Bosque de las Mil Sombras despertó antes que los viajeros.

Primero cantó un pájaro.

Después otro.

Luego diez.

Después tantos que resultaba imposible saber si había cientos de pájaros o sólo unos pocos especialmente ruidosos.

Las hojas comenzaron a moverse.

Las ramas crujieron.

Algún insecto decidió zumbar exactamente junto a la oreja de la Cebra.

Y el Búfalo, que seguía profundamente dormido, soltó un resoplido tan fuerte que espantó a tres pájaros de un árbol cercano.

La Cebra abrió un ojo.

—Buenos días.

El Búfalo no respondió.

—He dicho buenos días.

Nada.

La Cebra se levantó.

Se acercó.

—Búfalo.

El Búfalo roncó.

La Cebra miró alrededor.

Encontró una ramita.

Le hizo cosquillas en una oreja.

El Búfalo abrió los ojos de golpe.

—¡¿QUÉ?!

Todos los animales despertaron.

La pequeña Gacela se escondió detrás de su madre.

La Jirafa levantó la cabeza.

El Avestruz dio tres pasos corriendo antes de darse cuenta de que nadie lo perseguía.

La Cebra soltó la ramita.

—Buenos días.

El Búfalo la miró.

—No vuelvas a hacer eso.
—Entonces despierta cuando te hablen.
—Estaba despierto.
—Roncabas.
—Estaba pensando.
—Con la boca abierta.

El Búfalo se levantó.

—Pienso mejor así.

La Jirafa sonrió.

Aquella mañana se sentía diferente.

No porque el bosque hubiera dejado de ser extraño.

Seguía siéndolo.

Pero ya no parecía completamente hostil.

Durante la noche no habían sufrido ningún ataque.

No habían perdido a nadie.

Y, aunque todos habían dormido poco, seguían juntos.

Eso era suficiente para empezar.

La Jirafa miró las ramas.

La luz de la mañana caía a través de ellas en manchas claras y oscuras.

—Hoy tenemos que aprender.

La Cebra mordisqueó unas hojas.

—¿Aprender qué?
—A movernos aquí.

El Kudu asintió.

—La Ardilla tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Destacamos demasiado.

La Cebra miró su cuerpo beige.

—Yo llevo pensando eso desde ayer.

El Búfalo se acercó.

—No veo el problema.

La Cebra señaló su enorme cuerpo.

—Tú no ves muchos problemas hasta que chocan contigo.
—Eso evita preocupaciones innecesarias.

La Jirafa bajó el cuello.

—Si vamos a vivir aquí, necesitamos conocer el bosque mejor.
—¿Vivir?

Preguntó la Gacela.

La Jirafa la miró.

—Al menos durante un tiempo.
—¿Y después?

La Jirafa observó los árboles.

—Ya veremos.

Aquello pareció suficiente para la Gacela.

Para la Cebra, no tanto.

—¿Y si este lugar tampoco funciona?

La Jirafa respondió:

—Entonces seguiremos buscando.

La Cebra pensó un momento.

—No me gusta.
—¿Qué?
—Que estés empezando a sonar como Baviaan.

La Jirafa sonrió.

—Eso quizá sea bueno.
—O terrible.

En ese momento escucharon un ruido.

Crac.

Todos se quedaron quietos.

Crac.

Otro.

La Cebra miró hacia un grupo de arbustos.

—¿Otra criatura misteriosa?

El Búfalo bajó la cabeza.

—Que venga.

La Cebra suspiró.

—Algún día vas a cansarte de decir eso.
—No.

Las hojas se movieron.

Entonces apareció el Antílope del Bosque que habían visto la tarde anterior.

—Seguís aquí.

La Cebra lo miró.

—Y tú sigues apareciendo sin avisar.
—Es útil.
—Para ti.

El Antílope se acercó.

A la luz de la mañana podían verlo mejor.

Su pelaje era oscuro.

No completamente negro.

Tenía tonos pardos y grisáceos.

Y sobre el lomo se extendían líneas tenues que parecían confundirse con las ramas y las cortezas.

La Jirafa lo observó.

—Ayer dijiste que conocías otras jirafas.
—Sí.
—Y cebras.
—También.

La Cebra se acercó inmediatamente.

—Quiero verlas.

El Antílope sonrió.

—Eso puede ser difícil.
—¿Por qué?
—Porque precisamente son buenas evitando que las vean.

La Cebra entrecerró los ojos.

—Muy gracioso.
—No era un chiste.
—Entonces es peor.

La Jirafa preguntó:

—¿Puedes llevarnos?

El Antílope miró al grupo.

Después hacia el bosque.

—Puedo intentarlo.
—¿Intentarlo?
—No sé dónde estarán ahora.

La Cebra resopló.

—Otro “no sé”.
—En este bosque cambia todo demasiado rápido para saber siempre dónde están las cosas.

La Jirafa miró hacia arriba.

Una ráfaga movió las hojas.

Las manchas de luz cambiaron de lugar.

El Antílope tenía razón.

—Vamos.

Dijo.

El grupo empezó a seguirlo.

No caminaron todos juntos.

El Antílope les explicó que eso era precisamente lo que no debían hacer.

—Un grupo grande hace ruido.

El Búfalo pisó una rama.

¡CRAC!

El Antílope se volvió.

—Mucho ruido.

La Cebra miró al Búfalo.

—Creo que se refiere a ti.
—Hay ramas por todas partes.
—Y tú las encuentras todas.

El Antílope continuó:

—En el bosque tenéis que mirar antes de pisar.
—En la Meseta Alta mirábamos hacia adelante.

Dijo la Jirafa.

—Aquí también hay que mirar abajo.

El Avestruz levantó una pata.

—¿Y arriba?
—También.
—¿Y detrás?
—A veces.

El Avestruz pensó.

—Eso son demasiadas direcciones.
—Te acostumbrarás.

Caminaron durante un largo rato.

El bosque se volvía cada vez más espeso.

Ya no había grandes claros.

Los árboles estaban más juntos.

Las lianas colgaban como cuerdas.

Los troncos tenían manchas de musgo.

Y el aire olía a tierra húmeda.

De repente el Antílope se detuvo.

Todos chocaron unos con otros.

—¿Qué pasa?

Susurró la Cebra.

El Antílope señaló con la nariz.



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En el texto hay: cuentos, cuentos para niños, fábula

Editado: 09.09.2026

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