El Leopardo Y El Bosque De Las Mil Sombras

Capítulo 5 - El Bosque De Las Mil Sombras

A la mañana siguiente, mi niño querido, el grupo despertó antes de que el sol terminara de aparecer.

El cielo estaba pálido.

La hierba estaba húmeda.

Y el Bosque de las Mil Sombras parecía todavía más grande que el día anterior.

Mucho más grande.

Durante la noche, cuando todo había quedado oscuro, algunos animales pensaron que quizá el bosque no estuviera tan cerca como parecía.

Pero con la primera luz del amanecer comprobaron que sí.

Allí estaba.

Extendido ante ellos de un extremo al otro del horizonte.

Una enorme muralla verde.

Árboles altos.

Árboles bajos.

Troncos rectos.

Troncos torcidos.

Ramas entrelazadas.

Enredaderas.

Arbustos.

Y detrás de todo aquello...

sombras.

La pequeña Gacela fue la primera en levantarse.

—¿Entramos hoy?

La Jirafa miró hacia el bosque.

—Sí.

La Gacela dio un pequeño salto.

—¡Por fin!

Su madre abrió los ojos.

—¿Por fin?
—Sí.
—Ayer casi te pierdes por seguir una mariposa.
—Pero era azul.
—Eso no mejora la historia.

La Cebra se incorporó con dificultad.

—¿Cuánto falta?

La Jirafa observó la distancia.

—Unas pocas horas.

La Cebra la miró desconfiada.

—¿“Pocas” de jirafa o “pocas” normales?
—Pocas normales.
—Bien.

El Búfalo despertó con un enorme resoplido.

—¿Nos movemos?

La Cebra lo miró.

—Hace cinco segundos estabas dormido.
—Estaba descansando estratégicamente.
—Roncabas estratégicamente.
—Exacto.

La Jirafa reunió al grupo.

—Hoy no podemos dispersarnos.

El Avestruz levantó una pata.

—¿Ni un poco?
—Ni un poco.
—¿Y si quiero mirar algo?
—Lo miras desde donde estés.
—Eso limita bastante la exploración.
—Ésa es la idea.

El Kudu observó el bosque.

—¿Crees que habrá animales dentro?
—Seguro.
—¿Amistosos?

La Jirafa tardó un poco en responder.

—Algunos.

La Cebra suspiró.

—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—Tu manera de responder sin tranquilizar a nadie.

La Jirafa sonrió.

—Estoy aprendiendo.

El grupo comenzó a caminar.

Las primeras horas fueron sencillas.

El terreno descendía suavemente.

La hierba se volvió más verde.

Aparecieron flores que ninguno había visto nunca.

Pequeñas flores amarillas.

Flores moradas.

Flores blancas.

La Gacela miraba hacia todas partes.

—¿Puedo acercarme a ésa?
—No.

Respondió su madre.

—¿Y a aquélla?
—No.
—¿Y a ésa?
—Tampoco.
—Entonces ¿Para qué sirven las flores?

La Cebra, que iba cerca, respondió:

—Probablemente para que las gacelas hagan preguntas.

La pequeña pareció satisfecha.

Cuanto más avanzaban, más cambiaba el paisaje.

La tierra seca fue desapareciendo.

El suelo se volvió blando.

Había musgo en algunas piedras.

Los árboles empezaron a multiplicarse.

Primero uno aquí.

Después otro allí.

Luego grupos enteros.

Y finalmente llegaron al borde del bosque.

Todos se detuvieron.

No porque alguien hubiera dado una orden.

Simplemente ocurrió.

La Jirafa quedó frente a los primeros árboles.

La Cebra se colocó a su lado.

El Kudu detrás.

El Búfalo un poco más atrás.

Los animales pequeños se apretaron unos contra otros.

Desde allí podían ver el interior.

O, al menos, una pequeña parte.

La luz entraba entre las hojas.

Pero no llegaba completa al suelo.

Se rompía.

Se dividía.

Se convertía en líneas.

Puntos.

Manchas.

Franjas.

Pequeños círculos luminosos.

La Cebra entrecerró los ojos.

—Es extraño.
—Mucho.

Dijo el Kudu.

El Búfalo avanzó.

—Parece un bosque.

La Cebra lo miró.

—Gracias.
—He dicho que parece un bosque.
—Sí. Esa observación nos será muy útil.

La Jirafa dio el primer paso.

Entró.

Nada ocurrió.

Dio otro.

Luego otro.

Los demás la siguieron.

Y casi inmediatamente todo cambió.

El aire estaba más fresco.

La tierra olía a humedad.

Los sonidos eran diferentes.

Había pájaros cantando desde lugares que no podían ver.

Insectos zumbando.

Ramas crujiendo.

Hojas moviéndose.

Agua corriendo en algún lugar lejano.

La Cebra levantó la cabeza.

—No sé dónde mirar.

La Jirafa sonrió.

—Yo tampoco.
—Eso es preocupante.
—Un poco.

El Búfalo pisó una rama.

¡CRAC!

Todos saltaron.

El Búfalo miró al suelo.

—Era una rama.
—Ya lo sabemos.

Dijo la Cebra.

—Sólo quería asegurarme.

Siguieron adelante.

Pero caminar por aquel bosque resultaba mucho más complicado que caminar por la Meseta Alta.

Había raíces.

Había ramas bajas.

Había piedras cubiertas de musgo.

Había troncos caídos.

La Jirafa tenía que agachar el cuello constantemente.

El Búfalo chocaba con los arbustos.

El Avestruz no podía correr como quería.

Y la Cebra descubrió que las raíces tenían la desagradable costumbre de aparecer exactamente donde pensaba poner una pata.

Tropezó.

—No me gusta.

El Kudu la ayudó.

—Llevamos dentro menos de una hora.
—Ésa es mi opinión provisional.

El grupo llegó a un pequeño claro.

El sol atravesaba las hojas y caía sobre el suelo en grandes manchas doradas.

La Jirafa levantó la cabeza.

—Descansaremos aquí.

Todos agradecieron la noticia.

La Cebra se tumbó.

El Búfalo se apoyó contra un árbol.

El árbol crujió.

El Búfalo se apartó.

—Débil.
—O quizá tú pesas demasiado.

Dijo la Cebra.

—Imposible.

La Gacela pequeña corrió hacia una zona iluminada.

Su madre la llamó.



#1343 en Fantasía
#1695 en Otros
#312 en Relatos cortos

En el texto hay: cuentos, cuentos para niños, fábula

Editado: 09.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.