El Leopardo Y El Bosque De Las Mil Sombras

Capítulo 8 - El Misterio De Las Sombras

A la mañana siguiente, mi niño querido, el Leopardo despertó antes que el Etíope.

Eso no era normal.

Generalmente el Etíope se levantaba primero, encendía un pequeño fuego, revisaba sus flechas, examinaba el cielo y tenía tiempo suficiente para preguntarse si el Leopardo pensaba dormir hasta la siguiente estación.

Pero aquella mañana no.

El Leopardo ya estaba sentado sobre una roca cuando el Etíope abrió los ojos.

—Estás despierto.
—Sí.
—Antes que yo.
—Sí.
—¿Te encuentras bien?

El Leopardo lo miró.

—Perfectamente.

El Etíope se incorporó.

—Eso es preocupante.

El Leopardo ignoró el comentario.

Miraba hacia el norte.

Hacia las colinas.

Hacia el Bosque de las Mil Sombras.

—He estado pensando.

El Etíope se quedó quieto.

—Eso también es preocupante.
—¿Quieres escucharme o no?
—Adelante.

El Leopardo bajó de la roca.

—Baviaan dijo que miráramos más de lo que perseguimos.
—Sí.
—Así que eso voy a hacer.

El Etíope parpadeó.

—¿No vas a lanzarte sobre lo primero que huela a cebra?
—No.
—¿Ni sobre una jirafa?
—No.
—¿Ni siquiera si está muy cerca?

El Leopardo dudó.

—Depende de cuánto de cerca.

El Etíope sonrió.

—Eso se parece más a ti.

Prepararon sus cosas y comenzaron el viaje de regreso.

Pero esta vez caminaban de una manera distinta.

La primera vez habían recorrido aquellos caminos pensando únicamente en alcanzar a los animales.

Ahora observaban.

El Etíope examinaba las huellas.

El Leopardo olfateaba cada cambio en el viento.

Miraban la forma de las piedras.

Los colores de la tierra.

Las zonas donde la hierba era más alta.

Las sombras que proyectaban las nubes.

Y cuanto más miraban, más comprendían algo que antes les había parecido completamente innecesario:

Cada lugar tenía sus propias reglas.

En la Meseta Alta, una sombra oscura sobre una llanura brillante llamaba inmediatamente la atención.

En las colinas, en cambio, había piedras grises y arbustos oscuros.

En el valle, la humedad hacía que los colores fueran más profundos.

Y en el bosque...

Bueno.

El bosque era otra cosa.

—Mira aquello.

Dijo el Etíope.

Señaló una lagartija sobre una roca.

El Leopardo miró.

—¿Qué tiene?
—Está casi exactamente a juego con la piedra.

El Leopardo se acercó.

La lagartija salió corriendo.

—Ya no.
—Antes sí.

Más adelante encontraron un pequeño pájaro de plumaje pardo.

Estaba inmóvil entre hojas secas.

El Leopardo pasó junto a él sin verlo.

Cuando el pájaro voló, dio un salto.

—¿De dónde salió eso?
—Estaba delante de ti.

El Leopardo se volvió.

—No.
—Sí.
—No lo vi.
—Exactamente.

El Leopardo continuó caminando en silencio.

Aquello empezaba a molestarle.

No porque el pájaro se hubiera escondido bien.

Sino porque empezaba a darse cuenta de que casi todos parecían saber algo que él no sabía.

Al mediodía llegaron otra vez al valle del León.

El arroyo corría entre las piedras.

Los árboles daban sombra.

Y el León estaba tumbado exactamente en el mismo lugar.

O quizá era otro lugar muy parecido.

Con los leones nunca se sabe.

El Leopardo se detuvo.

—Tú.

El León abrió un ojo.

—Tú otra vez.

El Etíope levantó una mano.

—Buenos días.
—Todavía.

El Leopardo miró hacia el sendero correcto.

Después hacia el pantano.

—Sabías que ése era el camino equivocado.

El León bostezó.

—Sí.
—Y no dijiste nada.
—No preguntaste bien.
—Pregunté qué camino habían tomado.
—Y respondí que no recordaba.
—Pero sí recordabas.
—Entonces mi memoria mejoró.

El Leopardo gruñó.

El León cerró el ojo.

—Sigues haciendo demasiado ruido.

El Etíope sonrió.

—Estamos intentando aprender.

El León volvió a mirar.

—Eso es nuevo.

El Leopardo se sentó.

—¿Cómo sabes dónde esconderte?

El León levantó la cabeza.

—¿Qué?
—Tu color.
—¿Qué pasa con él?
—Aquí funciona.

El León miró su pelaje.

—A veces.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo mucho tiempo viviendo aquí.

El Leopardo recordó a Baviaan.

—¿Tuviste que aprender?
—Claro.
—¿A hacer qué?

El León se levantó lentamente.

Caminó hasta una zona donde la hierba seca tenía un tono dorado.

Se tumbó.

El Leopardo lo observó.

El enorme cuerpo del León parecía mezclarse con el suelo mucho mejor que bajo los árboles oscuros.

—Ah.

El León se levantó.

Después caminó hasta una sombra profunda.

Allí volvió a verse claramente.

—No todos los lugares sirven.

Dijo.

El Leopardo ladeó la cabeza.

—Entonces eliges dónde estar.
—Naturalmente.

El Etíope asintió.

—No se trata sólo del color.
—Nunca se trata sólo del color.

Respondió el León.

El Leopardo pareció decepcionado.

—Eso complica las cosas.
—La vida suele hacerlo.

El Etíope miró al Leopardo.

—Baviaan dijo algo parecido.
—Todo el mundo sabio parece disfrutar dificultando las respuestas.

El León volvió a tumbarse.

—Seguid hacia el norte.
—Eso pensábamos hacer.
—Entonces estáis perdiendo tiempo.

El Leopardo se levantó.

—Gracias por la lección.

El León cerró los ojos.

—No era una lección.
—Todo el mundo dice eso después de dar una.

Siguieron adelante.

Esta vez eligieron el sendero que subía.

No tuvieron ninguna intención de acercarse al pantano.

Ni siquiera cuando escucharon un lejano:

Chap.

El Leopardo aceleró.

El Etíope sonrió.

—Creí que no ibas a hablar del hipopótamo.
—No estoy hablando.
—También puedes recordar en silencio.



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En el texto hay: cuentos, cuentos para niños, fábula

Editado: 09.09.2026

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