El Leopardo Y El Bosque De Las Mil Sombras

Capítulo 4 - El Valle De Las Huellas

El gruñido volvió a escucharse entre los árboles.

Grrrrrrrrrrrrrr.

Esta vez más profundo.

Más cercano.

Y, desde luego, muchísimo menos agradable.

La pequeña Gacela se pegó al costado de su madre.

La Cebra retrocedió hasta tocar al Kudu.

El Avestruz levantó las alas.

El Búfalo bajó la cabeza y apuntó los cuernos hacia la oscuridad.

—Que salga.

Dijo.

La Cebra lo miró.

—¿De verdad ésa es tu respuesta para todo?
—Funciona con muchas cosas.
—¿Con qué cosas?

El Búfalo pensó.

—Con otros búfalos.
—Extraordinario.

La Jirafa no apartaba los ojos de los árboles.

El valle seguía siendo hermoso.

El arroyo continuaba corriendo.

Los insectos seguían zumbando entre las hojas.

Pero todo parecía distinto después de aquel gruñido.

Porque así ocurre algunas veces, mi niño querido.

Un lugar puede parecer exactamente igual que cinco minutos antes y, sin embargo, cuando sabes que algo peligroso está escondido allí, cada piedra parece una cabeza, cada rama parece una pata y cada sombra empieza a parecer mucho más oscura de lo necesario.

El Kudu examinó de nuevo la huella.

—Es grande.
—Eso ya lo sabemos.

Susurró la Cebra.

—Muy grande.
—Eso tampoco ayuda.

La Jirafa bajó el cuello.

—¿Puedes decir qué animal es?

El Kudu olfateó.

Miró la marca desde un lado.

Luego desde otro.

—No.

El Búfalo se acercó.

—Yo sí.

Todos lo miraron.

—¿Qué es?

El Búfalo observó la huella.

—Un animal grande.

La Cebra cerró los ojos.

—Gracias, Búfalo.
—Para eso estoy.

El gruñido volvió a llegar.

Grrrrrrrr.

Y después...

Crac.

Algo había pisado una rama.

La Jirafa levantó la cabeza.

Entre los árboles se movió una sombra.

Grande.

Muy grande.

La Cebra susurró:

—Lo vi.
—¿Qué viste?

Preguntó la Gacela.

—No lo sé.
—¿Cómo puedes ver algo y no saber qué viste?
—Es una habilidad nueva.

La Jirafa dio un paso hacia atrás.

—Todos juntos.

Los animales comenzaron a agruparse.

Los pequeños quedaron en el centro.

Los más fuertes alrededor.

El Búfalo ocupó la parte delantera.

Dos kudus se colocaron junto a él.

La Jirafa permaneció detrás, utilizando su altura para observar los árboles.

—No corráis.

Dijo.

La Cebra la miró.

—Ése era exactamente mi plan.
—Si salimos corriendo sin saber dónde está, podemos dispersarnos.

La madre de la Gacela miró a su alrededor.

—¿Entonces qué hacemos?

La Jirafa respiró lentamente.

—Esperar.
—¿Esperar qué?
—Verlo.

El Búfalo resopló.

—Yo prefiero que me vea él.
—Estoy bastante segura de que ya nos ha visto.

Aquello no animó a nadie.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después las hojas se movieron.

Primero apareció una cabeza.

Luego unos enormes hombros.

Finalmente una criatura completa salió de entre los árboles.

La Gacela soltó un chillido.

La Cebra abrió mucho los ojos.

El Búfalo bajó aún más los cuernos.

Era un león.

Un enorme león macho.

Tenía una melena oscura alrededor del cuello y caminaba con la lentitud de alguien que está completamente convencido de que nadie en los alrededores tiene intención de discutir con él.

Se detuvo junto al arroyo.

Miró al grupo.

El grupo lo miró a él.

El León bebió.

La Cebra pestañeó.

—¿Eso es todo?

El León siguió bebiendo.

La Jirafa no respondió.

El Búfalo dio un paso hacia delante.

—¡Eh!

Todos se volvieron hacia él.

—¿Qué haces?

Susurró la Cebra.

—Quiero saber qué quiere.
—Está bebiendo.
—Podría beber en otra parte.

El León levantó la cabeza.

El agua goteó de su hocico.

Miró directamente al Búfalo.

La Cebra susurró:

—Enhorabuena. Ahora sabe que existes.

El León habló.

—¿Hay algún problema?

Su voz era profunda y tranquila.

El Búfalo parpadeó.

No parecía haber esperado una respuesta.

—Eso depende.
—¿De qué?
—De si piensas comernos.

El León miró al grupo.

Después volvió a mirar al Búfalo.

—Ahora mismo estoy bebiendo.
—Eso no responde.
—No intentaba responder.

La Cebra se acercó a la Jirafa.

—No me cae mal.

El Búfalo resopló.

—Estamos atravesando este valle.

El León miró hacia el estrecho paso por el que habían entrado.

—Ya me había dado cuenta.
—Y no buscamos problemas.

El León ladeó la cabeza.

—Entonces quizá no deberías empezar una conversación gritando.

La Cebra soltó una risita.

El Búfalo la miró.

—No ayudes.

El León dio unos pasos hacia la sombra.

Se tumbó bajo un árbol.

—Podéis beber.

Nadie se movió.

—¿Eso significa que no vas a atacarnos?

Preguntó el Kudu.

El León lo observó.

—Significa que podéis beber.
—No me gustan las respuestas de este lugar.

Murmuró la Cebra.

La Jirafa dio un paso adelante.

—Venimos de la Meseta Alta.

El León levantó una oreja.

—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—El ruido.

La Cebra miró al Búfalo.

—Te lo dije.
—No habla sólo de mí.

El León cerró los ojos.

La Jirafa continuó:

—Buscamos un lugar con árboles.

El León volvió a abrirlos.

—Hay muchos lugares con árboles.
—Uno muy grande. Lo he visto desde lejos.

El León estudió a la Jirafa.

—El Bosque de las Mil Sombras.

La Jirafa sintió un pequeño escalofrío.

—¿Así se llama?
—Así lo llaman algunos.

La Cebra se adelantó.

—¿Está cerca?
—No.

La Cebra dejó caer las orejas.

—Claro.
—Pero tampoco está tan lejos.
—Eso tampoco significa nada.



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En el texto hay: cuentos, cuentos para niños, fábula

Editado: 09.09.2026

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