El Leopardo Y El Bosque De Las Mil Sombras

Capítulo 9 - Cinco Dedos Negros

A la mañana siguiente, mi niño querido, el Leopardo despertó con una sola idea en la cabeza.

Manchas.

No desayuno.

No cebra.

No jirafa.

No incluso aquel escarabajo gordo que cruzó lentamente frente a sus patas y que, en cualquier otro momento, habría recibido una mirada mucho más interesada.

Manchas.

El Leopardo abrió los ojos.

Se levantó.

Miró su cuerpo.

Nada.

Seguía siendo completamente parduzco-grisáceo-amarillento.

—Etíope.

No hubo respuesta.

—Etíope.

Desde detrás de un árbol llegó una voz.

—Estoy despierto.
—Entonces ven.
—¿Para qué?
—Ya lo sabes.

El Etíope apareció cargando una pequeña bolsa, unas hojas, un cuenco de madera y varias cosas que el Leopardo no reconoció.

El Leopardo observó todo aquello.

—¿Qué es eso?
—Materiales.
—¿Para mis manchas?
—Quizá.

El Leopardo se acercó.

—¿Qué hay en la bolsa?
—No la abras.
—¿Por qué?
—Porque acabo de decirte que no.

El Leopardo puso una pata encima.

—Sólo quiero mirar.

El Etíope apartó la bolsa.

—Si metes la nariz ahí, pasarás el resto del día estornudando.

El Leopardo retiró la pata.

—Eso podrías haberlo dicho antes.
—Lo acabo de decir.

El Leopardo caminó alrededor de él.

—¿Ya sabes cómo hacerlo?
—Tengo una idea.
—Ayer dijiste lo mismo.
—Ayer tenía una idea pequeña.
—¿Y hoy?
—Una idea un poco menos pequeña.

El Leopardo se sentó.

—¿Duele?

El Etíope levantó una ceja.

—¿Tienes miedo?
—No.
—Entonces ¿Por qué preguntas?
—Porque un cazador prudente debe saber estas cosas.

El Etíope sonrió.

—No debería doler.
—¿“Debería”?
—Leopardo.
—Sí.
—Si vas a interrogarme durante toda la mañana, terminaré mañana.

El Leopardo cerró la boca.

Duró aproximadamente siete segundos.

—¿Cuántas manchas serán?

El Etíope suspiró.

—Muchas.
—¿Cuántas son muchas?
—Más de diez.
—Eso no es muchas.
—Más de cien, entonces.

El Leopardo abrió mucho los ojos.

—¿Cien?
—Quizá.
—¿No son demasiadas?
—Tú querías manchas.
—Sí, pero elegantes.
—Intentaré que sean elegantes.
—Y pequeñas.
—Pequeñas.
—Nada vulgares.
—Nada vulgares.
—Y que no parezcan las de la Jirafa.

Una voz habló desde los árboles.

—Te he oído.

El Leopardo dio un salto.

La Jirafa salió de entre las sombras.

La Cebra apareció detrás.

El Leopardo se recuperó rápidamente.

—No decía que tus manchas fueran vulgares.

La Jirafa lo miró.

—¿Ah, no?
—Decía que en mí serían vulgares.

La Cebra sonrió.

—Eso no mejora mucho las cosas.

La Jirafa se acercó.

Sus manchas eran ahora mucho más visibles que unos días antes.

Grandes formas oscuras cubrían casi todo su cuerpo.

Todavía no eran exactamente como llegarían a ser en el futuro, pero ya habían dejado de parecer simples sombras temporales.

—¿Hoy te las pondrás?

Preguntó.

El Leopardo levantó la cabeza con orgullo.

—Sí.

La Cebra miró al Etíope.

—¿Cómo?
—Todavía estoy decidiéndolo.

El Leopardo giró.

—¿Todavía?
—Tengo una idea.
—Eso ya lo sé.

La Jirafa observó los materiales.

—¿Vas a pintarlo?
—Más o menos.

La Cebra empezó a reír.

—Quiero verlo.

El Leopardo la miró.

—No es un espectáculo.

En ese momento aparecieron el Kudu, el Antílope, la Gacela pequeña y, por supuesto, el Búfalo.

El Leopardo cerró los ojos.

—¿Por qué está viniendo todo el mundo?

La Cebra respondió:

—Porque vas a cambiar de aspecto.
—Eso no significa que tengáis que mirar.

El Búfalo se sentó pesadamente.

—Yo pienso mirar.
—No te he invitado.
—No hace falta.

El Leopardo resopló.

—Muy bien. Pero nadie comenta nada hasta que terminemos.

La Cebra levantó una pata.

—¿Y después?
—Después podéis admirarme.

La Jirafa miró a la Cebra.

—Sigue siendo él.
—Muchísimo.

El Etíope extendió varias hojas sobre una piedra plana.

En ellas había mezclado un pigmento oscuro hecho de carbón, tierra húmeda, jugos vegetales y otras sustancias que había encontrado en el bosque.

Era espeso.

Muy negro.

El Leopardo lo olfateó.

—Huele raro.
—No te lo vas a comer.
—No pensaba hacerlo.
—Hace dos días considerabas comerte un escarabajo.
—No veo la relación.

El Etíope metió un dedo en la mezcla.

Lo levantó.

La punta quedó completamente negra.

—Esto debería durar.

El Leopardo retrocedió un paso.

—¿“Debería”?

La Cebra se rió.

—Otra vez tiene miedo.
—No tengo miedo.

La Gacela pequeña levantó la cabeza.

—Yo tendría miedo.

El Leopardo la miró.

—Gracias.

La Gacela sonrió.

—De nada.

El Etíope observó al Leopardo.

Luego las sombras del bosque.

Después su propia mano.

—Ven aquí.

El Leopardo se acercó.

—¿Dónde empezamos?
—En el hombro.
—¿Por qué?
—Porque puedo alcanzarlo.
—Buena razón.

El Etíope levantó la mano.

Luego se detuvo.

—No.

El Leopardo frunció el ceño.

—¿Qué?
—Un dedo solo no sirve.

Miró las sombras sobre la piel del Leopardo.

Eran pequeñas.

Irregulares.

Agrupadas.

El Etíope juntó los cinco dedos.

Los hundió en la mezcla negra.

Después levantó la mano.

Cinco puntas oscuras.

Muy juntas.

La Cebra se inclinó hacia adelante.

—Eso parece interesante.

El Leopardo miró la mano.

—¿Cinco?
—Cinco.
—¿Por qué cinco?
—Porque tengo cinco dedos.
—Eso no parece una razón artística.
—Leopardo.
—Sí.
—Quédate quieto.



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En el texto hay: cuentos, cuentos para niños, fábula

Editado: 09.09.2026

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