Anthonny terminó de acomodar la manta sobre las piernas de Adryell antes de empujar lentamente la silla de ruedas fuera de la habitación. Habían pasado demasiadas horas entre paredes blancas, medicamentos y el sonido constante de los monitores, así que cuando el ascensor se abrió en la planta baja, Adryell sintió algo parecido al alivio.
—Si el doctor pregunta, diré que me secuestraste —comentó mientras observaba las puertas del hospital abrirse frente a ellos.
—Y yo diré que llevabas días insistiendo hasta volverme loco —respondió Anthonny sin dejar de caminar.
—Entonces ambos estaremos diciendo la verdad.
Una sonrisa fugaz apareció en el rostro de Anthonny mientras salían al exterior.
El jardín se extendía frente a ellos cubierto por el frío del invierno. Los senderos de piedra estaban despejados de nieve y, aunque la mayoría de los árboles habían perdido sus hojas, seguían aportando algo de vida al paisaje. Desde aquella zona elevada podía verse gran parte de la ciudad; los edificios, las avenidas y el constante movimiento de personas que continuaban con sus vidas sin imaginar las historias que se escondían detrás de las ventanas del hospital.
Anthonny llevó la silla hasta una de las barandas que daban hacia la calle principal y se acomodó a su lado. Durante un rato ninguno habló demasiado. No porque faltaran temas de conversación, sino porque la tranquilidad del lugar invitaba a simplemente observar.
Abajo, la ciudad seguía respirando.
Algunas personas caminaban deprisa para protegerse del frío, otras cargaban bolsas de compras y, de vez en cuando, algún autobús pasaba dejando tras de sí una nube de vapor que desaparecía pocos segundos después.
Fue entonces cuando un grupo de adolescentes apareció al otro lado de la avenida.
Debían tener la edad que ellos tenían cuando se conocieron.
Llevaban los uniformes desarreglados, las mochilas colgando de un solo hombro y caminaban tan juntos que parecía imposible distinguir dónde terminaba uno y comenzaba el otro. Uno sostenía un vaso de chocolate caliente, otro una bolsa repleta de bocadillos y todos reían por algo que claramente consideraban más gracioso que el resto del mundo.
Uno de los adolescentes empujó a otro con el hombro mientras intentaba arrebatarle el vaso que llevaba entre las manos. El chico protestó de inmediato, aunque la sonrisa que intentaba ocultar lo traicionó al instante, provocando una nueva ronda de carcajadas entre el grupo. A pesar del frío, ninguno parecía tener prisa por llegar a casa; caminaban despacio, compartiendo comida y hablando tan alto que algunas de sus risas alcanzaban a escucharse incluso desde el jardín del hospital.
Adryell los siguió con la mirada mientras apoyaba los brazos sobre la manta que cubría sus piernas. Sin darse cuenta, una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Míralos —murmuró, inclinando apenas la cabeza hacia la avenida.
Anthonny observó al grupo durante unos segundos antes de cruzarse de brazos dentro del abrigo.
—Nosotros jamás hacíamos tanto ruido.
Adryell giró la cabeza para mirarlo con una expresión de absoluta incredulidad.
—¿Perdón?
—Yo jamás hacía tanto ruido —se corrigió Anthonny, aunque una pequeña sonrisa comenzaba a asomarse en sus labios.
—Eso tiene mucho más sentido.
La risa que escapó de Anthonny fue breve, pero suficiente para que Adryell sintiera una calidez familiar instalándose en su pecho. Incluso después de tantos años seguía disfrutando esos pequeños momentos, porque conseguir que Anthonny se riera nunca había dejado de sentirse como una victoria personal.
Volvió la vista hacia la calle justo cuando uno de los chicos levantaba su bebida para evitar que sus amigos se la quitaran. Los demás comenzaron a perseguirlo entre empujones y protestas exageradas, llamando la atención de varias personas que caminaban cerca de ellos.
Por alguna razón, aquella escena le resultó dolorosamente familiar.
Quizá era la despreocupación con la que caminaban después de clases, como si el mundo entero pudiera esperar unas horas más. O tal vez era la forma en que reían por cosas que dentro de unos años probablemente ni siquiera recordarían. Fuera cual fuera la razón, Adryell sintió que algo tiraba suavemente de sus recuerdos, arrastrándolo hacia una tarde que creía olvidada.
Una tarde en la que las clases habían terminado más temprano de lo habitual y él había aparecido frente al salón de Anthonny con una botella de refresco en una mano y una idea terrible rondándole la cabeza.
Porque algunas cosas nunca cambiaban.
Ni siquiera cuando tenían diecisiete años.
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—No.
—Ni siquiera te he dicho qué quiero hacer —protestó Adryell mientras caminaba hacia atrás por el pasillo, sosteniendo la botella entre las manos y bloqueándole el paso a propósito.
Anthonny continuó avanzando con la mochila sobre un hombro y un libro de Historia sujeto contra el pecho.
—Precisamente por eso estoy diciendo que no.
—Qué poca fe me tienes.
—Es experiencia.
—Eso fue ofensivo.
—Eso fue sincero.
Adryell abrió la boca para responder algo, pero terminó soltando una risa mientras volvía a caminar a su lado. Aquel día las clases habían terminado antes porque varios profesores asistirían a una reunión, y la mayoría de los estudiantes ya había abandonado el instituto. Sin embargo, Anthonny parecía decidido a pasar la tarde estudiando como si el examen de Martín fuera cuestión de vida o muerte.
Y Adryell estaba igual de decidido a impedirlo.
—Vamos, solo será una hora —insistió mientras se inclinaba ligeramente para intentar captar su atención—. Hay un nuevo puesto de comida cerca de la estación y dicen que venden los mejores pasteles de pescado de toda la ciudad.
Editado: 09.10.2026