Desde los primeros años de su infancia, el mundo de la Princesa Lyssandra no estuvo compuesto por juegos de niños, sino por pesados tomos de cuero encuadernado y las estatuas marmóreas de los antiguos héroes que decoraban los pasillos del Palacio de Cristal.
Mientras las nodrizas le peinaban el cabello rubio platino bajo la luz cálida de los vitrales consagrados a la Diosa de la Luz, Lyssandra pasaba las horas escuchando los relatos épicos del primer cataclismo. Le fascinaban las leyendas de aquellos paladines que, empuñando la espada de la justicia y bendecidos con un fulgor divino, se adentraban en los páramos prohibidos para abatir a las hordas del Rey Demonio. Para ella, la realeza no significaba el lujo de los banquetes ni el poder de mandar sobre los demás; significaba una responsabilidad sagrada.
A los diez años, cuando su núcleo de maná despertó con un estallido de energía pura y cegadora, su padre, el rey, la miró con una mezcla de orgullo y solemne alivio. Sus manos no producían hielo ni fuego común; de sus dedos brotaban hilos de luz cálida y resplandeciente, capaces de sanar heridas superficiales y proyectar destellos tan intensos como el sol del mediodía.
—Tu bendición es el pilar de este reino, Lyssandra —le había dicho el monarca con severidad, apoyando una mano pesada sobre su hombro—. La luz no se pliega ante la oscuridad; la destruye. Su deber es mantener intacta esa pureza.
Pero Lyssandra interpretó esas palabras a su manera. Conforme crecía, leía los reportes de las fronteras que llegaban al consejo real —informes que hablaban de caravanas destruidas, aldeas arrasadas y una guerra silenciosa que los ciudadanos de la capital ignoraban bajo la protección de los altos muros—. Mientras la corte se ahogaba en la complacencia y los bailes de salón, la joven princesa se juró a sí misma que ella no sería una espectadora coronada.
Entrenaba en secreto durante las madrugadas, exigiendo a sus instructores de combate que no la trataran con clemencia. Quería ser fuerte. Quería aprender a blandir el acero y dominar su maná de luz no para desfilar en las festividades del templo, sino para liderar una campaña definitiva. Su gran sueño, alimentado por la inocencia de los cuentos infantiles y la cruda urgencia de los reportes militares, era cruzar las fronteras algún día y convertirse en la heroína que pusiera fin al reinado del terror del demonio, devolviendo la paz a un mundo dividido.
Sin embargo, los sueños construidos dentro de una jaula de cristal están destinados a chocar contra la cruda mampostería de la realidad.
El golpe final a su inocencia llegó una mañana gris de invierno. En lo más profundo de sus aposentos privados, Lyssandra ignoraba que el rey vivía consumido por un terror secreto: la paranoia constante de que los nobles ambiciosos de la corte conspiraban en las sombras para derrocarlo y arrebatarle el trono. Sintiéndose profundamente vulnerable y desconfiando de su propia guardia, el monarca tomó una medida desesperada para proteger a su linaje y asegurar su poder.
Las órdenes reales resonaron por todo el palacio convocando un Gran Torneo en la capital, bajo el pretexto de elegir al mejor guerrero para blindar las fronteras, aunque el verdadero motivo del rey era rodear a su familia de un leal guardián personal que impidiera cualquier intento de golpe de estado. Para Lyssandra, encerrada en su alcoba mientras escuchaba los clarines de guerra resonar desde la gran plaza, aquel decreto real no era más que el inicio de una partida de ajedrez donde ella era la pieza principal.
Su sueño de convertirse en una heroína libre estaba a punto de colisionar con el miedo y las cadenas de la corona.