«La Princesa suspiró en asombro, sus dedos de marfil dejando caer al barro las páginas que narraban la historia. Elevó su ambarina mirada y solo recibió odio, un fuerte y gélido odio de parte de su amiga
— Me mentiste.»
— Yo no, Sybill... espera...
— ¿Todo este tiempo me estuviste usando? Sabía que no eras tan tierna como parecías, pero eres también una rata.
— Déjame explicarte...— Intentó levantarse con sus botas resbalando en el barro. Su mano hizo el esfuerzo de agarrar a la trigueña, pero esta retrocedió asqueada.
El agua empegostaba la suciedad a su rostro, pero parte del polvo de su pelo corría libre. Por primera vez Sybill pensó que realmente era ciega, o tonta, ¿Cómo no había notado los rasgos? ¿La idiotez de haberla conocido como una hermosa dama en apuros? Un teatro bien montado, se había mentido. O quizás todo había sido culpa del autor. Desde el inicio había estado jugando con ella como otra de sus marionetas.
— Por favor...
— ¡No te acerques a mí!
Sybill colocó su máscara de vuelta antes de empezar a correr. No había nada que desease mas en el mundo que un agujero en la tierra se tragase a la chica corriendo a sus espaldas. Pero no había forma de que eso sucediese, era una princesa de un cuento. De un maldito y asqueroso cuento.
— ¡Sybill!
Ariadne corrió tras ella con todo su cuerpo exhausto a mas no poder, sus pasos temblando con cada esfuerzo que daba para alcanzarla, pero la ladrona era más rápida, más ágil, con todas las motivaciones del mundo para dejarla atras. Arya no podía permitirlo. Si la dejaba ir, volvería a estar sola en ese mundo para el cual ella ni siquiera era real.
"Un personaje de cuentos, una recompensa" era todo lo que pensaban de ella.
Y quizás... Sybill también.
— Para, por favor.
Sus pasos trastabillaron, chocando entre la gente, antes de pisar en falso y volver al suelo.
— Maldición — se quejó mientras las lágrimas llenaban sus ojos.
Tal vez si lloraba la magia del cuento se activaría. Solo tenía que sentarse, llorar, dejar todo ir y alguien vendría a rescatarla. Ojeó las páginas entre suspiros.
«...porque a pesar de las dificultades, sí había alguien buscándola. Alguien cuyo corazón pertenecía a nadie más que a ella. Caelan recorría las calles de Nivelia junto a los caballeros del Rey con la única misión de traerla de vuelta. Solo tenía que esperar...»
Y él llegaría...
¿Pero eso sería todo?
Ariadne miró alrededor, a la gente que la ignoraba. Incluso la golpeaban al pasar, ajenos a su sufrimiento cuando tan solo un día antes habían profesado amarla.
Caelan también había dicho que la amaba.
¿Sería real?
Cerró el manuscrito con fuerza antes de levantarse, secando con su mano las lágrimas que se negaban a caer y dirigió sus pasos tras la única realidad que conocía en este mundo ficticio.
Reconoció la roída fachada a distancia mucho antes de trastabillar hasta la puerta de madera. No se veía luz en el interior, ni sonido alguno, quizás ni siquiera estuviese ahí. Podría haber ido a otra parte, a diferencia de ella, Sybill sí tenía a dónde más ir. Sin embargo decidió creer y golpear la puerta.
— ¿Sybill? — golpeó con fuerza — Sybill, abre, por favor. No fue mi intención, déjame explicarte.
Silencio.
Arya se asomó por una ventana, ni un movimiento.
— ¿Sybill?
Nada.
— Lo siento... yo, no tenía idea. De las reglas, de todo. No tenía idea de que... nadie sabe quién soy...
¿Hubiese cambiado en algo si hubiese sabido?
Suspiró con fuerza ante la afonía total y, dando media vuelta, se dejó caer contra la puerta, arrastrándose por esta hasta que sus posaderas tocaron el suelo.
Miró lo único que tenía consigo, dos libros, uno de hadas que no se suponía que debiese leer y el manuscrito de su vida, el cual definitivamente no debería leer, aparte de eso un par de joyas que arrancó de su vestido roto y el collar. Según Sybill no costaban mucho, aunque quizás podría intercambiárselos a otra persona para que la llevase al palacio.
¿Y meter a alguien más en el cuento?
Dudó...
Tamborileó sobre la blanca cubierta momentos antes de quitarle la tierra de encima. La caligrafía torcida mostraba en frases varios títulos, algunos tachados, casi ilegibles dejando resaltar solo uno escrito en diagonal.
«La canción de Nivelia»
Ese era su cuento, ni siquiera tenía su nombre como el de Blancanieves o Cenicienta. Se parecía al de su madre que enfatizaba más un lugar que a la persona que había sufrido para que la rescatasen.
Sin embargo no podía odiarlo.
Con suavidad abrió la carátula y pasó la página hasta hallar los primeros trazos.
«En un lugar muy lejano donde el viento susurra canciones olvidadas por los mortales y la tierra blanca se extiende más allá del horizonte, un Rey y una Reina muy amados por sus súbditos, vivían en armonía como guardianes del Reino encantado de Nivelia.
Bajo su cuidado las feroces fuerzas de la oscuridad se mantenían a raya en el bosque, temerosas de cruzar y enfrentarse a la feroz magia que una singular gema encantada traída para proteger Nivelia. En su poder, los campos eran prósperos, las cosechas abundantes y el largo invierno se alejaba dejando disfrutar a sus habitantes de una cálida y eterna Primavera. Sin embargo, los años pasaban y con cada uno de ellos el poder de la gema se debilitaba anunciando el retorno de la Era Oscura. Ninguno de los príncipes, aunque muy valerosos y capaces, había logrado contener el mal que los acechaba y los reyes no tenían esperanza de qué hacer.
El miedo de su majestades solo crecía con el tiempo ante la idea de que su nuevo bebé nacería en un mundo donde el largo invierno reinaría eternamente y la luz del sol desaparecería para siempre.
Entonces ocurrió, una larga noche el consejero real dio la noticia. Un visitante solicitaba una audiencia con los reyes diciendo que traía la solución a los problemas.
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Editado: 11.09.2026