Infelices para Siempre

El trausente

Distaba mucho de tener una apariencia singular. La pequeña puerta negra, rota y llena de clavos, apenas si demostraba que en algún punto alguien había habitado ese lugar. Ni hablar de los cristales rotos, el moho royendo las piedras y los incontables nidos de gorriones que se escondían en las salientes del tejado. Sin embargo, Sybill seguía golpeando la puerta con fuerza, sus nudillos enrojecidos de la rabia que estaba permitiéndose sentir.

Ariadne no dijo una palabra, ni siquiera cuando pensó que su compañera había perdido la cabeza. Aguardo unos pasos por detrás, completamente inmóvil mientras se abrazaba a sí misma.

—¡Gideon, pedazo de mierda, abre esta puerta!

Incluso los lugareños las observaban como si estuviesen locas. No porque el resto de las viviendas se viesen mejor, sino porque, de cierta forma, todos sabían que nadie abriría. Sin embargo, Sybill no se detuvo y, luego de varios golpes más, una voz sorprendió a Ariadne.

—Es de mala educación usar el nombre de otra persona de esa forma, Sybilla.

—Abre esta maldita puerta —gruñó la mujer.

Ariadne sintió sus manos sudando. La increíble calma de aquella voz la había tomado desprevenida y, aunque no podía verle a través de la madera, sentía como unos ojos curiosos la examinaban detenidamente.

—Tienes mucho coraje para presentarte en mi casa maldiciendo de esa forma y acompañada de un personaje de cuento.

Se hizo silencio, uno incómodo y largo, antes de que el ruido de las cerraduras se escuchase y la puerta se abriese dando paso a una infinita oscuridad. Ariadne se congeló observando ese abismo, recordando la inmensa niebla que siempre se extendió bajo su torre; y por un segundo se halló retrocediendo, no muy convencida de querer ingresar.

"¿Para qué?" se dijo. "¿Qué esperas lograr?"

Sybill, que había notado a la chica palidecer, vio cómo retrocedía un par de lentos pasos y se apresuró sobre ella.

—No vas a ir a ningún lado hasta que esto esté resuelto —amenazó, tomándola del brazo.

Y aunque intentó negarse, fue arrastrada hacia las sombras, dejando detrás toda la calidez del mundo exterior.

Su cuerpo tembló ante el contacto con la gélida manta que la envolvió. Sintió que se ahogaba con todo el aire del mundo para respirar, sin posibilidad de huir mientras la infinidad de ese abismo la engullía. Y cuando pensó que nada más podía pasar, la recibió la macabra sensación de cientos de arañas trepando por su piel y debajo de esta. Las pequeñas patas caminando por doquier, metiéndose bajo su ropa y entre su pelo, hasta que con pequeños gritos empezó a sacudirse, alejándose de la bruma que la envolvía y dando paso a la luz y a unos brazos que la sujetaron. Unos brazos muy humanos, con una cabeza de reptil.

Ariadne gritó, esta vez con cada ápice de su ser, antes de salir despedida lejos de esa criatura y hacia el mueble lleno de botellas de vidrio que no tardaron en desplomarse hacia el suelo llenándolo de colores llamativos.

La criatura la miró, ladeando la cabeza. Y solo entonces, a la luz del día, lejos de las sombras, fue que vio que era humano. Tan humano como cualquiera, llevando una máscara como todos, como ella. Solo que la de él era increíblemente real, con ojos parpadeantes y escamas relucientes. Él la observó en silencio, antes de mover su mano sobre su rostro y convertir aquella horrible cosa en otra máscara blanca.

—Digno de un cuento.

Sybill bufó, alejándose de ella dentro de la muy normal estancia, la cual, a pesar de desordenada, no tenía nada de peculiar, exceptuando el humo y los olores rancios que el desastre provocado por Arya había causado.

—Lo siento... —murmuró.

Ni siquiera había notado que su libro había caído, hasta que vio al extraño agacharse y recogerlo. Era un chico, no un monstruo, un poco más alto que Sybill, aunque igual de delgado, de cabello negro tan corto que apenas si sobresalía un poco por encima de la máscara que había hecho aparecer. No era de madera, como la de Sybill, ni con un tallado precioso, como la de los nobles, pero era de un blanco marfil con tallados negros que ridiculizaban la anterior apariencia de lagarto. Y detrás de ella, unos intensos ojos dorados la observaban como una serpiente. Su traje aportaba una simpleza casi abrazadora en comparación con la fuerza de aquellos ojos.

—¿Lo vas a tomar? —preguntó el chico.

Ariadne se sonrojó al avanzar torpemente y sostener el cuento de la montaña perdida de las manos enguantadas de aquel sujeto que no dejaba de mirarla.

—¿En qué problema te metiste esta vez? —gruñó molesto.

—Necesito que me saques de un cuento. Es lo que haces, ¿no? Entras y sales a tu antojo.

—Lo dices como si fuese sencillo. —Bufó él.—¿Sabes que es ridículo que ella lleve una máscara, ¿no? Y también tú. Quítate eso de una vez.

Ella dudó, rodando sus ojos antes de tomar el trozo de madera y lanzarlo con fuerza. Gideon no se inmutó ante la rabieta, apenas un suspiro se escapó de sí cuando observó a la más joven imitando a su amiga.

—Tienes que ayudarme.

Sybill se estiró contra la mesa del fondo, dejando caer con fuerza el manuscrito. El chico miró el objeto con desdén antes de avanzar hacia él.

—Curioso ejemplar el que tienes ahí. No sabía que leías.

—Púdrete —le escupió esta.

Con cuidado la rodeó, evitando mostrar interés alguno en las reacciones que la iracunda chica le profería y completamente centrado en lo que reposaba junto a ella.

—Nunca había visto uno de esos. Aunque nadie es lo suficientemente loco para robar un manuscrito del autor. ¿Con qué fin lo harían? Es demente.

—Ni siquiera tenía seguridad. Solo estaba ahí, esperando.

—El guardián dijo que el autor quería que lo tomáramos y que él no podía impedirlo.

La cruda mirada de la trigueña atravesó la habitación como una daga directo hacia Ariadne y esta bajó la cabeza apenada.

—Te dije que no quería volver a escucharte hablar.




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