Infelices para Siempre

Un equipo en quien confiar

Los primeros trazos de la noche los atraparon mucho antes de que el bosque les permitiese salir. Llevaban horas cabalgando dentro de la espesura y para Arya no parecía que el final se viese pronto. Ni siquiera la luz de la luna se filtraba entre las tupidas ramas sobre sus cabezas, por lo que ver con claridad para evitar estamparse contra un árbol no parecía estar dentro de los planes. Pero eso no se comparaba al dolor. Sus piernas ardían como si estuviesen en carne viva. Cada paso que el caballo daba hacía que su columna retumbase, sus manos tuvieran que luchar por quedarse en las riendas y sus piernas languideciesen rezando porque el martirio terminase. Sin embargo ni Sybill, ni Gideon parecían querer aminorar el paso. No hasta que un golpe sordo y el galopar distendido de un caballo sin jinete les hizo detenerse a mirar a Ariadne que se esforzaba por no retorcerse de más en el suelo.

Los trigueños compartieron una mirada entre ellos antes de que la chica gruñese sonoramente.

— Todo esto es un maldito error.

Entre gimoteos Arya la escuchó alejarse, tal vez para atrapar al corcel descarriado, o simplemente porque no aguantaba su presencia, mientras Gideon la observaba desde su lugar tan impasible como siempre. Una estatua refugiada tras el blanco marfil que negaba cualquier trazo de humanidad.

— No voy a ayudarte a levantarte, si eso es lo que esperas.

— No me puedo mover— lloriqueó.

Sin embargo no vió compasión alguna en la dorada mirada que la contemplaba. El chico se mantuvo estoico, apenas dignandose a esperarla.

— No tenemos toda la noche.

Apretando los dientes hasta que sintió que ese dolor era más fuerte que el de sus músculos, Arya hizo el esfuerzo por sentarse. Cada centímetro de su cuerpo gritaba para yacer allí y, aunque sus ojos lagrimearon, el chico igual no se movió. Espero hasta verla de pie; encorvada y tambaleante; pero aun de pie por sus propios medios antes de brindarle una mano.

Ella dudó resentida por la frialdad de su gesto, pero cuando divisó a Sybill trayendo de vuelta el caballo se dió cuenta de que no habría forma de que pudiese volver a subir a él sola.

— ¿No podemos descansar?— suplicó

— ¿En el medio del bosque?— el sarcasmo filtrándose desde su máscara mientras suspiraba. — No sabía que tu intención era morir a manos de las bestias sin siquiera haber empezado.

Arya cedió y apenas si requirió esfuerzo de Gideon el impulsarla hacia arriba. Tan liviana como una pluma, lo suficientemente delicada para golpearle en el muslo y las costillas en su torpe esfuerzo por sentarse con ambas piernas del mismo lado. Haló la crin del caballo negro, que no tardó en relinchar y luchando por acomodarse, golpeo la barbilla de Gideon haciendole maldecir.

— ¡Mierda!

— Perdón...

Más aún se tambaleo un poco más tratando de mantener el equilibrio.

— Princesa— gruñó, completamente dispuesto a regañarla. Pero las piernas temblorosas de la chica y su enclenque figura le hicieron desistir. — Agarrese fuerte, alteza.

Pudo escuchar a la trigueña carcajearse ante su rabia, pero decidió que no tenía tiempo para lidiar con Sybilla. Gideon no era un tonto, podía aparentarlo, pero era consiente que el bosque sería el menor de sus problemas. No había forma de que aquel caballero o el Rey no estuviesen tras los pasos de la princesa. Un cuento inconcluso, oro sin reclamar y un reino cercano a la ruina serían las excusas correctas para que la armada de Nivelia pidiese sus cabezas. Bajo alguna noble causa como el amor, quizás, pero eso no suavizaría el filo de la espada.

Así que no, no podían detenerse, incluso si Ariadne no pudiese caminar, no estaban lo suficientemente lejos como para que no los alcanzaran. No aun, de todas formas.

Agilizó el trote del caballo aferrándose a las riendas y esperando que el autor estuviese de su lado en esta misión.

Sybill no tenía tanta fé, ganas eso si; pero estaba convencida de que mientras más tiempo estuviese dentro del cuento más oportunidades habrían de acabar haciendo algo que no querría. Todo por culpa de Arya.

La observó aferrada con fuerza al caballo mientras Gideon lo asoraba más rápido y el gesto de dolor de la chica logró arrancarle otra sonrisa.

— Si avanzamos un par de millas podremos alcanzar un claro.

— Eso tomará otras dos horas— protestó el chico desviando su mirada a la silente chica en sus brazos.

Sybill reviró los ojos.

— ¿Y cuál es el plan?

El trigueño guardó silencio, husmeando el bosque antes de hacer detener su caballo. Este se elevó en dos patas, soltando un leve relincho y consiguiendo que Arya se aferrase a su cuello aterrada.

— Al Sur hay un reposo.

— ¿Al...Sur? No puedes estar hablando en serio...

Sybill calló. Intentó con todas sus fuerzas encontrar los ojos de Gideon tras la máscara pero este desvió la mirada.

— Estaremos bien.

Y agitando un poco las riendas reanudó la marcha. La trigueña no corrió tras él, apretó con fuerza la soga hasta que sus nudillos se pusieron blancos y no fue hasta que la sombra de su guía casi se desvanecía en la penumbra que tomó fuerzas para seguir adelante.

— Maldito idiota— murmuró.

Mantuvieron el trote todo lo que pudieron de esa marcha, hasta que los tres caballos agotados se negaron a acelerar. Ariadne escuchó las protestas frustradas de sus acompañantes y casi le pareció eterno el silencioso recorrido con el caminar de los animales Mas no se atrevió a preguntar o cuestionar, ni siquiera cuando divisó a lo lejos un enorme muro, más alto que los árboles que se asomaban sobre sus cabezas. Parpadeo varias veces pensando que era una ilusión, pero aquel espejismo en vez de desaparecer se hacía más grande con cada paso, más real.

No fue hasta que estuvo a pocos metros que la oscuridad le permitió ver la roca, la hierba y la tierra de la montaña que se extendía frente a ellos. Sybill y Gideon desmontaron, andando a paso ligero mientras reacomodaban las riendas de los animales. Arya gimió de dolor al intentar moverse. Su cuerpo parecía haberse dormido, negándose a moverse ni un centímetro del lugar.




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