_“La envidia es una toxina letal que corroe el alma desde adentro. Quien se embriaga de ella, jamás alcanza su grandeza, solo se ahoga en la sombra de lo que pudo haber sido.”_
Ciudadela de Ámbar
Reino de Valtoria, dominios de la Casa Veridian.
No entendía el veneno que acababa de inyectarse en el ambiente. Un segundo atrás, éramos solo un grupo de niños jugando, riendo bajo el sol templado de Valtoria. Al siguiente, mi hermana mayor, Odette, soltó un bufido que cortó el aire como un látigo y se alejó a zancadas duras.
Tenía diez años, y en mi estupidez infantil, la seguí. Corrí tras su silueta hasta que la brisa cálida se volvió densa, cargada de un perfume dulce y asfixiante. Habíamos llegado al límite exacto del Bosque de Espina Negra. Nuestros padres nos habían enseñado a tenerle miedo a este lugar, incluso a sentirlo hasta en los huesos. Cada hoja brillante, cada flor exótica que asomaba en la penumbra de sus árboles, era una promesa de muerte bellamente disfrazada.
—¡Odette, detente! —le grité, con los pulmones ardiendo.
Se había detenido bajo la sombra de un árbol anciano. Sus ramas, retorcidas como dedos nudosos, mezclaban un marrón oscuro con vetas de un púrpura enfermizo y fascinante y las hojas palpitaban con un color demasiado vivo. Sabía que un solo roce podía quemarnos la piel y por eso me quedé helada a un par de pasos de distancia, observando cómo mi hermana se agachaba con brusquedad para recoger algo del suelo. Algo que ocultó en su puño antes de que pudiera distinguirlo.
—Odette… —murmuré, dando un paso vacilante—. ¿Por qué te has enojado de repente?
El silencio se estiró y creí que me ignoraría, que seguiría dándome esa espalda rígida como otras veces había hecho, pero en cambio soltó un suspiro áspero. Giró el rostro solo lo justo para mostrarme su perfil. Sus rizos castaños danzaban con el viento fresco que escapaba de la maleza, un contraste brutal con mi propio aspecto. Mi cabello era largo y demasiado lacio, algo difícil de controlar. De un blanco puro como la escarcha de Kholgard, caía pesado sobre mis hombros, un color de fantasma que habría sido invisible en medio de una nevada.
—No lo comprendo —murmuró. Su voz no era la de mi hermana de catorce años, sonaba rasposa, cargada de un resentimiento de años —. ¿Por qué todos te adoran?
Parpadeé, confundida.
—¿Qué? No entiendo de qué hablas. Vamos a casa, por favor.
—¿¡Qué es lo que no comprendes!? —estalló, girando por completo. Sus rizos volaron, revelando unos ojos ámbar inyectados en furia
—Lo que estás diciendo —le dije con calma —. Últimamente te vas corriendo cuando los chicos llegan.
—¿Últimamente? No, tú solo lo has notado recientemente —dijo ella aún más enojada —. Tú apenas lo notas porque vives en tu mundo —escupió, señalándome con un dedo tembloroso—. Pero yo llevo meses observándote. Todo es perfecto hasta que tú apareces. Los chicos juegan conmigo, hablan conmigo… Incluso Caleb se me insinuó un par de veces antes de que tú aparecieras a llamar la atención.
Caleb. Apreté los dientes, ante la mención de ese tonto. Era un engreído insufrible que caminaba como si fuera el rey del mundo solo porque su padre controlaba la flota mercante más grande del sur. Una flota que, irónicamente, no valdría nada sin los cargamentos de elixires y pociones que nuestra familia, la Casa Veridian, producía. Y por alguna razón retorcida, mi hermana mayor creía estar enamorada de ese cerdo.
—¿Y qué demonios tiene que ver él en esto? —le solté, perdiendo la paciencia—. ¿O conmigo, para variar?
Odette soltó una risa seca, un sonido irónico que me erizó el vello de los brazos.
—No te hagas la pobre inocente, Aconite. No sé qué magia retorcida usas, pero es asqueroso. Apareces y todos se desviven por ti. ¡Incluso Caleb te busca! —Su voz subió de tono, rasgando la quietud del bosque tóxico—. ¿Cómo lo haces? Hombres, niños, mujeres… todos desean tu maldita compañía. Eres como un faro en la oscuridad, atrayéndolos a todos como si fueran patéticas luciérnagas. Y Caleb es una de ellas.
El desconcierto me dejó muda. A mí me asfixiaba la atención. Prefería mil veces la soledad, pero me era negada porque, según nuestra madre, yo “suavizaba” a los invitados.
—Te aseguro que te equivocas —intenté calmarla.
—¡No estoy ciega, hermanita! —rugió con desprecio—. Me robaste al amor de mi vida.
El amor de su vida. Tenía catorce años.
Una carcajada incrédula brotó de mi garganta antes de que pudiera frenarla. Fue un error catastrófico, pero me reí en mi ignorancia infantil porque lo que decía era absurdo, si ella tan solo supiera que había visto a su “gran amor” regalando flores, besos y cosas peores a otras chicas en los establos. Yo callaba por no romperle el corazón, pero mi risa fue la chispa directa al polvorín.
—¿¡De qué demonios te ríes, Aconite!? —gritó.
Su rostro era una máscara de odio puro y la rabia le encendía las mejillas, sus ojos brillaban con lágrimas de frustración y se había mordido el labio inferior con tanta fuerza que un hilo de sangre brillante le manchaba la barbilla. Sus rizos se sacudían frente a su rostro, pero no ocultaban el resentimiento letal en su mirada. ¿Por qué tanta ira? Era hermosa, lista, podría tener a cualquier chico decente, y se destruía por un idiota.
—Te aseguro que Caleb ni siquiera entra en la categoría de amigo para mí —le dije, endureciendo el tono—. Su sola presencia me repugna. Que te sientas atraída por él no me agrada, pero jamás me metería en medio.
Odette me miró de arriba abajo, como si yo fuera la criatura más venenosa de este bosque.
—Es que no lo entiendo —siseó, destilando veneno en cada sílaba—. ¿Cómo pueden desearte? Mírate. Eres una maldita abominación. Ese cabello blanco de muerta… y esos ojos. Esos ojos aterradores.
Ah. Mis ojos. El rasgo que obligaba a la servidumbre a bajar la mirada.
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Editado: 23.09.2026