La Boticaria del Alfa.

2— El Invernadero.

_“La libertad es la ilusión más dulce de los ignorantes. Nacemos creyendo que nos pertenece, hasta que escuchamos el cerrojo de nuestra propia jaula.”_

—Aconite Veridian.

Mis botas resonaban con un eco hueco en el silencio del pasadizo. El frío de la piedra calaba hasta los huesos, y la única compañía que interrumpía mi caminata eran los chillidos agudos de las ratas que escurrían sus cuerpos grises por el suelo húmedo, huyendo de mis pasos.

—Incluso ustedes tienen más libertad que yo —les susurré, sintiendo una punzada de envidia genuina, antes de empujar con el hombro la pesada puerta de roble remachado.

Al otro lado, la luz me cegó por un instante. Los primeros rayos de un sol pálido comenzaban su ascenso por el cielo de Valtoria, tiñendo las nubes de un naranja que me recordó al centro de mis propios ojos. A cada lado de la imponente entrada al complejo de cristal, dos guardias de mandíbula tensa y aspecto tosco me bloquearon el paso. No era la primera vez que los veía en las rondas del invernadero. Me miraron con esa mezcla habitual de desprecio y miedo, como si yo fuera una aberración infecciosa que no debía ver la luz del día, antes de apartar sus lanzas para dejarme pasar en absoluto silencio.

Traspasé el umbral del invernadero principal y el aire cambió drásticamente. El frío de las catacumbas quedó atrás, reemplazado de golpe por un calor sofocante, húmedo y cargado de una maraña de fragancias tan intensas que marearían a cualquier humano normal. Bajo las inmensas bóvedas de cristal empañado, mi prisión botánica se extendía en hileras infinitas de follaje verde oscuro, enredaderas asfixiantes y flores exóticas.

A mi izquierda, las Campanillas de Sangre latían con un rojo viscoso y oscuro, esperando ser cosechadas para crear los potentes coagulantes del ejército. A mi derecha, los zarcillos espinosos de la Sombra de Viuda trepaban por los pilares de hierro oxidado, exhalando su perfume dulce y letal, un veneno indetectable que la corte usaba para callar a sus enemigos.

Pero mi objetivo era el bancal del fondo.

Me abrí paso entre la maleza controlada hasta detenerme frente a la gran cama de tierra negra donde crecía mi condena personal: la Lágrima de Luna.

Sus tallos eran de un blanco lechoso y delicado, coronados por hojas en forma de media luna que brillaban con un polvillo plateado, como si estuvieran perpetuamente cubiertas de escarcha. Mientras acariciaba la textura sedosa, casi mágica, de una de sus hojas, me mordí el labio inferior con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de mi propia sangre. Maldije a la planta en mi mente, la odié con cada fibra de mi ser, sintiendo cómo una rabia caliente y venenosa me trepaba por la garganta. Si no fuera por su existencia, si no fuera por el jugo amargo que yo misma extraía de sus raíces para estrangular mi propio aroma y ahogar los instintos de mi naturaleza Omega, yo no sería una prisionera. Yo no sería su dócil fábrica productora de feromonas.

Pero, al mirarla más de cerca y ver cómo sus tallos pálidos se curvaban buscando desesperadamente un rayo de sol directo a través del cristal sucio, el resentimiento se transformó en una empatía retorcida.

La Lágrima de Luna no era el origen de mis problemas. Era otra víctima.

Años atrás, los ancianos contaban que esta flor crecía silvestre, libre en cualquier jardín y bosque del reino, y todo curandero de pueblo tenía acceso a sus propiedades calmantes. Hasta que mis padres, siempre tan visionarios para la codicia, descubrieron el verdadero poder de su savia al mezclarla con mi sangre y mis glándulas.

En un abrir y cerrar de ojos, la arrancaron de la tierra del pueblo y la restringieron únicamente a los invernaderos del palacio. El rey Valerius firmó un decreto castigando con la horca a cualquiera que osara cultivar o cosechar esta especie fuera de estos muros de cristal. Si algún noble necesitaba sus cualidades, debía suplicarlo por escrito, pagar una fortuna obscena en oro, y esperar a que la poción saliera de mis manos en las catacumbas.

Habían monopolizado la naturaleza. Y al hacerlo, nos habían encerrado a las dos bajo llave para engordar sus propios bolsillos.

Con la hoz de plata pequeña que siempre llevaba sujeta al muslo, corté con cuidado los tallos lechosos de la Lágrima de Luna. El polvillo plateado de sus hojas se me pegó a las yemas de los dedos, brillando a la luz del sol como una burla de la libertad que no tenía. Llené mi canasta de mimbre con la cantidad exacta, ni una hoja más, ni una menos, y di media vuelta, abandonando el calor sofocante del invernadero para volver a hundirme en las entrañas de la Ciudadela.

De regreso en mi laboratorio, el aire frío y el silencio me envolvieron como una vieja manta. Dejé la canasta sobre la mesa de roble y me preparé para la peor parte de mi rutina diaria. La mayor de mis humillaciones.

Encendí los quemadores debajo de los alambiques y me arremangué la blusa de tela rústica hasta el codo. Tomé una aguja gruesa de cristal y acero, conectada a un tubo de goma que desembocaba en un frasco de precipitados. Me quedé mirando mi piel pálida por un segundo, sintiendo el latido de mis venas.

Con un movimiento seco, me clavé la aguja en el pliegue del brazo.

Un siseo de dolor se escapó de mis labios mientras mi sangre, oscura y cargada con la concentración más pura de feromonas de Omega, comenzaba a fluir por el tubo. Era de una ironía enfermiza. Odette, la princesa perfecta, la futura reina que me había condenado a vivir entre ratas, era un cascarón vacío. Su cuerpo jamás había logrado producir un aroma propio, dejándola prácticamente estéril a los ojos de nuestra sociedad. Así que, para engañar a la corte y atraer a los Alfas que la cortejaban, necesitaba robarme mi esencia.

El laboratorio entero se impregnó rápidamente de mi verdadero olor: una mezcla embriagadora, densa y oscura de ámbar, moras silvestres y un toque salvaje a bosque nocturno. Era un aroma de dominación y deseo, diseñado por la naturaleza para volver loco a cualquier Alfa e incluso a hombres comunes. Y yo lo estaba ordeñando como si fuera simple ganado.




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