La Boticaria del Alfa.

6— Acorralada.

_“Puedes creerte dueña de tus emociones y reina de tus propias sombras, hasta que la persona en la que más confías te arrebata el aliento, te acorrala contra el suelo y te demuestra que nunca tuviste el control.”_

—Aconite Veridian.

Ciudadela de Ámbar.

Reino de Valtoria, dominios de la Casa Veridian.

Las Catacumbas.

Aconite.

Me paseaba de un lado a otro por la sala de entrenamiento como un animal enjaulado, con la respiración entrecortada y el pulso martilleando en mis sienes. Había pasado una hora, sesenta interminables minutos desde que Odette se había marchado, y Torin aún no regresaba de las alas médicas. Mi mente era un torbellino tóxico. Estaba al borde del colapso, dividida entre el terror asfixiante de que lo hubieran arrestado por alta traición y una rabia ardiente, corrosiva y amarga por las palabras que habían salido de su boca frente a mi hermana.

«Estoy comprometido».

¿Con quién? ¿Desde cuándo? La bilis de los celos me quemaba la garganta.

El eco de unas botas familiares resonó en el pasillo de piedra. Me detuve en seco, clavando la vista en la puerta arqueada. Torin apareció en el umbral, sano y salvo, apoyándose contra el marco con el pecho agitado y esa maldita y estúpida sonrisa ladeada de siempre, como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos.

La mezcla de alivio y furia fue tan violenta que me cegó. Acorté la distancia entre los dos en tres zancadas y, sin darle tiempo a reaccionar, levanté la mano y le crucé la cara con una bofetada que resonó como un latigazo en la piedra desnuda.

—¡¿En qué demonios estabas pensando?! —le grité. Mi voz salió rota, histérica, un sonido tan ajeno a mi habitual frialdad que nos sorprendió a ambos.

Nunca perdía el control de esa manera. Nunca me permitía sentir tanto. Pero hoy había alcanzado mi límite de pánico por su vida, y todo ese terror estaba envenenado por el dolor punzante de saber que le pertenecía a otra mujer. Algo que aún no entendía porque me molestaba tanto si él solo era mi amigo.

Torin parpadeó, completamente descolocado. Llevó su mano grande y callosa a la mejilla, donde la marca roja de mis dedos ya empezaba a florecer contra su piel bronceada.

—Por los dioses, Nita, ¿de qué me estás hablando? —preguntó, frotándose el rostro con genuina confusión—. Y, por cierto, pegas muy duro.

—Te lo tienes bien merecido —le escupí sin una gota de remordimiento, temblando con los puños apretados a los costados.

El atisbo de diversión en sus ojos color tierra se apagó de golpe al ver la ferocidad homicida en los míos. Se dio cuenta de que yo no estaba bromeando. Con un bufido de frustración, le di la espalda y me adentré en el centro del cuarto de entrenamiento, sabiendo perfectamente que él cerraría la puerta y me seguiría como una sombra.

—Nita, frena un momento y explícame —exigió, sus pasos pesados acortando la distancia a mis espaldas—. ¿Por qué estás tan histérica?

Me giré en redondo, mirándolo como si le hubiera crecido un tercer ojo en la frente. ¿De verdad era tan ciego?

—¿Me estás tomando el pelo? —Mi voz destilaba puro veneno—. Ah, no... lo dices en serio. El gran guardia real no tiene ni la más remota idea de lo que hizo. ¡¿Cómo se te ocurre desenfundar tu maldita espada y amenazar a la escolta de la princesa?!

Torin se quedó paralizado un largo segundo, procesando mis palabras. Y entonces, el muy idiota soltó una risa seca. No había ni una pizca de diversión en su rostro, la diversión había sido reemplazada por un enfado crudo y oscuro que le tensó la mandíbula.

—No me jodas —masculló, acortando el espacio entre nosotros con un paso rápido y amenazador—. Entonces es eso. Resulta que me cruzaste la cara y estás temblando de rabia por esa estupidez.

—¿Estupidez? —grité, encarándolo, negándome a retroceder, aunque su pecho rozara el mío. Alcé el rostro para clavar mis ojos bicolores en los suyos, implacable—. ¡¿Te parece una estupidez estar a medio segundo de degollar a la guardia real?! Tienes suerte de que yo haya sido la única en notar tu mano en el acero. ¿Tienes la menor idea de lo que habría sucedido si te hubieran visto?

—Pero no pasó —replicó él, bajando la voz a un gruñido grave. Vi en sus ojos el instante exacto en que comprendió mi terror, pero lejos de arrepentirse, su mirada se volvió salvaje, inquebrantable—. Y escúchame bien, Nita. Aunque lo hubieran visto, no habría cambiado absolutamente nada. Lo volvería a hacer. Repetiría cada maldito movimiento si eso significa que tú sigues respirando.

—¿Acaso te estás escuchando? ¡Es traición!

Él me tomó por los hombros, sus dedos clavándose en mi carne con una fuerza posesiva que me cortó el aliento. Me obligó a mirarlo, a ver la devoción cruda y ardiente que le quemaba las pupilas.

—¿Acaso no te quedó claro lo que te dije esta mañana? —su voz era un susurro rasposo, feroz, cargado de una pasión que me hizo temblar—. Me importan una mierda mis órdenes, Aconite. Me importa una mierda la corona y las consecuencias de desobedecerla. Si los dioses me obligan a elegir entre salvar tu vida o la de esa pretenciosa y vacía arpía que llamas hermana... te elijo a ti. Una y mil veces. Que Valtoria entera se ahogue en su propio veneno, pero a ti nadie te toca. Y no vas a poder convencerme de lo contrario.

Las palabras flotaron en el aire, pesadas y definitivas, como una sentencia que no se podía deshacer. Me quedé completamente muda. El silencio cayó sobre nosotros con la contundencia de una lápida, roto únicamente por el eco errático de nuestras respiraciones agitadas rebotando en los muros de piedra.

No sé cuánto tiempo pasó. El mundo exterior, Odette, la inminente llegada del Norte... todo dejó de existir. Nuestras miradas se quedaron fundidas, entrelazadas en una batalla de voluntades donde la suya era fuego puro y la mía amenazaba con derretirse. El calor de sus dedos aún me quemaba los hombros. Aterrada de la intensidad que leía en sus ojos —y aún más aterrada de lo que él pudiera descubrir en los míos—, fui yo quien se vio obligada a romper el contacto visual.




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