La Boticaria del Alfa.

7— Ojos de fuego y hielo.

_“Nos enseñan a temer a las bestias de pelaje oscuro y colmillos afilados, ignorando que las criaturas más hermosas y puras son las que esconden el veneno más destructivo.”_

—Aconite Veridian.

El calor de su cuerpo inmovilizándome contra la piedra helada todavía me quemaba la piel fantasmagóricamente. Después de su confesión, de haberme dejado sin aliento y con el corazón latiendo desbocado contra las costillas, Torin tuvo que marcharse a cubrir su guardia. Pero no se fue sin antes lanzar la pregunta que más aterraba a mi retorcida mente.

​«¿Sientes lo mismo, Nita?».

​El pánico me había cerrado la garganta en el acto. Mi respuesta había sido un reflejo patético, rápido y defensivo, un escudo construido por años de represión emocional: «Eres mi amigo, Torin. Solo mi amigo».

​Le había mentido en la cara. Y el muy maldito lo sabía. Porque en lugar de alejarse herido o frustrado, se había levantado despacio, esbozando esa jodida sonrisa ladeada, arrogante y segura, y me había prometido en un susurro ronco que no se daría por vencido tan fácilmente. Luego se marchó, dejándome sola en la sala de entrenamiento con las rodillas temblando y el sabor de sus labios aún latiendo en los míos.

​—¿Cuándo fue que sus sentimientos cambiaron de esa manera? —me pregunté en un susurro rasposo, frotando con fuerza una toalla de algodón contra mi cabello húmedo.

​Mis ojos bicolores estaban perdidos en el estrecho retazo de paisaje que me ofrecía la única y pequeña ventana de mis aposentos. El sol ya casi había sido devorado por el horizonte. Solo quedaba un delgado arco de luz agonizante filtrándose entre las nubes espesas. No eran los típicos celajes rojizos de un atardecer despejado; el cielo se estaba pudriendo en una combinación pesada y melancólica de grises plomizos, azules profundos y un violeta casi negro.

​—Esta noche lloverá —murmuré para nadie, sintiendo la humedad anticipada colarse en mis huesos.

​Y, aun así, dos ojos minúsculos y brillantes me devolvieron la mirada desde la penumbra de mi habitación. Era la pequeña ave que había alimentado durante el desayuno. Supuse que se había marchado a volar por los jardines de la corte después de su pequeño festín, pero cuando regresé del entrenamiento —aún con la respiración entrecortada por Torin—, la encontré descansando plácidamente sobre el respaldo de madera de mi cama. Y desde entonces no se había movido.

​—Supongo que si planeas convertir mi tumba en tu nido, tendré que escoger un nombre para ti —le dije, apoyando la cadera contra la piedra fría de la pared.

​El animal inclinó la cabeza hacia un lado, evaluándome con una curiosidad casi humana, como si comprendiera perfectamente mis palabras. A pesar de la tormenta emocional que el guardia había desatado en mí, no pude evitar devolverle el gesto con una sonrisa débil, pero genuina.

​Dejé la toalla a un lado y tomé un peine de hueso oscuro que descansaba sobre mi modesto tocador. Comencé a desenredar el desastre blanco de mi cabello con movimientos mecánicos, sintiendo los ligeros tirones en las puntas húmedas, mientras mi mente divagaba buscando un nombre. Sombra era demasiado aburrido. Espina sonaba a advertencia.

​Me quedé observando su extraño y fascinante plumaje. Sus plumas brillaban con tonos vibrantes que parecían imposibles, un contraste exótico y casi antinatural contra la mampostería gris de las catacumbas. Era demasiado llamativa. Y mi mente de boticaria hizo el resto.

​—Cicuta —murmuré, dejando el peine sobre la mesa de madera. El ave emitió un pequeño trino corto y suave, acomodando las alas—. Sí. Cicuta te queda a la perfección. Las criaturas más exóticas y hermosas de la naturaleza siempre son las que esconden el veneno más letal.

​Me coloqué frente al ventanal, dejando que el aire helado del exterior y el de las catacumbas me erizara la piel llena de cicatrices invisibles, como una despedida. Cuando decidí que era suficiente me aleje del ventanal, y me dirigí hacía la cama, luego me enfundé en un camisón de lino desgastado. Apagué la única vela de un soplo rápido, sumiendo la habitación en una oscuridad reconfortante, y me metí bajo las mantas pesadas.

​Afuera, el primer trueno retumbó en la distancia, profundo y gutural, anunciando que la tormenta estaba a punto de romper sobre Valtoria. Pero al cerrar los ojos, no pensé en la lluvia, ni en mi hermana, ni en la bestia del Norte que cabalgaba hacia nosotras. Todo lo que mi mente traicionera proyectaba en la oscuridad era la mirada salvaje de Torin, acorralándome contra el suelo y haciéndome desear cosas que jamás podría tener.

La adrenalina me quemaba las venas, bombeando mi corazón con una furia tan salvaje que por un segundo temí que me partiera las costillas. El aire gélido, puro y penetrante se infiltraba en mis pulmones, embriagando mis sentidos con olores a pino, tierra mojada y vegetación. Era como si, después de años encerrada bajo tierra, estuviera respirando por primera vez en mi vida. Podía sentir la tierra húmeda, el musgo y las raíces bajo las plantas de mis pies… y también bajo las palmas de mis manos.

Porque, por alguna razón que escapaba a toda lógica humana, estaba corriendo a cuatro patas.

Mis ojos devoraban el paisaje a una velocidad de vértigo. Me rodeaban millones de árboles retorcidos, helechos gigantes y enredaderas espinosas que jamás había visto en los estériles invernaderos del castillo. Estaba cruzando el letal Bosque de Espina Negra, el lugar donde la muerte acechaba bajo cada arbusto… y, sin embargo, me sentía invencible. Libre. Quise sonreír, pero la física de mi propio rostro se sintió ajena, alargada, extraña. Ignoré la confusión, porque la euforia pura e instintiva de correr sin cadenas era un éxtasis demasiado poderoso como para detenerlo.

La necesidad visceral de reclamar esa libertad, de gritarle al viento que ya no era una prisionera de la corona, me arañó la garganta. Me detuve en seco al llegar a un claro bañado de plata, justo al pie de un lago cristalino. Llené mis pulmones de aire nocturno, alcé el rostro hacia la inmensa luna llena que dominaba el cielo y grité.




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