_“Llamamos monstruos a las bestias que acechan en las sombras, olvidando que los depredadores más letales se pasean frente a nuestros propios ojos, y no descubrimos su verdadera naturaleza hasta que ya es demasiado tarde.”_
—Aconite Veridian.
Estaba trabajando en el encargo de un curandero de alto rango que necesitaba con urgencia un antídoto para el veneno de una Sierpe de Coral Negro. Era sumamente raro cruzarse con una de esas bestias, unos reptiles anfibios del tamaño de un sabueso, con escamas filosas como navajas y glándulas repletas de una neurotoxina capaz de necrosar la carne y paralizar los pulmones en cuestión de horas. Al mismo tiempo, era dolorosamente fácil toparse con una si cometías la estupidez de adentrarte demasiado en las profundidades del bosque, justo donde la tierra húmeda moría a orillas del Mar de Jade.
Mientras destilaba el suero, mi mente vagó hacia aquellas aguas oscuras. Las leyendas contaban que cientos de navíos se habían hundido a causa del canto de las sirenas que alguna vez gobernaron el Mar de Jade. De niña, siempre había soñado con ver una frente a frente, pero se suponía que no eran más que eso: mitos muertos. Viejas criaturas mágicas que se extinguieron casi al mismo tiempo que las personas de nuestro reino perdieron la capacidad de cambiar de forma. El mundo se había quedado sin magia, y a cambio, nos había dejado monstruos venenosos y palacios de cristal.
Mis pensamientos fueron cortados de tajo por el eco de unas botas pesadas acercándose por el pasillo principal. Automáticamente, una sonrisa genuina e inusual se dibujó en mi rostro al pensar en terminar de envasar esta poción, dársela a cualquier guardia novato para que la entregara junto con el perfume falso de Odette, y al fin estar libre para ir al tatami a moler a golpes a Torin.
—Espera un minuto a que termine este trabajo y enseguida estoy contigo —le dije, con una voz tan ligera y alegre que apenas sonó mía.
—No creí que mi visita te entusiasmara tanto, hermana.
El tono melodioso, pulido y cargado de superioridad me golpeó como un latigazo. Inmediatamente, sentí cómo la musculatura de mi espalda se tensaba hasta doler y mis hombros se cuadraban en modo de defensa. La ridícula sonrisa que había asomado por mis labios se borró, reemplazada por una frialdad absoluta. Por un segundo salvaje e irracional, sentí un deseo violento de saltar sobre la mesa, abalanzarme sobre ella, agarrarla de sus perfectos cabellos y molerla a puñetazos hasta arrancarle una disculpa por todas y cada una de las mentiras que me mantenían pudriéndome aquí abajo.
Pero no ganaría nada con eso. O quizás sí, una ejecución pública en la plaza. Así que cerré los ojos un instante, respiré hondo tres veces, y con lentitud calculada, terminé de sellar el frasco con el antídoto de la Sierpe antes de girarme.
—Qué sorpresa, Odette —le dije, mi voz destilando hielo, arrastrando cada sílaba—. No creo que este agujero sea digno de tus zapatos, su majestad.
El sarcasmo envenenó el aire entre nosotras, pero ella solo dejó escapar una risa sin gracia, como si yo fuera una simple niña haciendo un berrinche. Cuando por fin me obligué a clavar mis ojos en ella, tuve que parpadear para procesar la imagen. Había cambiado muchísimo desde la última vez que la había visto. Su cabello… fruncí el ceño al notarlo. Toda su vida había tenido una melena de un castaño común, un tono aburrido y sin gracia, pero ahora, ostentaba un cabello de un rubio vibrante, hilado en oro puro, recogido en una corona de trenzas impecables que contrastaba dolorosamente con mi propio desastre blanco.
Un nudo de amargo resentimiento me apretó la garganta. No era un milagro de la naturaleza, por supuesto. Incluso desde la distancia, mi olfato entrenado podía percibir el rastro químico camuflado bajo su perfume, el sutil aroma a extracto de girasol y sales decolorantes. Seguramente había pagado una fortuna en oro a las vanidosas curanderas de la alta sociedad para que le prepararan lociones que borraran su verdadero color. Todo para disfrazarse de la princesa de luz perfecta, un ángel inmaculado a los ojos de la corte, mientras yo estaba condenada a esconderme en las sombras. Odette estaba enfundada en un vestido de seda esmeralda que resaltaba su figura, adornada con joyas que costaban más que la vida de todos los sirvientes del castillo juntos. Era la viva imagen de la perfección de Valtoria. Una muñeca hermosa y biológicamente vacía.
—¿Qué necesitas? —le solté sin rodeos, apoyando las manos sobre la mesa de alquimia.
—No entiendo tu tosquedad ni tu agresividad, hermanita. ¿Por qué asumes que he venido solo porque necesito algo? ¿Acaso no puedo decidir bajar a visitarte? Después de todo, hace cuánto que no nos vemos… ¿cuatro años?
Me eché a reír, una risa áspera que resonó en la piedra húmeda.
—Siete años, Odette. Van a ser siete fantásticos años en los que el aire de estas catacumbas se sintió limpio de tu presencia —le respondí, exhibiendo una sonrisa afilada como una daga —. Y es justo por esa razón que me pregunto qué podría buscar una arpía de seda como tú en mi infierno personal. Siendo brutalmente honestas, nuestro vínculo familiar tiene el mismo valor que las entrañas podridas que destripo en esta mesa. Tú no bajas a este calabozo por nostalgia. Tú detestas este lugar, detestas lo que soy y te detestas a ti misma por depender de un monstruo. Así que ahórrate la actuación de la princesa benevolente. Las dos sabemos que si tus costosos zapatos están pisando mi fango, es por una sola razón: me necesitas.
Ella entornó los ojos, y la máscara de hermana preocupada se resquebrajó para dar paso a una sonrisa lenta, arrogante y cruel que curvó sus labios carnosos. Sin decir una palabra, soltó un suspiro largo y teatralmente agonizante, extendió su mano pálida y pasó el dedo índice por la superficie de mi mesa de trabajo.
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Editado: 07.10.2026