La Boticaria del Alfa.

5— El Norte.

_“El deber es una cadena de hierro forjada en la nieve: pesa, asfixia y te arrastra hacia el abismo, pero es lo único que impide que tu manada sea devorada por los monstruos.”_

—Kaelen Vaelgar.

Dominio de Kholgard.

Dinastía Vaelgar.

Kaelen Vaelgar.

Eché la cabeza hacia atrás, clavando la vista en el cielo plomizo y eterno del Norte. Absorbí el aroma penetrante e invernal de los cipreses de Kholgard, buscando la calma que siempre me otorgaba mi tierra, pero no pude evitar retorcer la nariz. Debajo del olor a pino y tierra húmeda, detecté el inconfundible y nítido olor metálico de la sangre. Sangre fresca.

Cerré los ojos un instante. El silencio del bosque se rompió en mi mente por el eco de los gritos agónicos del espía del Imperio de Morvath. Gritos que la hoja de mi espada había silenciado para siempre hacía apenas unos minutos. La adrenalina aún corría caliente por mis venas, una adicción visceral a la violencia que compartía con la bestia que habitaba en mí.

Todavía no lograba descifrar cómo es que no lo detectamos antes. Cómo es que cruzó nuestras fronteras heladas sin que sintiéramos su hedor extranjero. Afortunadamente, lo hicimos a tiempo. Si el Emperador Malakor, el soberano despiadado de Morvath, llega a enterarse de nuestros planes de unir frentes entre el Sur y el Norte, si supiera que la corona de Valtoria y la dinastía Vaelgar sellarán una alianza de sangre, enviaría a su legión negra para asesinar a la heredera de Valtoria. Y entonces todo Valtoria se iría al infierno antes de que mi ejército llegara a salvarlos.

«No seas idiota. Esa sería la oportunidad perfecta para que ambos escapemos de ese ridículo matrimonio».

La voz de Fenris, mi lobo, resonó en mi cráneo. Era profunda, gutural y cargada de ese orgullo antiguo que despreciaba las intrigas políticas de los humanos. Sentí su presencia rasguñando el interior de mi mente, ansioso por tomar el control, por correr libre por la nieve y devorar a nuestros enemigos sin necesidad de pactos matrimoniales.

Ignoré el comentario, aunque en el fondo sabía que tenía razón. Odiaba esta maldita boda. Odiaba la idea de encadenarme a una Omega sureña, una mujer de cristal que seguramente se quebraría bajo el peso de mi mundo helado. Pero Kholgard necesitaba la fuerza unida para sobrevivir a Morvath, y mi deber siempre iría antes que mi orgullo.

—¿Vas a limpiar esa porquería, verdad? —la voz de Aria interrumpió la discusión interna con Fenris.

Lejos de enojarme, le agradecí en silencio. Me había rescatado de un dolor de cabeza seguro si continuaba con esa pelea mental con mi propia bestia. Bajé la cabeza lentamente y me encontré con su mirada.

—Por supuesto —le dije, mi voz sonando como un gruñido bajo—. Solo estaba analizando cómo es que ese idiota logró llegar tan profundo en nuestras tierras. Y cómo yo no lo supe antes.

Eso último era lo que más me recriminaba. El peso del fracaso me apretaba el pecho como una armadura demasiado estrecha. ¿Cómo puedo exigirle a mis hombres disciplina marcial y atención a cada detalle mortal, si yo mismo, el Alfa de la dinastía, no soy capaz de cumplir con ese estándar? Una simple debilidad de mi parte podría significar la muerte de mi pueblo. Y esa Omega de Valtoria… ella no duraría ni una noche si mi vigilancia fallaba.

Aria sonrió, una sonrisa torcida y letal que solo una mujer criada en las nieves del Norte podía poseer.

—Vamos, Kaelen. Deja de darte con un mazo por la cabeza. Incluso a ti, el gran Alfa, se te está permitido pasar algo por alto de vez en cuando.

—No. No es cierto —le dije con una contundencia que hizo que el aire frío temblara entre nosotros—. No debería pasar y no pasará de nuevo. Soy responsable de la supervivencia de Kholgard. Cada error mío es un clavo más en nuestra tumba.

Bajé la vista hacia la hoja de mi espada. El acero de Kholgard estaba cubierto de una pátina carmesí que aún goteaba sobre la nieve blanca, creando puntos de contraste macabros. Levanté ligeramente el labio superior, dejando al descubierto un colmillo en una señal de puro desagrado. No por la muerte, sino por la imperfección. Tomé un pequeño paño de lino oscuro que siempre llevaba en mi bolsillo y comencé a limpiar la hoja con movimientos metódicos y precisos.

—Da igual si pasó —continuó ella, persistente—. Lo importante es que lograste atraparlo. Y ahora la princesa de Valtoria sigue segura… por ahora.

—¿Y qué si no hubiera sido así, Aria? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos.

Aria guardó silencio. No hizo falta que respondiera. Ambos sabíamos la respuesta. Los dos sabíamos que, si ese espía hubiera escapado con la información de nuestra alianza, la boda se habría convertido en un funeral, la princesa Omega de Valtoria habría sido una mártir antes que una reina, y Kholgard habría quedado aislada y expuesta a la furia de Malakor por un descuido mío.

—Hubieras encontrado la forma de arreglarlo —dijo ella, finalmente, convencida—. Siempre lo haces. Es tu carga.

Con un suspiro, analicé la hoja de la espada. Brillaba de nuevo, plateada y letal a la luz difusa del crepúsculo. Cuando estuve conforme con el resultado, la envainé con un chasquido metálico y guardé el trapo manchado en mi bolsillo; más tarde me encargaría de lavarlo.

Entonces miré a mi hermana directamente a los ojos. Aria Vaelgar era la viva imagen de la belleza invernal de nuestro linaje. Su cabello era negro como la noche más profunda de Kholgard, largo hasta la mitad de la espalda, cayendo en ondas naturales y pesadas sobre la práctica armadura de cuero forrada en piel que llevaba con tanta naturalidad como si fuera seda. Era una mujer hermosa, de facciones afiladas e intensas. Pero eran sus ojos los que detenían la respiración: poseían un degradé dramático y exótico, con un círculo negro central enmarcado por un anillo naranja vibrante que se fundía en un oro líquido hacia el borde exterior. Eran ojos de una Alfa, ojos que habían visto demasiada guerra y que no se dejaban intimidar por nada. Ni siquiera por mí.




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