La Boticaria del Alfa.

4— Bodas de Sangre y Seda.

_“Puedes bañar a una presa en oro, coronarla con diamantes y rociarla con perfumes perfectos, pero cuando el depredador abra las fauces, lo único que olerá será su miedo.”_

—Aconite Veridian.

​Mi mente procesaba la magnitud del desastre a una velocidad vertiginosa. No lograba entender qué ganaría un Alfa Puro del Norte casándose con una Omega de Valtoria. Ellos tenían a sus propias mujeres, Omegas genuinas y letales que aún conservaban la magia en la sangre y la capacidad de transformarse a voluntad. ¿Por qué aceptaría a una princesa del Sur que, según creía el mundo, era la única Omega funcional de su linaje, pero incapaz de cambiar de forma?

​Pero lo que realmente me heló la sangre fue imaginar el futuro. ¿Qué pasaría en la noche de bodas? ¿Qué haría esa bestia salvaje cuando, tras sellar el matrimonio, descubriera que la mujer que tenía en su cama era incapaz de producir una sola gota de feromonas naturales?

​—Veo que te has quedado sin palabras, hermanita —se regodeó Odette, interpretando mi silencio como pura envidia. Su voz cantarina rebotó en las paredes de piedra—. Sabía que la noticia te iba a destrozar.

​—Ah, no es eso —comencé, bajando el tono para que mis palabras sonaran más letales, arrastrando cada sílaba—. Es solo que, como nunca has sido la luz más brillante del castillo, me veo en la absoluta obligación de pensar por las dos.

​Incluso sin apartar mis ojos de los suyos, no me pasó desapercibido el ligero movimiento a sus espaldas. Uno de los inmaculados guardias de la corte carraspeó y desvió rápidamente la mirada hacia el techo, apretando la mandíbula para sofocar la risa.

​El rostro de Odette se contrajo en una mueca de indignación.

​—No intentes hacerte la lista conmigo, Aconite. Ambas sabemos que ese papel no te queda —se burló, aunque su tono había perdido parte de esa odiosa seguridad.

​—Pero es que no lo intento. Sé que soy lista —le disparé, permitiendo que una sonrisa ladeada, fría y arrogante, curvara mis labios—. Lamento profundamente que tú no puedas decir lo mismo frente al espejo. Aunque debo admitir que sí me da muchísima curiosidad un pequeño detalle sobre tu majestuosa boda.

​Aproveché ese instante de vacilación para dar un paso al frente, invadiendo su espacio personal. Quedé tan cerca que pude oler el rastro del jabón de lavanda en su piel, un aroma estéril y aburrido, patéticamente humano. Hablé en un susurro oscuro, diseñado para ella, aunque me aseguré de que los guardias lograran escuchar cada maldita palabra.

​—¿Qué va a pasar cuando ese Alfa te arrincone en la oscuridad y descubra que eres una Omega completamente hueca? —Mis ojos bicolores taladraron los suyos, buscando su alma y encontrando solo pánico—. Ambas crecimos escuchando las leyendas sobre la brutalidad de los hombres del Norte. Imagina lo que te hará cuando descubra que lo has engañado. Recuerda que estás hablando de un Alfa Puro, un depredador salvaje, no de uno de tus tontos juguetes de sangre azul que solo sirven para desfilar títulos de nobleza. Te va a despedazar.

​Odette retrocedió de un tirón, casi tropezando con la tela de su propio vestido. Trató de alzar la barbilla y enmascarar el terror que le había drenado el color del rostro, pero el temblor en sus manos al aferrar el frasco de cristal la delató por completo.

​—No me asustas con esa sarta de estupideces. Él jamás se enterará porque nadie dirá nada. Tú te encargarás de eso —dijo ella, levantando el frasco de perfume dorado como si fuera un escudo, obligando a sus labios a formar una sonrisa temblorosa—. Espero que no le hayas echado nada extraño a mi dosis. Aunque, por supuesto, la única y última vez que fuiste tan estúpida como para intentarlo... creo que aprendiste muy bien la lección, ¿verdad?

​Sus palabras fueron un gancho directo al estómago. Se estaba jactando de aquel incidente, años atrás, cuando yo aún era lo suficientemente joven e ingenua como para creer que podía rebelarme. Aquella tarde estaba tan consumida por la ira que había alterado la destilación de su perfume, añadiéndole extracto puro de Lirio de Ceniza Dulce. Era una flor traicionera: su aroma era un embriagador néctar de miel y especias, indetectable en la loción, pero al entrar en contacto con el calor de los poros, reaccionaba como ácido hirviendo.

​Aún recordaba el caos de esa noche. Los gritos histéricos de Odette resonando por todo el palacio, los escuchaba incluso desde mi lugar en las catacumbas. Las criadas corriendo escaleras abajo con las manos llenas de ungüentos de aloe y leche de cabra, intentando calmar la piel de mi hermana, que había estallado en un sarpullido de ronchas rojas, supurantes y dolorosas. Admito que escuchar sus lamentos fue el sonido más dulce de mi adolescencia.

​Pero las consecuencias me habían dejado marcada de por vida. Instintivamente, levanté la mano y me rocé el pómulo derecho. Las yemas de mis dedos trazaron la leve y tenue cicatriz que marcaba mi rostro. No fue un accidente de laboratorio. Fue el anillo de hierro incrustado en el guantelete de un guardia real, estrellándose contra mi cara por orden directa de nuestra madre, la reina. Cada mañana, al mirarme en el espejo improvisado de mi alcoba, esa fina línea blanca en forma de media luna me devolvía a la oscuridad de las mazmorras, al frío del suelo de piedra, a la sangre llenándome la boca y al recordatorio de que yo no era su hija, sino su propiedad.

​Desde aquel día, jamás había vuelto a alterar una sola gota de su perfume.

​Tragué saliva, empujando los fantasmas del calabozo de vuelta a lo más profundo de mi mente. Bajé la mano de mi rostro y la miré con una expresión completamente vacía. Muerta.

​—No. Puedes estar tranquila, su majestad —le respondí, con la voz tan ronca y rasposa que parecía cortarme la garganta—. Es original y pura. Perfecta para ti.

​Odette sonrió con esa habitual frialdad que la caracterizaba, una mueca de satisfacción curvando sus labios mientras sus ojos se posaban en el pequeño frasco que contenía el antídoto para Caleb. Lo observó durante unos segundos, evaluando la vida de un hombre como si fuera una baratija, antes de chasquear la lengua y entornar los ojos con desdén. Ella siempre había sido así de frívola y manipuladora.




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