_“El peor error que podemos cometer es dar por sentada la lealtad de nuestra propia sangre. Creemos que la hermandad es un escudo, cuando en realidad es el veneno más traicionero de todos. Es una lección que aprendí a la fuerza, y un error que no volveré a cometer jamás.”_
—Aconite Veridian.
Ciudadela de Ámbar.
Reino de Valtoria, dominios de la Casa Veridian.
Diez años después (Presente).
Me incorporo de golpe, con el corazón martilleándome tan fuerte contra las costillas que duele. Al principio, mi mente desorientada lucha por ubicar dónde estoy exactamente, pero entonces mis pulmones se llenan del familiar hedor a humedad, encierro y moho antiguo. Es entonces cuando la realidad me aplasta con certeza absoluta: sigo exactamente donde estaba ayer. Donde he estado la última década.
Siento la frente perlada de un sudor frío, una capa húmeda que desciende por mi espalda y se acumula entre mis pechos. La camisola de noche, antes de un recatado color blanco, ahora se me pega a la piel como una segunda membrana, volviéndose casi traslúcida por la humedad que exuda mi cuerpo.
—Mierda —murmuro entre dientes, arrancándome la tela del pecho con una mueca de puro asco.
Aunque esa sensación de suciedad física no es nada en comparación con la bilis que me sube por la garganta al recordar el sueño. Una vez más, había vuelto a soñar con aquel fatídico día de mi niñez, el día en que mi vida se fracturó de forma irreversible, aquel atardecer en el linde del bosque donde Odette se coronó como la víctima perfecta y me convirtió a mí en su monstruo personal.
Como cada año desde entonces, en la maldita víspera de mi cumpleaños, el recuerdo de la savia púrpura me persigue en sueños. Y siempre despierto igual: agitada, cubierta de sudor y con los puños apretados hasta clavarme las uñas. Pero, sobre todo, me despierto llena de una rabia y una impotencia que me queman la sangre. Impotencia por lo estúpida, indefensa e insignificante que fui esa tarde. Sin embargo, ese dolor es mi motor. Me prometí a mí misma en la oscuridad de estas catacumbas que jamás dejaría que alguien o algo me hiciera sentir así nuevamente. Jamás.
Con un suspiro pesado, lanzo las sábanas a un lado y me levanto de la cama. Camino descalza sobre la piedra fría hasta detenerme frente a la única abertura del cuarto, una pequeña ventana cuadrada, casi a ras del techo, que da a ras de suelo hacia el patio trasero del palacio.
No tiene barrotes. Y es que no los necesita.
A pesar del deseo salvaje que me inunda a diario por escapar de este agujero, estoy irremediable y malditamente atada de pies y manos. Mis padres se habían encargado de ello. Mi existencia entera estaba ligada a las toxinas de este castillo y a los supresores que extraían de sus invernaderos. Mi jaula no estaba hecha de hierro, estaba hecha de química y chantaje. Si salía de aquí, mi cuerpo, dependiente de los antídotos que yo misma sintetizaba, colapsaría en agonía.
—Lo mire por donde lo mire, estoy realmente jodida. ¿Tú qué opinas? —le dije, apoyando la frente contra el muro de piedra fría.
Mi pregunta no iba dirigida al aire, sino a la pequeña visitante que, como cada mañana, se presentaba al otro lado del cristal de mi ventana.
Era una criatura extraña, tan prisionera de su propia rareza como yo, pero eso no la hacía menos hipnótica. Al contrario, era el ave más exótica y preciosa que jamás había visto en los catálogos de fauna de Valtoria. Su plumaje parecía estar hecho de hilos de vidrio oscuro, se veía áspero a simple vista, pero reflejaba la escasa luz del amanecer con un brillo sedoso y letal. Las plumas nacían de un negro azabache profundo en la corona de su cabeza, y se degradaban suavemente por su espalda hasta estallar en un turquesa metálico, casi eléctrico, en las puntas de sus alas y su cola.
Su pico no era el de un ave cantora, sino una curva afilada y amenazante de obsidiana pulida. Pero lo más perturbador de su fisionomía eran sus patas y sus ojos. Las garras estaban cubiertas de escamas de un tono cobrizo que parecía oxidado, y cuando ladeó la cabeza para mirarme, me clavó un ojo que me dejó sin aliento. No tenía una pupila oscura normal, su ojo era una esfera líquida de un amarillo pálido y enfermizo que se oscurecía en un degradé perfecto hacia los bordes, terminando en un anillo rojo sangre.
El pequeño pájaro me miró, parpadeando lentamente con aquel ojo inescrutable, como si realmente estuviera analizando el peso de mi pregunta. Y yo, como una completa tonta desesperada por algo de compañía, me quedé allí, en silencio, esperando su respuesta.
Con un esfuerzo que me pesó en los huesos, empujé la pesada hoja de vidrio. Rogué en silencio para que la escasa brisa matutina lograra filtrarse y arrastrara consigo el hedor a humedad, encierro y químicos amargos que parecía haber impregnado cada poro de la piedra oscura de mi prisión.
Con un suspiro, bajé la mirada justo a tiempo para ver a mi extraña visitante. Aprovechando la abertura, el ave ingresó con un aleteo silencioso y aterrizó con elegancia sobre mi pequeña y desgastada mesa de noche. Sin perder un segundo, golpeó su afilado pico de obsidiana contra la madera. Una, dos, tres veces. El sonido seco resonó en la habitación, dejando muy clara su exigencia.
—Por supuesto, ya te daré de comer —le dije, entornando los ojos con una mezcla de fastidio y resignación—. Pero al menos déjame darme un baño primero, porque apesto peor que este agujero.
El ave ladeó la cabeza, clavándome ese enfermizo ojo amarillo, y luego, como si hubiera comprendido y aceptado mis términos, comenzó a acicalarse una de sus alas turquesas con absoluta indiferencia.
—Ah, y por cierto… podrías desearme un feliz cumpleaños —le solté con sarcasmo antes de darle la espalda y caminar hacia la habitación contigua.
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Editado: 07.10.2026