_“El mayor error de un depredador no es creerse invencible, sino marchar a la guerra convencido de que su corazón ya está muerto y no le queda nada que perder.”_
—Aconite Veridian.
Cuatro malditos días habían pasado en un abrir y cerrar de ojos desde el incidente en las catacumbas. Y en ese tiempo, Torin había intentado, con una terquedad exasperante, retomar las cosas exactamente donde las habíamos dejado: en el suelo, con mi respiración mezclada con la suya y sus confesiones incendiando mi cabeza. Pero yo no se lo había puesto fácil. Cada vez que él daba un paso hacia mí, yo retrocedía dos. No le permití ni el más mínimo resquicio para acercarse a sus deseos.
Por supuesto, eso lo enfurecía. Su frustración era palpable, una energía densa y oscura que llenaba la habitación cada vez que estábamos cerca. Pero yo no estaba dispuesta a entrar en su juego. Para iniciar un incendio forestal se necesitan chispas, y yo me había asegurado de ahogar las mías bajo capas de hielo y sarcasmo. No iba a arriesgar a mi único escudo, a mi única y verdadera amistad en esta prisión, por un deseo que podía ser tan efímero como la flor del Loto de Ceniza; una planta que florece con una belleza embriagadora en la oscuridad, pero que se marchita hasta convertirse en polvo al primer roce de la luz.
Llevaba esperándolo diez minutos en nuestro cuarto de entrenamiento, y mis nervios ya estaban empezando a deshilacharse, tensándose como la cuerda de un arco. Torin aún no había aparecido, y eso era jodidamente extraño. Si había alguien que veneraba la disciplina militar y la puntualidad, era él.
Con un suspiro cargado de impaciencia, me dirigí al recoveco oculto de la pared y saqué la espada que descansaba en la penumbra.
Apreté los dedos alrededor de la empuñadura de cuero negro, sintiendo una familiaridad reconfortante. Cuando recién comenzamos a entrenar, Torin había tallado él mismo un par de espadas de madera para evitar que nos mutiláramos por accidente. Pero a medida que el entrenamiento se fue intensificando, que mi rabia encontró un cauce y mis movimientos se volvieron instintivos, la madera dejó de ser suficiente, necesitábamos acero real. Torin solía saquear las armerías en busca del armamento que los generales y la guardia real descartaban por juguetes nuevos, pero encontrar una espada adecuada para mí fue imposible.
Así que, en secreto y pagando con quién sabe qué favores, acudió al herrero de la corte y le ordenó forjar una obra maestra.
La hoja era de acero al carbono, tintada con un baño oscuro para que no reflejara la luz. A simple vista, imponía, parecía un arma ruda, pesada y brutal. Pero la genialidad del herrero estaba en su equilibrio. Todo el peso estaba perfectamente contrapesado en la guarda, de modo que al blandirla, se sentía tan liviana como una pluma. Era un arma minimalista, desprovista de joyas y grabados inútiles, elegante en su sencillez, pero absoluta e imperdonablemente mortal.
A falta del guardia para descargar mi frustración, decidí dejar que el metal cantara.
Me coloqué en el centro de la sala y separé los pies, afianzando mi peso sobre la piedra fría. Inhalé profundamente, levanté la hoja y dejé que el instinto tomara el control.
Pivoté sobre mi talón derecho, lanzando mi peso hacia adelante en una estocada rápida y limpia que rasgó el aire con un silbido agudo. Sin perder el impulso, giré la muñeca con fluidez y tracé un tajo en diagonal, imaginando que la hoja se hundía en la clavícula de un oponente invisible. Mis pies se movían con agilidad silenciosa. Di un salto hacia atrás, evadiendo un contragolpe en mi mente, e inmediatamente me impulsé con la pierna izquierda para lanzar un barrido horizontal, un golpe devastador y paralelo al suelo, destinado a rebanar el cuello del enemigo.
Giré sobre mi propio eje, la capa de mi cabello blanco ondeando a mi alrededor, y alcé la espada en un bloqueo alto, para luego dejarla caer en un golpe descendente y vertical, cortando el vacío por la mitad.
Madera, sudor, acero y piedra. Repetí los movimientos una y otra vez, buscando agotar mis músculos, buscando que el sonido afilado de la hoja cortando el aire silenciara la maldita pregunta que me atormentaba: ¿Dónde demonios estaba Torin?
—Sea quien sea el infeliz que tienes en mente, te aseguro que ya lo mataste y pasó a la siguiente vida hace siete estocadas atrás —bromeó una voz grave y arrastrada a mis espaldas.
Con un giro brusco pero letal, me volví hacia la puerta. La punta de mi espada de acero negro quedó apuntando directamente a su garganta. Mi pecho subía y bajaba erráticamente, buscando oxígeno. Torin estaba parado en el umbral, con un hombro apoyado perezosamente contra el arco de piedra. En sus ojos castaños no vi ni un rastro de sorpresa o miedo por tener una hoja mortal a centímetros de su cuello. Vi orgullo. Una admiración oscura y posesiva, la de un maestro viendo a su alumna convertirse en un arma perfecta. Y, por alguna estúpida razón que mi cerebro se negó a procesar, ese brillo apagó un poco el incendio de mi enojo.
—Llegas tarde —le solté, cortante. No bajé la espada.
—No. Llegué algo más que tarde —admitió él, torciendo la boca y frunciendo el ceño en ese gesto de frustración que indicaba lo mucho que odiaba perder el control—. Y eso no me gusta. Nada. Ni un poco.
—Lo sé. —Tomé aire, forzando a mis músculos a destensarse, y finalmente bajé el arma, permitiéndole la entrada.
Saqué un pequeño paño de lino del bolsillo de mi pantalón de cuero y lo deslicé meticulosamente por la hoja de acero, y luego por la empuñadura, limpiando el sudor antes de que la humedad arruinara el metal. No tenía caso intentar comenzar nuestra rutina de combate ahora; en menos de media hora las criadas bajarían con la bandeja del almuerzo.
Caminé hacia el recoveco oculto en la pared. Al agacharme para guardar la espada, sentí el peso físico de la mirada de Torin clavada en mi espalda, siguiendo la curva de mi columna y evaluando cada maldito movimiento que yo hacía.
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Editado: 29.10.2026