*-EL REGRESO*
No le avisé que volvía.
Quería ver su cara cuando me viera en la puerta. Después de cuatro meses de mensajes a medias y de llamadas que duraban cada vez menos, yo necesitaba verlo. Tocar su cara. Saber que lo nuestro seguía ahí, aunque fuera a distancia.
Guardé la libreta donde habíamos escrito todo. El departamento con balcón, el viaje a la playa que nunca hicimos, hasta los nombres de los hijos que todavía no teníamos. La guardé en mi mochila como si fuera un amuleto.
El camión me dejó a dos calles de su casa. Caminé con el corazón en la boca. Llevaba la misma blusa que a él le gustaba.
Y entonces lo vi.
No estaba solo.
Estaba en la banqueta, recargado en su coche, riéndose. Con esa risa que yo conocía de memoria. Y frente a él, una chica. Le acomodaba la playera. Le tocaba el brazo como si tuviera derecho.
Me quedé parada en la esquina. No me vieron.
Dante Montero, el hombre que me había dicho "te espero", no me estaba esperando.
En ese segundo, entendí todo lo que no había querido entender en cuatro meses. Las respuestas cortas. El "estoy ocupado, hablamos mañana". El "no es que no te quiera, es que esto de la distancia es difícil".
No era la distancia.
Era otra persona.
No lloré ahí. No pude. Me di la vuelta con la libreta todavía en la mochila, pesándome como una piedra, y caminé sin saber a dónde.
Esa noche me buscó. Me dijo que podíamos hablar. Que no era lo que parecía.
Y yo, que todavía lo amaba con todo lo que tenía, lo dejé entrar una última vez a despedirnos bien.
No sabía que esa despedida nos iba a cambiar la vida a los dos.