Lo que nunca llegamos a ser

Volvió

CAPÍTULO 7: VOLVIÓ

Pasaron tres días desde lo del parque.

Yo pensé que Dante se había ido otra vez a Guadalajara con su vida y su anillo. Pensé que esa mirada con lágrimas había sido solo culpa de un ratito.

Me equivoqué.

Era martes, yo acababa de bañar a Alba y la tenía en la cama, poniéndole su pijamita de ositos, cuando mi mamá tocó la puerta.

- Blanca, te buscan abajo.

Bajé con Alba en brazos, descalza, con el pelo mojado.

Y ahí estaba él. En la sala de mi casa. Sentado en el sillón donde mi papá se sienta a ver la tele. Con una bolsa de pañales y una cajita.

Mi mamá lo miraba con cara de pocos amigos, con los brazos cruzados.

- ¿Qué haces aquí, Dante? - le pregunté, fría.

Se paró rápido, nervioso.

- Vine a verlas. A verla. Yo...yo, desqde que las vi en el parque no he podido dejar de pensar...

- ¿En qué? - le dije.

- En todo lo que dejé - me contestó, mirando a Alba -. Blanca, yo no sabía que se sentía así. Verte con ella en brazos... me pegó aquí - se puso la mano en el pecho -. Como si me hubieran arrancado algo.

Mi mamá resopló.

- ¿Y ahora sí te importa? ¿Ahora que ya está grande y bonita?

- Señora, yo...

- No soy señora, soy la mamá de Blanca y la abuela de Alba. Y tú no has estado aquí ni un solo día cuando mi hija no dormía por los cólicos.

Yo cargué más fuerte a Alba. Ella lo miraba curiosa, con su dedito en la boca.

Dante se acercó y sacó de la bolsa un peluchito. Un conejito blanco.

- Se lo traje a ella...

Alba lo agarró. Sin miedo. Lo agarró y lo abrazó.

Y en ese momento, sentí un coraje y una ternura al mismo tiempo. Coraje porque él llegaba con un peluche a querer comprar 10 meses de desveladas. Y ternura porque mi hija, inocente, no sabía quién era.

- Gracias - le dije seca -. Pero no necesitamos nada.

- Blanca, déjame verla. Déjame intentar ser yo...

- ¿Ser qué, Dante? ¿Papá? ¿Tú sabes ser papá? ¿Sabes a qué hora toma leche? ¿Sabes qué pomada le pongo cuando se roza? ¿Sabes qué canción la calma?

Se quedó callado. Agachó la cabeza.

- No sé - dijo -. Pero quiero aprender.

Lo miré. De verdad lo miré. Ya no era el Dante que yo amaba. Era un muchacho arrepentido. Pero yo ya no era la Blanca que perdonaba todo.

- Si quieres aprender, aprende. Pero no conmigo. Alba no es una tarea que puedes entregar tarde. Es una niña.

Y le abrí la puerta.

- Vete, Dante.

Miro a Alba, me miro ami y solo asintió. Sabia que era mejor irse ,pues no cambiaría de opinión. No podía esperar que accediera solo porque le trajo un peluche y se dio cuenta de que ahora si quiere padre.

Se fue. Dejando el conejo. Dejando los pañales. Dejando otra vez ese olor a perfume que yo conocía.

Cuando cerró la puerta, mi mamá me abrazó.

- Lo hiciste muy bien, mija.

Y Alba, con su conejito nuevo en brazos, me dijo "mamá" y se quedó dormida.

Pero esa noche, me llegó un mensaje. De número desconocido. Era él:

"Gracias por dejarme verla, aunque sea 5 minutos. No me voy a ir. Voy a estar aquí hasta que me dejes estar."

Y ahí supe que esto no había terminado.



#4951 en Novela romántica

En el texto hay: desamor dolor

Editado: 13.10.2026

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