*CAPÍTULO 3:*
Dicen que hay llamadas que te cambian la vida. Esta era una de ellas, pero no para mí. Para él.
Pasaron dos días desde la prueba. Dos días en los que la cajita estuvo escondida debajo de mi ropa, como si con esconderla, pudiera desaparecer.
Mi mamá me dijo: "Blanca, él tiene derecho a saber. Aunque después no quiera saber nada más."
Y tenía razón.
Eran las 9:13 de la noche. Me senté en la orilla de mi cama, con el celular en las manos, sudándome. Tenía el corazón tan rápido que pensé que se me iba a salir.
Le marqué.
Uno... dos... tres timbrazos.
- ¿Bueno?
Su voz. Después de todo, su voz seguía haciéndome temblar.
- Dante, soy yo. Soy Blanca.
Silencio. Un silencio incómodo, largo.
- Blanca... qué onda. ¿Cómo estás? - me dijo, como si fuera una conocida cualquiera.
Respiré hondo. Cerré los ojos.
- Dante, tengo que decirte algo y necesito que no me cuelgues. Por favor.
Le conté todo. Sin llorar. Sin adornos. Como si estuviera leyendo una lista del súper, porque si lloraba, no iba a poder terminar.
- Me hice una prueba. Estoy embarazada. Es tuyo. De esa última noche.
Del otro lado no se escuchó nada. Solo su respiración.
Luego, lo que ninguna mujer embarazada quiere escuchar de boca del hombre que ama.
- ¿Estás segura, Blanca? Es que... yo... no estoy listo para eso. Tú sabes que yo me voy a ir a Guadalajara el mes que viene. Mi carrera...
- No te estoy pidiendo que te quedes, Dante - le dije, y ahí sí se me quebró la voz -. Solo te estoy diciendo que vas a ser papá. Lo que hagas con eso es tu decisión. Pero yo sí voy a ser mamá.
Él suspiró. Ese suspiro me dijo más que mil palabras.
- Mira, Blanca, yo creo que deberías pensarlo bien. Todavía estás a tiempo de no...
No lo dejé terminar.
- ¿De no tenerlo? - le pregunté. Y por primera vez en toda la llamada, sentí coraje. - No, Dante. No estoy a tiempo de no tenerlo. Porque ya lo tengo aquí. Y ya lo quiero.
Y le colgué.
Le colgué yo a él. Por primera vez.
Me quedé con el celular en la mano, mirando la pantalla apagada. Esperé que me volviera a marcar. Que me dijera "perdón, Blanca, vamos a hablar".
El celular nunca sonó.
Me puse la mano en el vientre otra vez. Todavía plano. Pero ahora ya no me sentía sola.
- No pasa nada, mi amor - le susurré -. Solo somos tú y yo. Y con eso es suficiente. Te juro que va a ser suficiente.
Esa noche entendí que hay hombres que solo te acompañan hasta donde les conviene. Y hay hijos que te acompañan toda la vida.