*CAPÍTULO 2: LA PRUEBA *
Pasaron tres semanas desde la noche del parque.
Tres semanas en las que intenté ser la Blanca de antes. La que se levantaba temprano, la que iba a la universidad, la que se reía con sus amigas. Pero no podía.
Mi cuerpo ya no era solo mío.
Primero fue un cansancio raro. Me quedaba dormida en clase, algo que nunca me pasaba. Luego, el asco a mi comida favorita. Mi mamá me decía "Blanca, te ves pálida", y yo le decía que era el estrés del final del semestre.
Pero yo sabía. En el fondo de mi estómago, en ese lugar donde las mujeres sabemos las cosas antes de que pasen, yo ya sabía.
Ese martes no aguanté más. Conté 31 días en mi calendario. 31. Mi ciclo nunca se atrasaba tanto.
Salí de la universidad y me fui directo a la farmacia más lejos de mi casa, donde nadie me conociera. Le pedí a la señorita la prueba, en voz bajita, como si estuviera pidiendo algo ilegal. Me dio la cajita y la metí hasta el fondo de mi mochila, entre los libros, como si pudiera esconderse.
Llegué a mi casa temblando. Mi mamá todavía no llegaba del trabajo. Me metí al baño y cerré con seguro.
Leí las instrucciones tres veces. Mis manos sudaban tanto que casi se me caía.
Y ahí, sentada en la tapa del baño, esperando, mi vida pasó en dos minutos.
Vi a Dante. Vi el parque. Vi la libreta. Vi a la chica de la banqueta. Vi mi futuro, el que había planeado, rompiéndose en pedacitos.
El temporizador de mi celular sonó.
No quería ver. Te juro que no quería ver. Cerré los ojos muy fuerte.
Cuando los abrí, ahí estaban.
Dos líneas. Rosas. Claritas, pero ahí. Bien marcadas.
Positivo.
Lo primero que hice no fue llorar. Fue reírme. Una risa nerviosa, histérica, que me salió sola. Como si mi cuerpo no supiera qué hacer.
Luego vino el llanto. Un llanto silencioso que me hizo doblarme sobre mis rodillas, en ese suelo frío. Me mordí la mano para no gritar.
Tenía 21 años. Tenía una carrera a medias. Tenía una libreta rota. Y ahora tenía una vida adentro.
Agarré mi celular. Busqué su nombre. Dante Montero. Su foto seguía ahí, sonriendo. Mi dedo se quedó a un milímetro del botón de llamar.
¿Qué le iba a decir? ¿Que la despedida que él creyó que era un cierre, en realidad fue un inicio?
No. No podía.
Borré la llamada.
Le marqué a la única persona que podía salvarme en ese momento.
- ¿Mamá? - mi voz salió en un hilo. - ¿Puedes venir? Es que... necesito que vengas ya.
Mi mamá llegó en 15 minutos. No preguntó nada por teléfono, solo llegó. Cuando abrió la puerta del baño y me vio ahí, en el suelo, con la prueba en la mano y los ojos hinchados, entendió todo sin que yo dijera una palabra.
Se sentó a mi lado, en el suelo frío, me abrazó y me dijo bajito:
- Aquí estoy, mi Blanca. Aquí estoy.
Y lloramos juntas. Por mucho rato.
Esa noche, cuando por fin me pude levantar, me puse la mano en el vientre. Todavía plano. Todavía nada. Pero yo ya sabía que ahí estaba.
Y le hablé por primera vez, en un susurro:
- No sé cómo vamos a hacerle, chiquito. Pero no estás solo. Mamá está aquí. Y no te voy a dejar.