CAPÍTULO 8: EL NUEVO - GAEL
Yo había vuelto a la universidad en las tardes. Mi mamá se quedaba con Alba y yo me iba tres horitas a terminar mi servicio.
Ahí lo conocí.
No fue romántico. No fue como con Dante que me lanzó miraditas. Fue diferente.
Yo estaba en la biblioteca, intentando hacer un trabajo con una mano mientras con la otra sostenía el celular con videollamada para ver a Alba. Estaba a punto de llorar de estrés.
Y un chavo se acercó.
- ¿Te ayudo? - me dijo.
Tenía lentes, una playera negra simple y una mochila toda raspada.
- No, gracias, es que mi bebé...
- Yo cuido a mi sobrino todos los fines. Sé sostener un celular mientras alguien hace tarea - se rió -. Soy Gael.
Ese fue el primer día.
Después se hizo costumbre. Él llegaba, se sentaba enfrente, no me hablaba mucho, solo me pasaba sus apuntes. Cuando yo tenía que irme corriendo porque Alba lloraba, él me decía "Vete, yo entrego tu hoja".
Nunca me miró con lástima. Nunca me dijo "pobrecita, mamá soltera". Nunca me preguntó por Dante. Me miraba como si yo fuera solo Blanca. No la mamá, no la abandonada. Blanca.
Un día, llovió muy fuerte y no pasó el camión. Yo estaba afuera con Alba tapada con mi suéter.
Gael llegó con su paraguas.
- Las llevo - dijo.
- No, ¿cómo crees? Vivimos lejos...
- Las llevo.
Nos llevó. Caminamos los tres bajo un paraguas chiquito, mojándonos los pies, riéndonos porque Alba intentaba agarrar las gotas.
Cuando llegamos a mi casa, Alba ya estaba dormida en su pecho. Así, confiada. Como si lo conociera de siempre.
- Se quedó dormida - me susurró Gael.
- Es que le das paz - le dije sin pensar.
Y él se sonrojó.
Esa noche, después de que se fue, mi mamá me dijo:
- ¿Quién es ese muchacho, Blanca?
- Un amigo de la uni, ma.
- Ese amigo te mira como tu papá me miraba a mí cuando éramos novios.
Me hice la que no escuché. Pero me metí a mi cuarto y me miré al espejo. Tenía el pelo medio esponjado por la lluvia, los tenis mojados, y por primera vez en mucho tiempo, estaba sonriendo de verdad.
No por Dante. No por alguien que volvió arrepentido.
Por alguien que llegó sin prometer nada, y sin querer, ya estaba cumpliendo todo.