Monoliths: La isla

Cap. 1 Parte I

Lo que no estaba ayer

La primera ola no llegó a tocarlo. Se deshizo unos metros más abajo y retrocedió arrastrando piedrecillas. Elian abrió los ojos cuando el ruido volvió a repetirse.

Tenía la mejilla contra la arena y un brazo doblado bajo el pecho. Al incorporarse, le crujió el cuello. Esperó a que el mareo cediera y miró alrededor: una playa corta de arena oscura, rocas a su derecha y vegetación espesa al otro extremo. Detrás de él, el terreno ascendía entre árboles.

No había edificios. Tampoco embarcaciones.

Se palpó la cabeza en busca de sangre y luego revisó el resto del cuerpo. El hombro izquierdo le dolía, pero podía moverlo. Llevaba sus zapatillas, su ropa y arena hasta dentro del cuello de la camiseta. Sacó el teléfono del bolsillo. La pantalla encendió al segundo intento: 10:34. Sin señal.

—¿Dónde mierda estoy?

Miró hacia el mar. Las olas rompían contra una barrera de rocas que cerraba parte de la caleta. No había nadie nadando, ninguna lancha a lo lejos. A su alrededor tampoco veía una mochila ni nada que pudiera explicar cómo había llegado.

Recordaba la cocina de su departamento. Había abierto el refrigerador y descubierto que quedaba menos leche de la que pensaba. Recordaba un vaso sobre la mesa y haber buscado algo en el teléfono mientras desayunaba. Cada vez que intentaba avanzar más allá de esa escena, volvía a la puerta abierta del refrigerador.

Se puso de pie demasiado rápido y tuvo que apoyar una mano en la rodilla.

—Maldita sea…

Esperó a que se le pasara el mareo. Una línea de algas húmedas cruzaba la arena varios metros por debajo de donde había despertado. No sabía si la marea estaba subiendo o bajando, y tampoco quería averiguarlo quedándose allí.

—¿Hola? —llamó—. ¿Hay alguien por aquí?

El viento se llevó su voz hacia las rocas. Elian caminó hasta el centro de la playa y volvió a gritar, esta vez con todas sus fuerzas.

—¡Si hay alguien, conteste!

La próxima vez eliges tú la película.

Se detuvo.

La frase había sonado con la claridad de alguien hablándole muy cerca. Giró hacia la vegetación, luego hacia el mar. La playa seguía vacía.

—¿Qué carajos…?

No había sido una idea suya. Había oído cada palabra dentro de la cabeza, incluida una pequeña pausa antes de «tú». Esperó a que la voz continuara, pero solo escuchó las olas.

Tal vez se había golpeado más fuerte de lo que creía. Se tocó otra vez la cabeza y no encontró ninguna herida. Miró entre los árboles, buscando a alguien a quien atribuirle aquella frase. Las hojas se agitaron y retrocedió un paso.

Una mujer salió de la vegetación apartando una rama por encima de su cabeza. Tenía tierra en los pantalones y sostenía los lentes en una mano. Al verlo, se quedó tan inmóvil como él.

—Ah. Eres una persona —dijo ella, sin bajar todavía la rama—. Escuché que gritabas, pero desde allá no se entendía nada.

—Sí, soy una persona. Y estaba empezando a pensar que era la única. —Elian señaló la playa con un gesto amplio—. ¿Saliste de ahí? ¿Viste algún camino, alguna casa?

Ella se puso los lentes antes de responder. Miró a Elian y después el espacio abierto a sus espaldas.

—No vi casas. Hay árboles, piedras y una especie de cauce más adentro. Llegué hasta aquí porque alcancé a ver el mar entre las ramas. ¿Tú despertaste en la playa?

La pregunta lo hizo callar un instante. Había alguien más en la caleta, pero eso no aclaraba por qué estaban allí.

—Sí. Ahí atrás, en la arena. No recuerdo haber venido y no sé si hay más gente. ¿Tú viste a alguien?

—A nadie. Aunque tampoco he recorrido mucho.

La mujer soltó la rama. No se acercó de inmediato, y Elian permaneció donde estaba. Los dos parecían aliviados de encontrarse y, al mismo tiempo, poco dispuestos a confiar en un desconocido.

—Soy Elian —dijo él—. Supongo que habría sido mejor empezar por eso.

—Vilma. Y sí, probablemente. —Dio unos pasos hasta el límite de la sombra—. ¿Estás herido? Tienes una mano en el hombro desde que salí.

—Me duele, pero puedo moverlo. Mira.

Levantó el brazo y una punzada lo obligó a bajarlo antes de alcanzar la altura de la cabeza. Vilma alzó las cejas.

—No te pedí una demostración.

—Ya. Quedó claro que puedo moverlo hasta ahí.

Ella dejó escapar una risa breve y le mostró un raspón en el antebrazo.

—Yo tengo esto. Desperté entre unas raíces y debo de haberme arrastrado antes de entender dónde estaba. No me acuerdo de haberme caído.

Elian se fijó en la tierra de sus pantalones. Quiso preguntarle si había oído algo extraño, alguna voz, pero aún no sabía cómo decirlo sin sonar como si acabara de perder la cabeza.

—¿Recuerdas qué hacías antes? —preguntó en cambio—. Antes de aparecer aquí.

Vilma tardó unos segundos en contestar.




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