Monoliths: La isla

Cap. 1 Parte II

Entre las rocas se había acumulado madera de distintos tamaños. Había tablas partidas, astillas incrustadas en las grietas y varios tramos de cuerda enredados alrededor de una piedra. Una pieza más ancha se había quebrado casi por la mitad.

Felipe se detuvo a su lado.

—Esto fue lo que vimos desde arriba. Parecía una balsa, con los maderos juntos. Desde aquí ya no estoy tan seguro.

Elian tiró de una tabla. Se movió unos centímetros antes de quedar atascada bajo otra. La madera estaba empapada y uno de sus extremos tenía un borde irregular, abierto en fibras.

—Podría ser parte de cualquier cosa que haya arrastrado el mar —dijo.

—También podría ser una balsa —repuso Matías, acercándose con cuidado—. Digo que no lo descartemos. Si salió de aquí, quizá llegamos nosotros en ella.

Vilma se agachó junto a las cuerdas.

—Es posible, pero no veo nada que nos diga que estuvimos encima. Ni ropa, ni bolsas, ni objetos nuestros. Y los cinco despertamos en lugares distintos.

—Bueno, sí. No estoy diciendo que lo haya resuelto —respondió Matías—. Solo quiero tener alguna explicación, aunque sea mala.

Iván sacó un tramo de cuerda atrapado entre dos tablas. Tiró de él en ambas direcciones y lo examinó bajo la luz.

—Esta parte todavía resiste. Más allá está deshilachada.

Felipe tomó el otro extremo y probó la tensión con él.

—Si cortamos lo dañado, nos quedan varios metros. Puede servir para cargar cosas o amarrar ramas.

—¿Con qué lo cortamos? —preguntó Elian.

Matías sacó unas llaves del bolsillo y separó una pequeña navaja plegable del llavero. Vilma lo miró con sorpresa.

—¿Traías eso todo este tiempo?

—Me acordé recién cuando dijo «cortar». La hoja es diminuta, no esperen milagros.

Felipe aceptó la navaja.

—Con que corte las fibras gastadas basta. Y, para que no tengan que decir «Felipe» cada vez que quieran pedirme algo, pueden llamarme Pipe. Así me dice casi todo el mundo.

—Bien, Pipe. Yo vigilo la entrada mientras haces eso —dijo Elian.

Se apartó hasta poder ver la roca de la grieta. El agua aún no la alcanzaba. Detrás de él, Pipe y Vilma separaban las cuerdas que podían llevarse. Iván revisaba las tablas visibles en busca de alguna marca. Matías miraba más allá del montón, hacia una hendidura donde se había acumulado espuma.

—Hay algo metido al fondo —dijo Matías.

Elian se volvió.

—¿Qué cosa?

—No sé. Podría ser otra tabla. Desde aquí se ve un borde recto.

Matías dio un paso y retiró el pie de inmediato. Para llegar tendría que pisar una superficie inclinada y mojada. Pipe dejó la cuerda que tenía en las manos.

—Con ese tobillo, ni lo intentes.

—No iba a saltar. Solo quería mirar.

—Desde donde estás ya lo estás mirando —señaló Vilma, levantándose—. No vamos a saber qué es si se queda encajado ahí, y ahora mismo no tenemos cómo sacarlo sin meternos al agua.

Matías soltó aire por la nariz. No parecía convencido, pero volvió junto a las cuerdas.

—Está bien. Me molesta irme sabiendo que puede haber algo más.

—A mí también —admitió Elian—. Pero aún no sabemos dónde vamos a dormir ni qué vamos a beber.

Una ola golpeó detrás del saliente. Elian miró hacia la entrada: el agua acababa de cubrir la franja de arena que habían cruzado, aunque se retiró casi enseguida.

—Nos quedan un par de minutos —avisó—. Junten lo que ya soltaron.

Iván se acercó con un trozo corto de cuerda en la mano.

—Si esto era una balsa, hay una cosa que no entiendo —dijo, mirando a los demás—. ¿Alguno recuerda haberse subido a una?

Pipe se quedó quieto, todavía con la navaja abierta.

—No. Recuerdo salir de entrenar. Estaba hablando por teléfono mientras buscaba mis llaves. Después de eso… —Frunció el ceño—. Después de eso aparezco entre las rocas con Matías gritándome que me apartara.

—Porque estabas encima de mi brazo —aclaró Matías—. Yo recuerdo estar en mi pieza, esperando a que terminara de actualizarse un juego. Hasta me acuerdo de que pensé en comer algo mientras tanto. No recuerdo haber salido de casa.

Vilma cruzó los brazos. Elian ya le había contado lo del desayuno, pero esperó mientras ella hablaba para el resto.

—Yo estaba buscando unos papeles en casa. No sé cuánto tiempo pasó entre eso y despertar entre los árboles.

—Hacía compras —dijo Iván cuando los otros lo miraron—. Recuerdo haber elegido fruta. También recuerdo que debía volver antes de que cerrara una tienda, pero no sé si llegué a ir.

Matías levantó una mano, como pidiendo que lo dejaran ordenar lo que acababa de oír.

—A ver. Uno estaba entrenando, otro comprando fruta, ustedes dos en sus casas… y ahora hay cinco personas en una playa, al lado de unas tablas que tal vez son una balsa. Falta un pedazo enorme de esta historia.




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