Cuando Elian y Vilma llegaron al campamento, Iván estaba sentado junto al cauce con las piernas cruzadas.
Había extendido las cuerdas que encontraron el día anterior sobre la tierra y, alrededor suyo, se acumulaban trozos de liana, hojas anchas, pedazos de madera y una masa oscura adherida a una piedra.
Elian dejó caer las ramas que llevaba.
—Veo que no te aburriste.
Iván levantó la vista.
—Un poco.
Vilma se agachó junto a una estructura tejida que descansaba a su lado.
—¿Hiciste una canasta?
—Eso parece.
—¿Eso parece?
Iván tomó las dos asas y la levantó. El tejido era irregular y algunas lianas sobresalían de los costados, pero conservó la forma.
—La primera se desarmó cuando intenté levantarla. Esta no.
Elian dejó las tres tablillas en su interior.
La base cedió un poco bajo el peso, pero aguantó.
—Bueno. Ya es mejor que cargar todo debajo del brazo.
Fue añadiendo algunas ramas. Vilma dejó parte de los frutos encima, todavía envueltos en su camiseta.
Iván miró la cantidad.
—Encontraron comida.
—Algo —respondió Vilma mientras soltaba con cuidado la tela—. Hay varios maduros y otros todavía verdes.
Iván tomó uno, lo examinó por ambos lados y volvió a dejarlo.
—¿Los conocen?
—Sí.
—Bien.
Elian se quedó mirando otro objeto junto al cauce.
Parecía una canasta mucho más estrecha, aunque su interior estaba cubierto por varias capas de hojas. Junto a ella había una segunda estructura parecida, unida a la primera con lianas.
—¿Y eso?
Iván siguió su mirada.
—Estoy intentando guardar agua.
Elian levantó uno de los recipientes.
Pesaba más de lo que esperaba.
—¿Tiene agua ahora?
—Sí. No la inclines tanto.
Una gota cayó desde uno de los bordes inferiores.
Elian volvió a enderezarlo.
—Está perdiendo.
—Ya sé.
Vilma se acercó.
Las hojas del interior estaban superpuestas unas sobre otras y los bordes tenían una sustancia pegajosa que empezaba a endurecerse.
—¿Con qué las pegaste?
Iván señaló la masa oscura sobre la piedra.
—Savia. Encontré un árbol que tenía bastante en una parte dañada del tronco. No sé cuánto va a durar cuando se seque por completo.
—¿Y cuánto aguanta el agua?
Iván miró el recipiente.
—El primero que hice se vació en menos de diez minutos. Este lleva como media hora y todavía tiene bastante.
Elian lo movió apenas.
Otra gota apareció en la base.
—Eso cuenta como progreso.
—Supongo.
Iván tomó el recipiente y lo devolvió junto al cauce.
—Hice dos porque si uno empieza a perder demasiado podemos pasar el agua al otro. Y unidos son más fáciles de cargar sin apretarlos.
Vilma observó las lianas que formaban una especie de asa entre ambos.
—No es bonito.
Iván la miró.
—No estaba intentando que fuera bonito.
—Eso se nota.
Elian soltó una risa.
Iván estuvo a punto de responder cuando escucharon voces entre los árboles.
Pipe apareció primero cargando una concha grande entre ambas manos. Matías venía unos pasos detrás, utilizando una rama como apoyo y llevando bajo el brazo algo que Elian tardó un momento en reconocer como un intento de herramienta.
Pipe los vio y alzó la concha.
—Encontramos comida.
Matías levantó su palo con la piedra amarrada.
—Y tecnología.
Vilma miró el objeto.
—¿Qué es eso?
Matías pareció ofendido.
—Un hacha.
Pipe pasó junto a él.
—No lo es.
—Está en desarrollo.
—Eso sí te lo acepto.
Matías llegó al espacio despejado y dejó sus cosas en el suelo antes de sentarse.
El alivio fue evidente apenas dejó de cargar peso sobre el pie.
Iván lo observó unos segundos.
—Ah. También te hice eso de por allá.
Matías siguió la dirección de su dedo.
Junto al refugio había dos trozos de madera recta, varios pedazos de cuerda y tiras de tela que Iván había separado.
—¿Qué es?
—Una férula.
Matías volvió la cabeza lentamente.
—¿Para mí?
Iván bajó los ojos hacia su pie y después volvió a mirarlo.
—No veo a nadie más cojeando.
Pipe dejó los moluscos junto a una piedra y se acercó.
—Déjame verla.
Tomó ambos listones y comprobó que no tuvieran astillas grandes.
—¿De dónde sacaste la tela?
—De una parte rota de las tablas que encontramos ayer había fibras pegadas. Usé eso y un pedazo de mi camiseta.
Matías observó la camiseta de Iván.
—Todos están destruyendo la ropa menos yo.
Pipe señaló el mango improvisado de una de sus piedras.
—Tú literalmente empezaste.
—Ah.
Pipe se arrodilló frente a él.
—Quítate la zapatilla.
Matías obedeció con menos protestas que el día anterior.
El tobillo seguía hinchado.
Pipe lo tocó alrededor con cuidado, preguntando dónde dolía más antes de acomodar la madera a ambos lados.
—La idea está bien —dijo mientras movía uno de los listones unos centímetros—. Pero si la apretamos demasiado vas a terminar cortando circulación.
Iván se agachó al otro lado.
—Por eso la dejé suelta.
—Mejor.
Entre los dos colocaron tela entre la madera y la piel antes de amarrarla.
Pipe tensó el primer nudo, pero dejó espacio suficiente para pasar un dedo por debajo.
—Mueve los dedos.
Matías lo hizo.
—¿Algo raro?
—No.
—¿Hormigueo?
—No.
Pipe terminó de ajustar la segunda cuerda.
—Prueba.
Matías se quedó sentado unos segundos antes de ponerse de pie.
Apoyó primero la pierna sana.
Después bajó lentamente el otro pie.
La férula evitó que el tobillo se inclinara como antes.
Dio un paso.
Luego otro.
—Oh.
Pipe levantó la mirada.
—¿Mejor?
Matías volvió sobre sus pasos.
—Sí. Bastante.
Iván ya estaba regresando junto a los recipientes de agua.
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romance lento y tenso, supervivencia en una isla misteriosa, monolitos de origen desconocido
Editado: 19.10.2026