Exterior: Elian y Pipe
Pipe continuó golpeando las piedras mucho después de que el último temblor hubiera terminado.
Introducía los dedos entre los espacios, tiraba de las ramas enterradas y apartaba puñados de tierra húmeda. Cada fragmento que conseguía retirar dejaba visible otro bloque mayor. Elian intentó ayudarlo al principio, pero desistió cuando una piedra descendió unos centímetros y cerró una de las pocas aberturas por las que todavía circulaba aire.
—Tenemos que detenernos —dijo Elian, sujetándolo por el antebrazo.
Pipe se liberó con un tirón.
—Tú puedes detenerte.
Volvió a hundir las manos en la tierra. Tenía los nudillos abiertos y una uña manchada de sangre.
Elian se interpuso entre él y el derrumbe.
—No vemos qué sostiene cada piedra. Si sacas la equivocada, puedes provocar otra caída hacia dentro.
—O puedo abrir un espacio para que salgan —replicó Pipe sin apartarse.
—No con las manos y en mitad de la noche.
Pipe levantó la cabeza. El barro le cubría parte del rostro y la respiración le salía con tanta fuerza que parecía haber corrido desde el monolito.
—Mati no puede caminar solo. La última vez que lo vi estaba dormido con el pie hinchado y una planta que ni siquiera sabemos si funcionará durante toda la noche.
—Vilma e Iván están con él —respondió Elian, procurando mantener la voz firme.
—Lo sé. Pero ninguno puede cargarlo si tienen que atravesar esa cueva.
Elian miró la entrada bloqueada. No sabía cuánto espacio quedaba detrás de las rocas ni si la primera cámara continuaba intacta. Solo podía aferrarse al recuerdo de Vilma alcanzando la abertura antes del derrumbe.
—También podrían seguir en la misma cámara y esperar a que abramos.
—Entonces deberíamos estar abriendo —insistió Pipe.
—De día, cuando podamos ver qué estamos moviendo y buscar otro acceso. Si sigues ahora, solo vas a agotarte antes de que podamos hacer algo útil.
Pipe desvió la mirada hacia las piedras. Durante unos segundos pareció dispuesto a apartar a Elian y continuar.
—Si fueras tú el que estuviera ahí dentro, ¿de verdad querrías que me sentara a esperar hasta que amaneciera?
Elian contempló la acumulación de rocas antes de responder.
—Querría que buscaras una manera de sacarme sin enterrar a los demás.
Pipe apretó la mandíbula.
—Eso es fácil de decir desde este lado.
—Precisamente porque estoy de este lado puedo ver que no estás ayudándolos. Solo te estás destrozando las manos.
Pipe bajó la mirada hacia sus nudillos ensangrentados. Los abrió y cerró una vez, como si recién entonces notara las heridas.
Elian apartó algunas ramas caídas y despejó un espacio junto a la pared exterior. No ofrecía verdadero refugio, pero la roca conservaba parte del calor del día y los protegía del viento que descendía desde la elevación.
—Esperamos hasta que haya luz —continuó Elian, señalando la pendiente—. Revisamos el derrumbe, rodeamos la montaña y buscamos otra entrada. Si no encontramos nada, regresamos y pensamos cómo retirar las piedras sin hacer caer las demás.
Pipe se quedó inmóvil frente a la abertura.
—No pienso alejarme esta noche.
—Yo tampoco te lo estoy pidiendo.
Elian se sentó cerca del derrumbe. Pipe lo observó durante unos segundos antes de dejarse caer directamente frente a las piedras, con las rodillas levantadas y la espalda apoyada contra una raíz.
Ninguno tenía un teléfono que funcionara.
Sin las linternas, la columna verde era la única claridad distinta de la noche. Continuaba elevándose más allá de los árboles, débil pero constante. A veces una nube la cubría y la ladera quedaba completamente oscura. Cuando reaparecía, las hojas mojadas devolvían reflejos verdosos.
Elian tomó una rama y golpeó una de las piedras.
—¡Estamos afuera! —gritó, acercándose a una abertura estrecha—. ¡Si pueden escucharnos, respondan!
Ambos guardaron silencio.
Durante unos segundos solo oyeron el agua que caía desde las copas y el río más abajo. Después llegó un ruido apagado desde el interior del derrumbe.
Pipe se incorporó de inmediato.
—Eso fue una respuesta.
Elian acercó el oído a las rocas.
—Podría haber sido tierra acomodándose.
—Vilma gritó antes.
—Yo también la escuché —reconoció Elian—, pero no sabemos si ahora…
Pipe le quitó la rama y golpeó tres veces.
—¡Iván, Mati!
Esperaron nuevamente.
El sonido no se repitió.
Pipe permaneció de pie frente a las rocas hasta que las piernas comenzaron a temblarle por el cansancio. Solo entonces volvió a sentarse. Elian se acomodó a poca distancia y mantuvo la vista sobre la entrada.
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romance lento y tenso, supervivencia en una isla misteriosa, monolitos de origen desconocido
Editado: 19.10.2026