Monoliths: La isla

Cap. 3 Parte I

Capítulo III

A las siete de la mañana, los cinco estaban listos para dejar el refugio. Elian fue el último en salir. Se agachó para pasar bajo las ramas y, al enderezarse, sintió la punzada habitual en el hombro izquierdo. Miró hacia atrás: la cuerda seguía tensa, el techo de hojas no había cedido durante la noche y, desde cierta distancia, la construcción casi se confundía con los arbustos. No era un lugar al que deseara volver, pero le inquietó dejarlo sin nadie.

Pipe esperaba junto al cauce con la cuerda sobrante enrollada sobre un hombro. Iván revisaba los amarres de la canasta, donde habían acomodado fruta, agua y las tres tablillas de madera encontradas por Elian y Vilma. Matías apoyaba el peso en su pierna sana mientras se ajustaba la férula. Llevaba varios minutos haciéndolo.

—Si sigues apretándola, te vas a cortar la circulación —dijo Pipe.

Matías levantó la cabeza.

—Y si la dejo como está, se mueve cada vez que piso. Déjame decidir cuál de las dos cosas me molesta más.

Pipe alzó las manos y se apartó. Esperó, de todos modos, a que Matías terminara antes de ponerse en marcha.

Vilma se acercó a Elian mientras los demás comenzaban a seguir el cauce.

—¿El hombro?

—Todavía está conmigo.

—Me refería a si puedes caminar con la canasta.

—Eso también.

Vilma le sostuvo la mirada un instante, como si quisiera comprobar si la respuesta escondía algo más. Luego tomó la canasta antes de que él pudiera hacerlo.

—Entonces me avisas cuando dejes de poder bromear al respecto.

Elian no insistió. La alcanzó junto a los árboles y entre los dos siguieron a Iván, que buscaba el terreno más firme.

Primero subieron al mirador del roquerío. Desde allí, el monolito sobresalía de la ladera distante tal como lo habían visto el día anterior: varias piezas inmensas alrededor de un espacio vacío, demasiado altas para desaparecer detrás de los árboles. A esa hora, la luz golpeaba una de sus caras y la volvía casi blanca.

—Desde aquí parece que pudiéramos llegar en un par de horas —dijo Pipe.

Iván observó el bosque entre ellos y la ladera.

—Desde aquí tampoco vemos qué hay debajo de las copas.

Matías se apoyó en una roca.

—Qué alentador. ¿Alguno quiere volver antes de que empecemos a sudar?

Nadie respondió. Elian buscó con la vista la dirección que habían acordado seguir. El monolito permanecería oculto buena parte del trayecto; necesitarían reconocer el camino de regreso.

Bajaron por la cara interior del roquerío y se internaron entre troncos cada vez más próximos. Las raíces salían del suelo en arcos retorcidos. Algunas hojas les llegaban al pecho, y el aire, quieto bajo las copas, retenía el calor aunque el sol apenas empezaba a subir.

Iván se detuvo ante un árbol de corteza clara.

—Este sirve. Se ve desde el siguiente claro.

Elian sacó uno de los cuchillos rudimentarios que habían preparado. El filo, sujeto a un mango de madera con tiras de fibra y cuerda, bastaba para arrancar un poco de corteza. Hizo dos cortes oblicuos, separados, y dio un paso atrás.

—¿Así?

—Así —respondió Iván—. Si marcamos cada árbol que veamos, después no sabremos qué marcas son nuestras. Busquemos los que podamos reconocer desde ambos lados.

Vilma repitió las dos líneas con un dedo en el aire.

—Y siempre a la misma altura. Si volvemos cansados, nadie va a estar revisando cerca de las raíces.

Siguieron avanzando. En los espacios abiertos veían fragmentos de la ladera; en los demás, Iván se orientaba por la pendiente y por la posición del sol. Elian procuraba recordar cada giro. Descubrió pronto que un tronco caído podía parecer distinto al mirarlo desde el otro lado.

Al cabo de una hora, Matías empezó a quedarse atrás.

—El suelo se mueve —anunció.

Pipe miró hacia sus pies.

—El suelo está bastante quieto.

—Entonces alguien debería avisarle a mi pie.

Su queja no detuvo la marcha, pero sí la hizo más lenta. Pipe le ofreció el brazo en un tramo de raíces altas. Matías lo aceptó para cruzar y se soltó enseguida.

El sol comenzó a colarse entre las hojas en manchas cada vez más calientes. Vilma se quitó los lentes para limpiarlos con el borde de su camiseta. Elian le sostuvo la canasta mientras ella intentaba quitarles el vaho.

—Ni siquiera estamos al descubierto —dijo Matías—. ¿Cómo puede hacer tanto calor aquí abajo?

—Porque el aire no circula —respondió Iván. Se secó la frente con el antebrazo—. Y sí, hace demasiado calor.

Matías lo miró, sorprendido.

—Gracias. Necesitaba que alguien más lo reconociera.

—Reconocerlo no va a enfriar nada.

—Lo sé. Pero mejora un poco mi opinión de ustedes.




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