Capítulo IV
—Mierda. No, no, no.
Todos se volvieron hacia Vilma.
Se encontraba arrodillada junto a la canasta, con las tablillas distribuidas sobre el suelo. Había encendido nuevamente la linterna de su teléfono y sostenía una de las piezas de madera bajo el haz. Las líneas de carbón que habían copiado esa tarde ya no formaban los mismos grupos de signos. El agua había extendido unos trazos sobre otros hasta convertirlos en manchas oscuras.
Elian se acercó y se inclinó junto a ella.
—¿Qué pasó?
Vilma levantó la tablilla sin apartar la mirada de las marcas.
—Las inscripciones.
Pasó el pulgar junto a una de ellas, cuidando de no tocarla. Del dibujo original apenas permanecían dos ángulos y una línea interrumpida. El resto se había mezclado en una franja gris.
—Pensé que las hojas las habían protegido —murmuró Elian mientras examinaba la madera.
—De la lluvia directa, tal vez —respondió Vilma, dejando la primera tablilla en el suelo para tomar otra—. No de toda el agua que entró en la canasta.
Revisaron las demás. La segunda conservaba algunos trazos aislados, aunque ninguno permitía saber dónde terminaba un signo y comenzaba el siguiente. En la tercera sobrevivía casi completa una figura que Vilma recordaba haber copiado dos veces, pero las marcas contiguas habían desaparecido.
Iván se agachó al otro lado de las tablillas y observó los restos bajo la luz.
—Podríamos separar lo que todavía sea reconocible.
Vilma levantó la vista hacia él y frunció el ceño.
—¿Y completar lo demás de memoria?
—No he dicho eso —aclaró Iván, señalando uno de los signos que aún conservaba parte de su forma.
—Yo tampoco sabría hacerlo —admitió ella.
Vilma colocó las tres tablillas una junto a otra. Intentó reproducir un conjunto con el dedo sobre la madera, pero se detuvo a mitad del movimiento.
—Recuerdo que esta línea continuaba hacia arriba —explicó, recorriendo una de las manchas sin tocarla—. O quizá era la siguiente. Había dos signos muy parecidos y ahora no sé cuál estaba aquí.
—Volveremos —intervino Mati desde el lugar donde se había sentado—. Cuando deje de llover podemos regresar y copiarlas otra vez.
Vilma lo miró con incredulidad.
—Cruzamos un río, encontramos un animal que intentó atacarnos y casi no alcanzamos a llegar aquí antes de que oscureciera. Tu pie sigue hinchado, aunque no lo sientas, y ni siquiera sabemos si el monolito continuará igual cuando volvamos.
Mati se apoyó contra la pared y levantó ambas manos.
—Era un intento de ser optimista.
La tensión en el rostro de Vilma disminuyó apenas.
—Lo sé.
Volvió a mirar las manchas. Elian se sentó a su lado y tomó la tablilla que conservaba el signo más claro.
—Esto todavía sirve —dijo, inclinándola hacia la luz.
Vilma negó lentamente.
—Es una figura sin contexto.
—También sabemos que algunos grupos se repetían —añadió Elian.
—Sabemos que creímos verlos repetirse —lo corrigió ella—. Sin las copias no podemos comprobarlo.
Pipe regresó desde la entrada. Había utilizado unas ramas para desviar parte del agua que descendía por la pendiente, aunque su ropa estaba demasiado empapada para que aquello marcara alguna diferencia.
—¿Qué se arruinó? —preguntó mientras se sacudía las gotas de los brazos.
Mati señaló las tablillas con una expresión solemne.
—Nuestro primer intento de traducir a los antiguos habitantes de la isla.
Vilma giró la cabeza hacia él.
—No estábamos traduciendo nada.
—Entonces nuestro primer intento de copiar cosas que tampoco entendíamos —rectificó Mati.
Pipe observó las manchas desde donde estaba.
—Eso suena menos importante.
Vilma le dirigió una mirada que bastó para que levantara las manos.
—No dije que no lo fuera —aclaró Pipe.
Elian devolvió la tablilla al suelo con cuidado.
—Dejemos que se sequen. Mañana veremos cuánto se puede rescatar con luz natural.
Vilma mantuvo la vista sobre ellas durante unos segundos más. Finalmente puso una hoja seca debajo de cada una y las dejó cerca de la pared, lejos de la entrada.
—Que nadie las mueva —advirtió mientras acomodaba la canasta a su lado.
Pipe se apartó un paso.
—Ni siquiera pensaba acercarme.
La lluvia continuaba cayendo con fuerza, pero el agua seguía escurriendo por debajo de la entrada, tal como Iván había previsto. El suelo de la cámara permanecía seco. Las luces azuladas de las larvas apenas permitían distinguir las siluetas cuando apagaban los teléfonos, aunque resultaban suficientes para reconocer las paredes y evitar las piedras más grandes.
Repartieron la fruta que quedaba. Ninguno sabía cuánto tiempo tendrían que esperar antes de cruzar el río, de modo que conservaron una parte dentro de la canasta. Los recipientes improvisados todavía contenían agua, pero la savia escapaba lentamente por las uniones. Bebieron antes de perderla.
Pipe recogió algunas ramas protegidas bajo el borde de la entrada. La mayoría estaban húmedas, pero encontró trozos de corteza y madera suficientemente secos en las partes que habían quedado pegadas a la roca. Los dejó formando una pila pequeña.
Elian observó el material acumulado.
—No conseguiremos encenderlas ahora.
—Tal vez mañana estén más secas —respondió Pipe mientras revisaba otro trozo de corteza.
—¿Para qué quieres fuego dentro de la cueva? —preguntó Elian.
Pipe miró hacia la cortina de lluvia que cubría la entrada.
—Para no pasar otra noche temblando con la ropa mojada. O para ahuyentar algo si resulta que no somos los únicos que encontraron este lugar. Prefiero tenerlas y no necesitarlas.
Iván examinó la pila desde el suelo.
—No son suficientes para mantener un fuego durante mucho tiempo.
Pipe dejó la última rama encima de las demás.
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romance lento y tenso, supervivencia en una isla misteriosa, monolitos de origen desconocido
Editado: 19.10.2026