Muros de Ceniza

Capitulo 01: El sabor del desastre

El dinero puede comprar el champán más caro del mundo, pero no el autocontrol.

Ginebra observó las burbujas doradas subir por las paredes de su copa de cristal antes de darle otro trago largo. Su cabeza ya empezaba a flotar en una neblina peligrosa. La fiesta anual de la Corporación Vance era un despliegue obsceno de opulencia: candelabros de cristal que derramaban luz ámbar, música de cuerda que vibraba en las paredes de mármol y trajes de alta costura que desfilaban por el salón principal del hotel más lujoso de la ciudad. Toda cortesía del hombre que gobernaba sus días y sus noches de trabajo.

Arthur Vance.

Gin desvió la mirada hacia la zona VIP, un reservado custodiado por pilares de granito. Allí estaba él. A sus veintinueve años, Arthur no solo era el hombre más rico del país; era un monumento a la arrogancia. Vestía un traje gris Oxford hecho a medida que acentuaba sus hombros anchos y un físico impecable que parecía esculpido en piedra. Su rostro, de facciones duras y mandíbula rígidamente marcada, permanecía serio mientras hablaba con unos inversionistas extranjeros. Jamás sonreía. Era fiero, estricto y cargaba con una reputación legendaria: no dejaba que nadie tuviera la razón más que él.

Y, sobre todo, odiaba las distracciones emocionales. "Prohibido el romance en la oficina", rezaba la maldita circular corporativa que él mismo firmaba y renovaba con puño de hierro cada año. Un recordatorio implacable de que en su imperio solo había espacio para la productividad. Un mandato que Gin intentaba grabarse a fuego en la mente cada mañana, ignorando deliberadamente los vuelcos salvajes que daba su corazón cada vez que él se inclinaba demasiado sobre su escritorio para revisar unos informes.

—¿Te encuentras bien, Gin? Puedo acompañarte si me necesitas... —la voz de uno de los analistas de finanzas la sacó bruscamente de sus pensamientos. El joven la miraba con una mezcla de admiración y timidez. No era el primero esa noche; el escritorio de Gin solía amanecer lleno de flores, cartas y bombones que ella siempre terminaba regalando o archivando. A sus veintitrés años, su deslumbrante belleza e inteligencia la hacían el blanco de todas las miradas, pero hasta ahora, nadie había logrado despertar su interés, a excepción de alguien: Su jefe.

—Estoy bien, de verdad. Solo... necesito un poco de aire —mintió Gin, dedicándole una sonrisa forzada que no llegó a sus ojos.

Dio media vuelta y se marchó a toda prisa, esquivando a la multitud perfumada. El alcohol había sido una pésima idea; su tolerancia era baja y el champán estaba haciendo estragos. Sus piernas se sentían de trapo y el pasillo alfombrado del hotel comenzó a dar vueltas. Buscando la tranquilidad de los baños o un rincón apartado donde recuperar la compostura, se adentró en el ala ejecutiva del complejo, donde las luces eran más tenues y el bullicio de la fiesta se disolvía en un eco lejano.

Apenas podía mantener los ojos abiertos. Se tambaleó, perdiendo el equilibrio por culpa de los tacones de aguja, y extendió las manos esperando el doloroso impacto contra el suelo.

Pero el suelo nunca llegó.

En su lugar, chocó de lleno contra una superficie sólida, ancha y sumamente cálida. Un par de brazos firmes como tenazas de acero la sujetaron por los hombros con una fuerza brusca pero segura, evitando que cayera. Gin jadeó, apoyando las palmas de sus manos en el pecho del desconocido para estabilizarse. A través de la fina tela de la camisa de seda, pudo sentir los músculos tensos y el latido rítmico de un corazón poderoso. Olía a madera, a tabaco caro y a un perfume magnético que reconocería en cualquier rincón del mundo.

Alzó la vista, parpadeando con pesadez mientras intentaba enfocar.

Los ojos oscuros, casi negros, y penetrantes de Arthur Vance la miraban fijamente, cargados de una intensa mezcla de sorpresa y fría severidad. La distancia entre ellos era inexistente; Gin podía sentir el calor de su respiración en la frente. La neblina del alcohol en su cerebro distorsionó por completo el peligro, transformando su habitual sumisión profesional en una audacia desmedida y temeraria. Lo miró fijamente, detallando la línea dura de su boca.

—¿P...? ¿Por... por qué eres tan guapo de cerca...? —balbuceó Gin, con la voz pastosa pero arrastrada por un deseo reprimido durante meses—. ¿Puedo darte un beso...?

La pregunta flotó en el aire del pasillo vacío, descarada, prohibida y letal.

El agarre de Arthur en sus hombros se tensó tanto que los nudillos del magnate se volvieron blancos. Sus ojos se oscurecieron aún más, brillando con una chispa peligrosa que Gin jamás le había visto en las juntas de negocios. El hombre inflexible, el dictador que prohibía el amor, bajó la cabeza lentamente, deteniéndose a milímetros de sus labios.

—Eres mi secretaria —dijo Arthur, con una voz firme, estricta y profunda, pero con un matiz ronco que delató una repentina y oscura excitación—. ¿Sabes siquiera lo que estás haciendo ahora mismo?

Gin no respondió con palabras. Llevada por el impulso de la embriaguez, se empinó sobre sus talones y acortó la distancia, rozando sus labios con los de él. Fue un contacto efímero, un chispazo eléctrico que rompió el raciocinio de Arthur. Con un gruñido ahogado, el jefe la empujó contra la pared del pasillo, devorando su boca en un beso posesivo, duro y hambriento que pareció castigarla y adorarla al mismo tiempo. Gin gimió entre sus labios, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Arthur, perdiéndose en la vorágine de un fuego prohibido.




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