Al día siguiente, después de darme una ducha, empecé a arreglarme.
Nunca en mi vida me había levantado tan temprano.
Eran apenas las seis de la mañana y yo ya estaba frente al espejo intentando convencerme de que aquello realmente estaba pasando.
Me puse el uniforme, desayuné algo rápidamente y terminé de revisar que no me faltara nada antes de salir.
Entonces escuché el ruido de un auto afuera.
Mi teléfono vibró casi al mismo tiempo.
Era Jeremías.
Ya llegué.
Miré la hora.
—Este tipo no sabe lo que significa dormir.
Guardé el teléfono, me despedí de mamá y salí de la casa.
El auto de Jeremías estaba estacionado frente a la entrada. Caminé hasta él y subí al asiento del copiloto.
—Buenos días —dije.
—Buenos días, cariño.
Giré la cabeza lentamente para mirarlo.
—No empieces.
Jeremías sonrió.
—Tenemos que practicar.
—Son las seis de la mañana.
—Precisamente. Hay que empezar temprano.
Negué con la cabeza y busqué el cinturón de seguridad.
Cuando estaba a punto de tomarlo, Jeremías sujetó mi mano y la apartó suavemente.
—¿Qué haces?
Sin responder, tomó el cinturón y me lo abrochó él mismo.
Después me miró con toda la tranquilidad del mundo.
—Desde hoy, solo yo debo hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque si quieres tener novio, tienes que aceptar que haga este tipo de cosas.
—¿Y desde cuándo abrocharme el cinturón es cosa de novios?
—Desde ahora.
Puse los ojos en blanco.
—Estás loco.
—Puede ser.
Se acomodó en su asiento.
—Y no te pongas nervioso.
—No estoy nervioso.
—Lo estás.
—No.
—Gian, si sigues poniéndote así, será demasiado evidente que esto es mentira.
—Entonces deja de hacer cosas raras.
—No puedo. Tengo que parecer tu novio.
Me quedé callado.
Jeremías se puso el cinturón y luego extendió una mano hacia mí.
—Pásame tu teléfono.
Lo miré.
—¿Para qué?
—Primera lección.
—¿Cuál?
—Vamos a revisar cómo tienes guardado mi número.
—¿En serio?
—En serio.
Suspiré y terminé entregándoselo.
Jeremías desbloqueó la pantalla y buscó su contacto.
—A ver…
Frunció el ceño.
—¿Cómo me tienes agregado?
—Jeremías.
—Solo quiero saber.
—Como Jeremías.
Me miró como si acabara de cometer el peor error de mi vida.
—Eso no sirve.
—¿Por qué no?
—Si somos novios, tienes que ser algo más obvio.
—¿Y qué quieres que ponga?
—Algo así.
Comenzó a escribir y después me mostró la pantalla.
Había cambiado mi contacto.
Ahora aparecía:
Novio ❤️
Lo miré en silencio.
—¿En serio?
—Sí.
—Estás enfermo.
—Es perfecto.
—Es ridículo.
—Es convincente.
—Es ridículo.
—Ya dijiste eso.
Le quité el teléfono de las manos.
—¿Y tú cómo me tienes a mí?
Un pequeño sonrojo apareció en mis mejillas antes de que pudiera evitarlo.
Jeremías sonrió.
—Pues tú, ¿qué crees?
Sacó su propio teléfono y me mostró la pantalla.
Mi nombre aparecía guardado como:
Cariño ❤️
Me quedé mirándolo unos segundos.
—¿Por qué me tienes así?
—¿No te gusta?
—No es eso.
—Entonces puedo cambiarlo.
—¿A qué?
—A «bb».
Lo miré inmediatamente.
—¡No!
Jeremías soltó una carcajada.
—Entonces déjalo así.
—Pero ¿por qué no simplemente me pones algo como «novio»?
—Porque yo soy el novio.
Se señaló a sí mismo con una sonrisa.
—Obviamente tiene que ser algo mucho más…
Hizo una pausa, buscando la palabra.
—¿Cómo decirlo?
—No sé.
—Algo como marcar territorio, ¿entiendes?
—¿Marcar territorio?
—Exactamente.
—No eres un perro.
—Nunca dije que lo fuera.
—A veces te comportas como uno.
—Y aun así aceptaste salir conmigo.
—¡Es falso!
—Pero aceptaste.
Abrí la boca para responderle, pero él ya estaba arrancando el auto.
Miró la hora.
—Además, ya se nos está haciendo tarde.
—¿Tarde? ¡Son las seis y media!
—Exactamente. Tenemos que llegar antes que todos.
—¿Y por qué?
Jeremías sonrió mientras sacaba el auto de la entrada.
—Porque si vamos a convencerlos de que somos novios…
Me miró durante un segundo.
—Tenemos que hacerlo bien.
Y así, con un contacto absurdo en nuestros teléfonos, una lista de reglas que ninguno de los dos pensaba romper y una relación que oficialmente no existía, nos dirigimos al instituto.
Llegamos al instituto unos minutos después.
Apenas Jeremías estacionó frente a la entrada, me dispuse a quitarme el cinturón para bajar, pero antes de que pudiera abrir la puerta, su mano me detuvo.
—Quédate aquí.
—¿Por qué?
—Solo hazme caso.
No tuve tiempo de preguntar nada más.
Jeremías bajó del auto, rodeó el vehículo y caminó hasta mi puerta.
La abrió.
Y entonces me miró con una sonrisa.
—Baja.
Lo miré como si acabara de perder la cabeza.
—¿En serio?
—Vamos.
Bajé.
Y fue entonces cuando entendí por qué había insistido tanto en hacer las cosas de aquella manera.
Todos nos estaban mirando.
Algunos estudiantes que estaban cerca comenzaron a murmurar entre ellos. Otros directamente se quedaron observándonos sin ningún tipo de disimulo.
Era evidente que la pregunta estaba circulando por todos lados.
¿Con quién había venido Jeremías?
Y cuando me vieron salir del auto, las miradas aumentaron.
Algunos parecían sorprendidos.
Otros confundidos.
Y unos cuantos simplemente comenzaron a cuchichear.
Yo quería desaparecer.
—Jeremías…
—Quédate aquí un momento.