Novio Por Venganza

CAPITULO VII

¿Ustedes creen que esto acabó aquí?

¿Que después de llegar al salón y soportar unas cuantas miradas todo iba a volver a la normalidad?

Pues adivinen.

No.

Todo no hizo más que empeorar.

Las cosas fueron de mal en peor, hasta el punto de que, durante algunos momentos, llegué a pensar que mi madre iba a terminar mandándome a vivir a otro país con tal de no escuchar un solo rumor más sobre nosotros.

Aunque esa sensación se me pasó bastante rápido cuando observé la cara de insatisfacción de una persona.

Sí.

De esa persona.

Pero bueno, mejor vayamos por partes.

La hora del almuerzo llegó finalmente.

Apenas sonó el timbre, todos comenzaron a levantarse de sus asientos y a salir del salón. Yo hice lo mismo y me acerqué a mi mochila para recogerla del suelo.

No llegué a tocarla.

Jeremías se adelantó, la recogió y se la colocó sobre uno de sus hombros como si fuera suya.

—¿Qué haces?

—Te llevo la mochila.

—Puedo llevarla yo.

—Ya sé.

—Entonces dámela.

—No.

—Jeremías.

—Gian.

Lo miré con fastidio.

Él simplemente sonrió.

Después tomó una de mis manos y tiró de mí hacia la salida.

—Vamos.

—¿Por qué tienes que hacer todo esto?

—Porque somos novios.

—Falsos.

—Eso no lo sabe nadie.

—Yo sí.

—Entonces actúa mejor.

No tuve oportunidad de responderle porque ya me estaba arrastrando por el pasillo.

Y cuando digo que Jeremías estaba pegado a mí como un chicle, no estoy exagerando.

Caminaba a mi lado, llevaba mi mochila y no soltaba mi mano.

Cada vez que alguien nos miraba, parecía hacerlo todavía más.

Finalmente llegamos al comedor.

Jeremías miró alrededor buscando un lugar libre hasta que encontró una mesa cerca de una de las ventanas.

—Aquí.

Me hizo sentarme y dejó mi mochila junto a mí.

Después se sentó frente a mí.

—¿Qué quieres comer?

—Lo que sea.

—Eso no es una respuesta.

—Entonces elige tú.

—Perfecto.

Se levantó y fue hacia el comedor.

Lo observé alejarse entre los estudiantes mientras algunas personas todavía nos miraban y murmuraban.

No entendía cómo podía actuar con tanta naturalidad.

Yo sentía que todo el mundo podía descubrir nuestra mentira en cualquier momento.

Después de unos minutos, Jeremías regresó con ambas comidas en las manos.

Dejó una frente a mí y la otra frente a él.

—Listo.

—Gracias.

—Espera.

Volvió a levantarse.

—¿Ahora qué?

—Los refrescos.

Desapareció otra vez.

Unos minutos después regresó cargando varios vasos.

—Traje dos —comentó mientras los colocaba sobre la mesa—. No sabía cuál te gustaba, así que traje cuatro.

Lo miré.

—¿Cuatro?

—Bueno, dos para cada uno.

Señaló los vasos.

—¿Cuál quieres?

Miré los refrescos.

—Quiero el de cereza.

—Toma.

Agarró uno de color anaranjado y lo acercó hacia él.

—¿Y este a qué sabe?

Me señaló el vaso con un dedo.

Entonces entendí.

—¿Quieres probar?

Asintió.

Le pasé mi bebida.

Jeremías tomó el vaso con ambas manos y bebió un sorbo.

Yo permanecí observándolo durante unos segundos.

—¿Y?

—Está bueno.

Me devolvió el vaso.

Lo tomé nuevamente.

Y fue justo entonces cuando me di cuenta de algo.

El comedor estaba lleno de murmullos.

Voces que llegaban desde distintos lugares.

Algunos parecían aprobar nuestra relación.

Otros claramente no.

—¿Son novios de verdad?

—No puedo creerlo.

—Hacen buena pareja.

—Yo no los veo juntos.

—Jeremías nunca había durado tanto con nadie.

—¿Desde cuándo están saliendo?

Las voces se mezclaban unas con otras hasta convertirse en una ola constante de cuchicheos.

Yo intentaba ignorarlas.

Jeremías, en cambio, parecía encantado con toda aquella atención.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

—Creo que están empezando a creérselo.

—Ese es el objetivo.

—Entonces lo estamos haciendo bien.

Lo miré.

—Demasiado bien.

Jeremías sonrió.

—Eso no es algo malo.

No respondí.

Porque, aunque todavía no quería admitirlo, había algo extraño en todo aquello.

Una relación que no existía comenzaba a parecer demasiado real.

Y apenas llevábamos un día.

Poco tiempo después, justo cuando iba a probar un bocado de mi comida, llegaron los amigos de Jeremías. Uno de ellos se lanzó directamente hacia él y lo abrazó con tanta fuerza que parecía decidido a dejarlo sin aire, mientras otro le daba unos golpecitos en el brazo entre risas y los otros dos simplemente observaban la escena de lo más divertidos.

—Miren nada más —dijo el que prácticamente se le había tirado encima—. No me digas que ahora tienes novio.

Jeremías señaló hacia mí con un dedo.

—Ese.

Todos voltearon a mirarme al mismo tiempo. Yo levanté ligeramente las cejas, sin saber muy bien qué hacer con la situación, mientras Jeremías giraba la cabeza hacia mí. Me miró fijamente durante unos segundos y, sin dudarlo, asintió.

Los otros se miraron entre ellos y, de inmediato, comenzaron a reírse como si acabaran de escuchar la cosa más increíble del mundo.

—¡No puede ser! —exclamó uno—. ¿Al fin alguien pudo amarrarte?

—Jeremías, no puedo creerlo —añadió otro, negando con la cabeza—. Esto es más imposible que encontrar un estúpido trébol de cuatro hojas.

—No, no, no. Esta no me la creo.

Sin más preámbulos, Jeremías hizo a un lado a su amigo y se acercó un poco más, como si necesitara comprobar con sus propios ojos que aquello era verdad.

Jeremías, en cambio, no pareció ponerse nervioso en lo más mínimo, mientras se acercaba a mi lentamente.

Se deslizó hasta quedar a mi lado y pasó uno de sus brazos por encima de mis hombros, atrayéndome ligeramente hacia él. Yo lo miré de reojo, completamente confundido por lo rápido que estaba actuando.




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