—¡GIAN!
Escuché que gritaban mi nombre desde algún lugar de la cafetería y sentí que se me congelaba la sangre.
—Mierda...
Era mi mejor amiga.
Demonios, me había olvidado por completo de decirle que estaba con Jeremías.
Antes de que pudiera siquiera pensar en una excusa, apareció frente a nuestra mesa con los brazos cruzados y una expresión que dejaba bastante claro que estaba a punto de hacerme un interrogatorio.
—Gian, ¿cómo pudiste? ¡No me dijiste absolutamente nada de esto! —exclamó, señalándonos alternativamente—. ¿Qué haces ahora saliendo con este matón?
Señaló a Jeremías con una mano, haciendo un pequeño berrinche.
Jeremías levantó ambas manos en señal de defensa.
—No soy un matón...
Mi amiga levantó una ceja.
Jeremías la miró durante un par de segundos.
—Bueno, sí soy un matón —admitió finalmente—, pero no encuentro ningún problema con que salga con Gian.
—Pues es obvio —respondió ella, como si acabara de demostrar un punto importantísimo—. Eran amigos. ¿Cómo es que puedes salir con un amigo? ¡Siempre termina mal! Es decir, o se termina la amistad o se separan para siempreeeee.
Lo dijo con tanto dramatismo que varias personas de las mesas cercanas voltearon a mirarnos.
—Ya, ya —intervine rápidamente—. Siéntate y tranquilízate.
Ella tomó una silla y se sentó frente a nosotros, aunque por la expresión de su rostro sabía perfectamente que aquello no significaba que hubiera terminado.
Se acomodó, respiró profundamente y me señaló con el dedo.
—Bien. Cuéntame todo.
—¿Todo?
—Todo. ¿Cómo se hicieron novios? ¿En qué momento? ¿Cómo te lo pidió? ¿Por qué te lo pidió? ¿Y por qué justo este tipo?
Volvió a señalar a Jeremías.
Abrí la boca para responder, pero Jeremías se me adelantó.
—En primer lugar, nos hicimos novios un día en medio de la noche, en el parque.
Mi amiga parpadeó.
Yo también.
Aquello no era exactamente mentira, pero definitivamente estaba contando la historia de una manera que podía hacer que todo sonara mucho más dramático de lo que realmente había sido.
—Segundo —continuó Jeremías, levantando un dedo—, se lo pedí varias veces hasta que al fin aceptó.
—¿Varias veces? —preguntó ella, mirándome.
Yo asentí lentamente, intentando no pensar demasiado en la cantidad de detalles que estábamos inventando.
—Tercero, se lo pedí porque me gusta mucho. En serio, bastante.
Mi cara volvió a calentarse.
—Y cuarto —añadió Jeremías, cruzándose de brazos—, ¿qué tiene de malo que sea yo?
—¡Todo! —respondió ella inmediatamente.
—¿Todo qué?
—¡Eres tú!
—Eso no es un argumento.
—¡Claro que sí!
Y así comenzó otra discusión.
Mi mejor amiga defendía que Jeremías era la peor persona que podía haber elegido como novio, mientras él se empeñaba en demostrarle que podía ser perfectamente capaz de tener una relación sin arruinarla en los primeros cinco minutos.
Yo permanecía en medio de ambos, preguntándome en qué momento mi almuerzo tranquilo se había convertido en un juicio público sobre mi vida sentimental.
Después de varios minutos de discusión, mi amiga finalmente se quedó en silencio.
Nos miró a los dos.
Primero a Jeremías.
Después a mí.
Entrecerró los ojos como si acabara de tener una revelación.
—Está bien —dijo lentamente—. Tengo una última pregunta.
Algo en su tono hizo que mi estómago se revolviera.
—¿Qué pregunta? —pregunté.
Ella apoyó los codos sobre la mesa y nos observó con absoluta seriedad.
—Si ustedes dos eran mejores amigos antes de empezar a salir...
Hizo una pausa.
Jeremías dejó de sonreír.
Yo tragué saliva.
—...¿quién se enamoró primero?
El ambiente entre nosotros se volvió turbio y espeso. Yo solo quería desaparecer, desintegrarme y salir corriendo de allí. ¿Por qué tenía que hacer justamente esa pregunta?
Volteé a mirar a Jeremías.
Su expresión era completamente neutral.
Durante unos segundos no dijo nada. Entonces, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Me miró fijamente, extendió una de sus manos y tomó una de las mías con firmeza.
—Acabas de hacer una pregunta muy privada —dijo—, pero como eres su mejor amiga, creo que puedo decírtelo.
Mi amiga guardó silencio.
Jeremías cambió la expresión. Su mirada se volvió seria, tan intensa que por un instante sentí que podía atravesarme con ella y descubrir hasta los secretos que yo mismo intentaba ocultar.
Entonces comenzó a hablar.
—Gian me ha gustado desde hace un año.
Abrí los ojos.
¿Qué?
—Pero como él tenía novia, nunca quise que su relación terminara por mi culpa. ¿Si me dolía verlo con ella? Claro que sí. Pero no tenía otra opción.
Mi corazón dio un vuelco.
Aquello no estaba en nuestro acuerdo.
Ni siquiera sabía de dónde estaba sacando semejante historia.
—Luego, cuando él decidió que quería terminar con ella, yo le pedí que saliera conmigo. Y creo que de eso ya fueron unos tres o cuatro meses.
Mi amiga lo escuchaba atentamente.
Yo, en cambio, estaba empezando a preguntarme si Jeremías se había olvidado de que todo aquello era una mentira.
—Él siguió en su relación y, cuando fue demasiado obvio que ella lo engañaba con otro, lo llevé a la fiesta para que pudiera verlo con sus propios ojos y finalmente decidiera terminar con ella. Después de eso decidimos que ya no tenía sentido seguir ocultando nuestra relación. Al fin y al cabo, no hacíamos nada malo.
Hizo una pequeña pausa.
—Solo nos amábamos.
Casi me atraganté con mi propia respiración.
¿Solo nos amábamos?
Aquello se estaba saliendo completamente del guion.
Jeremías giró la cabeza hacia mi amiga.
—Pero eso sí, te prometo algo.
Su voz adquirió un tono mucho más serio.
—Te prometo que cuidaré de él con mi vida. Que haré todo lo posible para hacerlo feliz, que estaré a su lado cuando me necesite y que pienso darle todo lo que necesite de mí.