Novio Por Venganza

CAPITULO IX

Pero no pude analizar correctamente sus palabras, porque apenas habíamos avanzado unos pasos cuando nos encontramos con mi exnovia, tomada de la mano con el archienemigo de Jeremías; es decir, el otro popular con el que se había estado besando en la fiesta de la noche anterior.

—Ohhh, cariño —dijo ella con sarcasmo al verme—. Estás aquí. Ayer te fuiste muy rápido y no pude presentarlos. Él es Gian, mi exnovio, y él es Martín, mi actual pareja.

Apenas volteé a mirar a Jeremías, tuve que ahogar una risa.

Tenía la expresión de alguien que acababa de presenciar la cosa más desagradable de toda su vida. Parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por no decir absolutamente nada.

—¿Te pasa algo? —preguntó Martín.

Oh, no.

—¿Hay algún problema? —continuó, mirando directamente a Jeremías—. ¿Por qué pones esa cara?

—No, nada —respondió Jeremías con una tranquilidad que, por alguna razón, me preocupó todavía más.

Cuando comenzaba a tranquilizarme, añadió:

—Es que alguien dijo por ahí que las personas suelen atraer a gente de su misma categoría.

Miró a mi exnovia y después a Martín de pies a cabeza.

Martín alzó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué dices eso?

Jeremías sonrió de lado.

—Porque a mierdas como tú siempre les atraen mujeres como ella.

Sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo.

—Jeremías...

Pero ya era demasiado tarde.

Martín lo agarró de la camisa y lo acercó bruscamente hacia él.

—¿Qué demonios estás diciendo, tarado?

Jeremías no respondió. Simplemente apartó su mano, se acomodó la camisa y volvió a tomarme de la mano como si nada hubiera pasado.

Incluso al pasar junto a Martín, chocó deliberadamente su hombro contra el suyo.

—¡Oye! —gritó Martín detrás de nosotros.

Seguimos caminando.

Al menos durante dos pasos.

—¿Acaso tú eres un santo? —escuché que gritaba—. ¡Mírate, saliendo con un hombre, con tu mejor amigo! ¡Con un estúpido que no sabe hacer nada más que dar lástima!

Apreté con fuerza la mano de Jeremías.

—Déjalo —murmuré—. Vámonos.

Pero Martín todavía no había terminado.

—¡Y encima eres un hipócrita! ¡Dejaste muy mal a mi novia porque le fuiste infiel con el!

Jeremías se detuvo.

Sentí cómo su mano se tensaba dentro de la mía.

—No le hagas caso —dije rápidamente.

Tiré suavemente de él para que continuara caminando.

Por un segundo pensé que lo había conseguido.

Entonces Martín dijo algo que hizo que todo cambiara.

—De seguro ya te acostaste con él, ¿verdad? De seguro Gian ya no es virgen. De seguro ya se metió contigo...

No terminó la frase. Jeremías soltó mi mano y se dio la vuelta.

Lo siguiente ocurrió tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar.

Jeremías se acercó a Martín y le dio un golpe que hizo que retrocediera y terminara en el suelo. Antes de que pudiera continuar, me interpuse junto con otras personas que se habían acercado al escuchar los gritos.

—¡Jeremías, basta!

Finalmente se apartó.

Respiraba agitado y tenía la mirada fija en Martín.

—Que sea la última vez que te metes con mi novio, ¿oíste? —dijo con firmeza—. Él no tiene absolutamente nada que ver contigo. Así que deja de meterlo en tus problemas.

Martín no respondió. Jeremías se acomodó nuevamente la ropa, tomó mi mano y tiró de mí.

—Vámonos.

No dije nada. Simplemente lo seguí.

Mientras nos alejábamos de aquel lugar, podía sentir que todavía tenía la sangre hirviendo.

Pero había algo que no podía dejar de pensar.

Jeremías podía bromear, inventar historias y hacer que todo pareciera parte de nuestro falso romance.

Pero en cuanto Martín había cruzado aquella línea conmigo...

Jeremías había dejado de actuar.

Jeremías me arrastraba prácticamente de la mano hacia la salida. Su agarre era tan fuerte que estaba cien por ciento seguro de que, si seguía apretándome de aquella manera, terminaría dejándome una marca en la piel.

—Jeremías, más despacio —murmuré, intentando seguirle el paso.

Pero parecía no escucharme. Continuaba caminando con el ceño fruncido, maldiciendo entre dientes y lanzando comentarios que, sinceramente, prefería no repetir.

Cuando ya no pude soportarlo más, tiré de su mano con todas mis fuerzas.

—¡Jeremías, suéltame!

Aquello pareció devolverlo a la realidad. Se detuvo de golpe y aflojó los dedos, soltándome finalmente. Después se pasó una mano por el cabello y comenzó a maldecir al aire de todas las maneras posibles.

—Maldito imbécil... ¿Quién demonios se cree que es para decir semejantes estupideces?

Lo observé durante unos segundos, todavía intentando recuperar el aliento. Entonces me fijé en su mano.

Tenía una herida.

—Jeremías, ¿qué te pasó?

—Nada.

—¿Cómo que nada? Tienes la mano herida.

Intentó esconderla, pero ya era demasiado tarde. Me acerqué, tomé su mano con cuidado y la examiné.

—Ven conmigo.

—Gian, estoy bien.

—No te pregunté si estabas bien. Te dije que vinieras conmigo.

Por primera vez desde que habíamos salido de la cafetería, Jeremías se quedó callado.

Lo llevé hasta un banco y le indiqué que se sentara. Después busqué lo necesario para limpiarle la herida y vendarle la mano. Él no protestó, aunque tampoco dejó de mirarme ni un solo segundo.

Podía sentir su mirada fija sobre mí mientras me concentraba en lo que estaba haciendo.

—Deja de mirarme así —murmuré.

—¿Así cómo?

—Como si tuvieras algo que decir.

—Quizá lo tengo.

Levanté la vista.

Y entonces lo noté.

Había algo diferente en sus ojos. Ya no tenía aquella expresión burlona de siempre, ni la sonrisa que utilizaba cada vez que quería molestarme. Su mirada era seria, intensa, y por alguna razón me hizo olvidar lo que estaba a punto de decir.

—¿Qué pasa? —pregunté en voz baja.




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