Te vendo a mi hermana

Capítulo 1

Itzel estaba disfrutando de su café matutino, saboreando los escasos minutos de absoluta tranquilidad que la mañana le regalaba antes de que sus amados hijos decidieran despertar. Sin embargo, con el estómago vacío y una pereza monumental ante la idea de tener que cocinar, su mente vagó perezosamente hasta su mejor amiga y vecina, Morgan. Sin pensarlo dos veces, abrió su chat y le envió un mensaje directo al grano:

— Deme de comer —escribió rápidamente, esperando ser rescatada de la cocina sin mover un solo dedo.

Como Morgan tardaba una eternidad en responder, a Itzel no le quedó de otra más que bombardear el chat con una avalancha de stickers dramáticos de gatitos llorando. Minutos después, el teléfono vibró.

— Estoy trabajando, bruja. Prepárate algo —fue la seca respuesta de Morgan, quien no pudo evitar suspirar en su oficina al ver que su amiga, lejos de rendirse, inundaba de nuevo su WhatsApp con más imágenes de pucheros y lágrimas virtuales.

— Eres mala, ¡Teresa! ¿Ves cómo estoy? Me estoy separando, estoy sin un peso, tengo que pagar los préstamos... ¡Deme plata! —tecleó Itzel con exagerada tragedia.

Del otro lado de la pantalla, Morgan soltó una carcajada disimulada en medio de su jornada laboral. Definitivamente, esa mujer tenía un talento nato para el drama digno de una telenovela de la tarde.

— Vamos a venderte a alguien con mucho dinero que nos saque de pobres —propuso Morgan en tono de burla.

— Usted se quiere deshacer de mí, ya no la quiero —contestó Itzel con un toque de falsa ofensa.

Ambas dejaron de escribir de golpe: Morgan porque sus obligaciones laborales la reclamaban, y la otra porque, de pronto, sus más grandes amores y dolores de cabeza del mundo entero decidieron hacer acto de presencia con el estómago rugiendo.

Mientras Itzel se ponía finalmente el delantal y encendía la estufa, los minutos pasaron con la rapidez de una pesadilla. En un descuido, no se percató de que la puerta trasera del patio se había quedado abierta y los niños se habían escabullido afuera. Cuando el silencio sospechoso la hizo voltear, el corazón le dio un vuelco.

Corrió al patio y se quedó helada: sus dos hijos estaban completamente embarrados de tierra de arriba a abajo, jugando a ser arqueólogos en el jardín. Pero el peor de todos era el pequeño Samy, quien lucía una capa de lodo tan espesa en la cara que parecía un pequeño monstruo de pantano, riéndose a carcajadas al ver la expresión de terror y resignación de su madre.

—Samy... no, no te rías. ¡Ay, no! Ahora los voy a tener que bañar a los dos, ¡esto no se vale! —exclamó Itzel llevándose las manos a la cabeza, sintiendo que la paciencia se le escurría entre los dedos.

El pequeño Samy, lejos de asustarse, soltó una carcajada aguda y salió corriendo despavorido hacia la sala, huyendo de su madre que lo perseguía con la toalla en mano. Las risas infantiles resonaron por toda la casa, convirtiendo el hogar en un caos absoluto. Itzel, corriendo detrás de ellos con una mezcla de agotamiento y ternura, ya no sabía si reír a carcajadas o sentarse en el suelo a llorar.

Por otro lado, a kilómetros de distancia, Morgan cumplía con sus compromisos profesionales asistiendo a una conferencia de marketing empresarial. Trataba de mantener la concentración en las diapositivas, pero sus labios se curvaban inevitablemente en una sonrisa cada vez que recordaba los audios y mensajes llenos de quejas de su vecina sobre las travesuras del pequeño Samy.

Todo marchaba perfectamente de acuerdo con el itinerario previsto... hasta que, de repente, algo rompió la atmósfera. Morgan notó con incomodidad la presencia de varios hombres con trajes oscuros, portando armas de fuego de manera discreta pero evidente apostados en las entradas del salón. Un escalofrío le recorrió la espalda. Le pareció sumamente extraño y peligroso, pero decidió morderse la lengua y no hacer preguntas. En las películas de acción, los que sabían demasiado o hablaban de más solían ser los primeros en morir, así que optó por la prudencia. Su trabajo era el marketing, no la seguridad nacional.

La conferencia concluyó sin más incidentes y, al terminar, el equipo de trabajo decidió ir a un restaurante cercano para almorzar y relajarse. El ambiente era distendido, lleno de risas y charlas sobre las métricas de la presentación, por lo que nadie notó que el establecimiento también parecía estar extrañamente vigilado por hombres de aspecto intimidante.

A mitad del almuerzo, Morgan se levantó de la mesa para ir al baño. Al caminar por el pasillo privado, pasó junto a un reservado con la puerta semiabierta. Iba a seguir de largo cuando una voz furiosa, estridente y desesperada la hizo detenerse en seco, pegando casi la oreja al resquicio.

—¡Soy el mafioso más poderoso de todo México! ¡Tengo millones a montones en cuentas que ni se imaginan, y no puedo comprarme una maldita esposa! —gritaba un hombre con acento imponente y evidente frustración.

—Señor, cálmese por favor. No es tan fácil... conseguir una esposa no es como ir al supermercado y comprar la despensa. A las mujeres hay que enamorarlas con detalles, con regalos, con flores... —suplicaba otro hombre con la voz entrecortada, sudando frío mientras intentaba calmar la furia de su jefe.

—¡No me importa lo que sea necesario! Pagaré los millones que hagan falta, pero quiero una esposa ya, y la quiero hoy mismo —sentenció el líder con tanta fuerza que se escuchó el estruendo de una mesa siendo volcada y platos rompiéndose contra el suelo.

Morgan parpadeó, procesando la escena en su mente por tres segundos completos. Recordó los préstamos de Itzel, el caos de los niños con lodo, el drama mañanero y su propia broma en el chat. Antes de que su cerebro prudente pudiera detenerla, su boca actuó por cuenta propia, empujando la puerta con total desparpajo.

—Te vendo a mi hermana —soltó Morgan sin inmutarse, interrumpiendo a la peligrosa mafia mexicana, mientras cruzaba los brazos y rezaba mentalmente para que Itzel no la matara (o para que el mafioso decidiera pagarle una millonada).




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