Te vendo a mi hermana

Capítulo 4

Capítulo 4

—¡Que no son zapatos de cemento, dramática! ¡Que el hombre está como le da la gana! —gritó Morgan, levantando las manos para frenar las caminatas en círculos de su amiga—. A ver, Itzel, procesa lo que te voy a decir: el tipo no parece un matón de película de tercera. Es un Don Maximiliano. Alto, de hombros anchos como puerta de refrigerador, barba impecable y un traje que huele a euros y poder. ¡Y tiene un buen banano, te lo firmo donde quieras! Un monumento de hombre, mami. Te estoy solucionando la vida y la soltería de un solo golpe.

—¡A mí qué me importa su banano, Morgan! —chilló Itzel, jalándose los cabellos mientras la respiración se le cortaba—. ¡Me vendiste! ¡Me subastaste como si fuera un lote de saldo! ¿Y si el tipo me pide que guarde paquetes sospechosos en la lavadora? ¿Y si me exige que aprenda a disparar una Uzi? ¡Yo con trabajo puedo prender la licuadora sin que me brinque la tapa! ¡Me van a matar, Morgan! ¡Nos van a balear la casa!

En ese preciso instante, ajeno por completo al destino de su madre como prometida de la delincuencia organizada, el pequeño Samy apareció corriendo desde el pasillo. Traía puesto únicamente un casco de bicicleta rojo, unos calzones de monitos al revés y los cachetes embarrados de lo que parecía ser crema dental combinada con mermelada.

El niño ignoró los gritos histéricos de Itzel, caminó con total parsimonia hacia Morgan y le dio un jalón en el pantalón.

—Tía Morgan —dijo Samy con una vocecita tierna y angelical, mirando hacia arriba con ojitos de ciervo degollado—. ¿Me trajiste dulces?

—¡No, Samy! ¡Tu tía Morgan no trajo dulces, lo que trajo fue una sentencia de muerte para tu madre! —bramó Itzel, llevándose las manos al rostro—. ¡Míralo, Morgan! ¡Mira a tu sobrino! ¿Vas a dejar a este ángel huérfano porque a ti se te ocurrió jugar a la empresaria con la mafia?

—A mí no me metas en tus broncas, mamá, yo nomás quiero un chocolate —murmuró Samy, cruzándose de brazos con un puchero tremendo.

—¡Samuel, vete a poner ropa ahora mismo! —ordenó Itzel al borde del colapso.

—¡No quiero! ¡Soy un dinosaurio en calzones! —rugió el niño a todo pulmón antes de salir disparado hacia el comedor.

Segundos después, se escuchó un estruendo seco. Cristian, venía patinando sobre el piso de madera usando dos cajas de cereal vacías en los pies como si fueran esquís de nieve. En las manos llevaba la escoba de la cocina y la utilizaba como remo para impulsarse a toda velocidad.

—¡Mamá, mira! ¡Soy un campeón olímpico! —gritó Cristian justo antes de estrellarse contra el mueble de la entrada, tirando un florero de plástico que afortunadamente no llevaba agua, pero haciendo volar tres paquetes de galletas por los aires.

—¡Cristian! ¡Las cajas de corn flakes no son patines! —alzó la voz Itzel, sintiendo que la arteria de la frente le iba a reventar en cualquier segundo—. ¡Los dos me van a volver loca! ¡Me voy a ir de esta casa! ¡Me voy a ir a vivir abajo de un puente!

—Pues apúrate, mamá, porque la tía Morgan ya te vendió —soltó Cristian con absoluta frescura mientras recogía una galleta del suelo y se la metía entera a la boca.

—¡Tú te callas y te vas a lavar las manos! —le gritó Itzel, sintiendo que el sudor frío le corría por el cuello. Se volvió hacia Morgan con el rostro desencajado—. ¿Ves esto? ¿Ves este manicomio? ¿Tú crees que Don Banano Gigante va a aguantar a este par de salvajes más de dos minutos? ¡Nos van a picar en cachitos a los tres y nos van a tirar al mar!

Morgan puso los ojos en blanco, sacó su teléfono del bolsillo y suspiró con profunda desilusión. La terquedad de Itzel era un obstáculo insuperable para sus finanzas personales.

—Evoluciona, mujer. Nadie va a picar a nadie —rezongó Morgan, marcando un número en la pantalla—. Eres una malagradecida. Te consigo un partidazo con dinero ilimitado y te pones a llorar por la dignidad. Está bien, si tú no quieres salir de la miseria, voy a tener que usar el plan B.

—¿Qué plan B? Morgan, ¿a quién le estás marcando? —preguntó Itzel, estrechando los ojos con paranoia.

Morgan no respondió. Pegó el celular a su oreja y esperó tres tonos hasta que la voz helada de Andreína resonó al otro lado de la línea.

—¿Qué quieres, Morgan? Estoy contando los minutos que me quedan de paz antes de que la loca de Itzel me vuelva a llamar para quejarse de la existencia —dijo Andreína sin el menor rastro de afecto.

—André, tenemos un negocio de nivel internacional —dijo Morgan en tono confidencial, dándole la espalda a Itzel—. Le conseguí un prometido millonario a la muerta de hambre de tu amiga. Un mafioso con un imperio, guapísimo, con un bananón de concurso. Pero la muy imbécil se está echando para atrás porque dice que le da miedo terminar flotando en un río.

Se hizo un silencio absoluto del otro lado de la línea. Se escuchó el sonido claro de un sorbo a una bebida helada.

—¿Cuánto dinero hay en la mesa? —preguntó Andreína, directa al grano, sin perder un solo segundo en detalles morales.

—Mucho. El tipo va a saldar todas las deudas de Itzel y a mí me va a pagar una comisión de intermediación exorbitante —explicó Morgan, bajando la voz—. Pero necesito que me ayudes a convencer a esta miedosa o, en su defecto, que me ayudes a armar la logística para entregársela al tipo sin que se nos escape.

—A ver, aclárame una cosa —interrumpió Andreína con su tono monótono y cortante—. Si yo muevo un solo dedo para ayudarte en esta locura, quiero mi tajada. Cincuenta y cincuenta de la comisión.

Morgan casi se ahoga con su propia saliva.

—¡¿Cincuenta por ciento?! ¡¿Estás demente, Andreína?! —chilló Morgan, olvidando el tono bajo—. ¡La idea fue mía! ¡El trabajo de campo en el restaurante lo hice yo! ¡Yo arriesgué la vida escuchando al mafioso detrás de la puerta! Te doy un diez por ciento y me estoy arriesgando.

—Treinta y cinco —sentenció Andreína sin inmutarse—. O si no, en este mismo instante le marco a Itzel y le digo cómo bloquearte de todas partes para que no la vendas. Además, tú nada más quieres el dinero para irte a España a buscarte a ese español sexy de la corte europea que te tiene suspirando. No seas tacaña, Morgan.




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