—¡Acepto el trato! ¿Dónde hay que firmar? —repetía Itzel, agarrándole la solapa del saco a Don Maximiliano como si se le fuera a escapar la única oportunidad de su vida para dejar de comer sopa instantánea.
Maximiliano ni siquiera pestañeó. Acostumbrado a que la gente se le arrodillara por miedo, tener a una mujer con la blusa al revés, despeinada y sujetándolo con garras de gato asustado le parecía la situación más bizarra y fascinante de su existencia.
—Tranquila, fiera. Primero hay que redactar las cláusulas —dijo el capo, acomodándose el cuello de la camisa sin perder la compostura—. No doy cheques en blanco sin garantías.
Antes de que Morgan pudiera meter su cuchara para defender su comisión, la puerta principal de la casa se abrió de par en par con un portazo que hizo temblar hasta los cuadros del pasillo. Un taconeo firme, seco y amenazante resonó en la sala.
Era Andreína.
La venezolana traía una maleta de mano arrastrando, unos lentes de sol gigantescos puestos a pesar de estar dentro de la casa y el celular pegado a la oreja mientras caminaba hacia ellas con cara de querer prenderle fuego a la ciudad entera.
Y Morgan creía que Andreina se había teletrasportado ya que había llegado demasiado rápido.
—¡Que no me estés gritando, Mar, por el amor de Dios! —exclamó Andreína por el teléfono, ignorando olímpicamente a los tres hombres armados que la miraron desde la entrada con las manos en las fundas—. ¡Te dije que venía a México a arreglar un negocio urgente! ¿Qué quieres que haga? ¿Que te lleve en el bolsillo? ¡Deja la lloradera!
Morgan y Itzel la miraron con la boca abierta.
—¿Qué haces aquí? —susurró Morgan, pasándose una mano por la frente—. Se suponía que ibas a ayudarme por teléfono, no que ibas a tomar un avión de inmediato.
—¿Y dejar que tú me estafes con mi veinticinco por ciento? Ni loca —respondió Andreína sin bajar el celular, fijando su mirada fría en Maximiliano, a quien repasó de arriba a abajo con absoluta indiferencia—. Además, la dramática de Mar me tiene la cabeza hecha un bombo desde que pisé el aeropuerto. Dice que la abandoné, que no la quiero, que soy una insensible y que si no regreso hoy mismo me va a enviar los papeles del divorcio de nuestra amistad. ¡Del divorcio, Morgan! ¡Ni siquiera estamos casadas y ya me quiere quitar la mitad de lo que no tengo!
—¡Dile que le vas a escribir una novela! —gritó Itzel desde el brazo de Maximiliano—. ¡A ella le encantan las historias románticas! ¡Ofrécele una novela gratis para reconquistarla!
—¡Cállate la boca, Itzel! —bramó Andreína, quitándose los lentes de sol para clavarle una mirada asesina—. ¡Bastante tengo con tus dramas de las pastillas como para ponerme a escribir literatura barata! Solo vine porque necesito mi parte del dinero. Se me venció la factura del internet y si me cortan el Wi-Fi en mi casa voy a cometer un crimen de verdad, y no virtual como los de tu futuro marido.
Maximiliano arqueó una ceja, mirando a la recién llegada. Estaba rodeado de tres locas peligrosas y dos niños destructores.
—¿Esta es tu abogada o tu prestamista? —le preguntó el capo a Morgan.
—Es la socia capitalista del área de cobranza —respondió Morgan, cruzándose de brazos—. Y exijo que nos sentemos a negociar la cifra ahora mismo antes de que la señora de los papeles del divorcio vuelva a llamar.
En ese preciso instante, el teléfono satelital que Maximiliano llevaba en el bolsillo interior de su saco comenzó a sonar con un tono metálico, chillón y reservado únicamente para emergencias de máxima seguridad. Los escoltas de la entrada se pusieron en alerta roja al instante, llevando las manos a sus armas.
Maximiliano frunció el ceño. Nadie tenía ese número. Solo sus contactos de la cúpula internacional.
—Disculpen, esto es urgente —dijo el capo con tono serio, sacando el aparato plateado. Presionó el botón de altavoz mientras se llevaba el aparato a la boca—. Habla Maximiliano. ¿Quién dio este número?
Del otro lado del altavoz no se escuchó la voz de un narcotraficante rival ni la de un agente de la Interpol. Se escuchó un sollozo ahogado, lejano y dramático que retumbó por toda la sala.
—¡Eres un desconsiderado! —gritó una voz de mujer con marcado acento colombiano al otro lado de la línea—. ¡Me dejaron fuera! ¡Todas están en México haciendo negocios con la mafia y a mí me dejaron tirada en Colombia comiendo arepa sola! ¡Soy Mar, por si no te lo dijeron tus informantes!
Morgan e Itzel se quedaron petrificadas. Se miraron la una a la otra con los ojos fuera de sus órbitas, completamente desorbitadas. Andreína casi suelta el teléfono que llevaba en la otra mano.
—¿Cómo carajos consiguió el número del capo? —susurró Morgan, abriendo la boca presa del pánico.
—No tengo la menor idea... —respondió Andreína con la voz helada—. Esa mujer cuando está enojada es capaz de hackear la red del Pentágono con tal de reclamarme algo.
—¿Quién es usted y cómo demonios consiguió esta línea? —preguntó Maximiliano, endureciendo la voz pero evidentemente descolocado por la interrupción.
—¡A mí no me hables con ese tono de mafioso de telenovela, Señor Don Banano! —chilló Mar desde Colombia, haciendo que Itzel se tapara la cara de la vergüenza—. ¡A mí me respetas! Me enteré de todo porque vi los mensajes de Morgan sobre la subasta de Itzel. ¡A mí me incluyen en la tajada o le mando la ubicación de tu camioneta a la policía de tránsito ahora mismo!
Samy, que venía saliendo de la cocina con un plato de galletas en la mano, se acercó a las piernas de Maximiliano y miró el teléfono satelital con curiosidad.
—Señor de la pistola, esa es la tía Mar —informó el niño con la boca llena de migas—. Siempre chilla por teléfono cuando la tía André no le compra helado.
Maximiliano miró el teléfono, miró al niño embarrado de galleta, miró a Itzel que intentaba esconderse detrás del sofá y luego fijó la vista en Morgan y Andreína. La gravedad de su imperio criminal acababa de ser completamente pisoteada por un grupo de amigas neuróticas.