—Olvídalo, Andreína, cuelgo ya. Tengo una emergencia biológica en el lavadero —susurró Morgan con urgencia, cortando la llamada antes de que la venezolana pudiera seguir exigiendo más tajadas de su inexistente comisión.
Dejó el teléfono sobre la mesa de la cocina y corrió hacia el patio trasero. El panorama era desolador: el gato familiar —un felino gordo y arisco de nombre Pipo— había logrado salir disparado de la lavadora con espuma hasta en las orejas, bufando con furia y corriendo a esconderse debajo del sillón de la sala.
Samy, por su parte, estaba empapado de pies a cabeza, con una toalla verde amarrada al cuello como capa de superhéroe y embarrando lodo fresco por toda la pared blanca reciéntemente pintada. Cristian los animaba desde el marco de la puerta comiéndose un trozo de pan con mantequilla como si estuviera viendo el mejor espectáculo de su vida.
Itzel, sentada en el suelo del patio con las rodillas al pecho, miraba al vacío con la mirada perdida de un soldado en plena guerra.
—Ya está. Renuncio. Que vengan los bomberos, que venga la policía, que venga la mafia o el mismísimo presidente —murmuró Itzel con voz monótona,meciéndose hacia adelante y hacia atrás—. Voy a vender la casa, voy a regalar a los niños a un circo y yo me voy a vivir a un convento budista en el Tíbet.
Morgan se arrodilló junto a su amiga y le dio un manotazo suave en el hombro.
—No te me desmayes todavía, alma de cántaro, que el verdadero show está a punto de empezar —dijo Morgan con una sonrisa maquiavélica.
—¿De qué hablas? —preguntó Itzel parpadeando con lentitud.
Sin darle tiempo a responder, Morgan sacó de nuevo el celular, tecleó rápidamente el número de Don Maximiliano que le había dado el subordinado y, con una mezcla de vértigo y audacia, presionó el botón de llamada. Puso el altavoz antes de que el capo pudiera contestar.
—¿Quién habla? —se oyó una voz varonil, grave, profunda y ronca del otro lado de la línea, acompañada por el sonido de un motor de alta gama encendiéndose.
—Don Maximiliano, soy yo, la socia de su futura esposa —soltó Morgan sin titubear, ignorando la cara de espanto que puso Itzel al escuchar la palabra "esposa"—. ¿Sabe qué? Cambio de planes corporativos. La junta directiva exige una inspección de campo inmediata. ¿Tiene una hora libre? Necesito que venga a la sucursal... digo, a la casa. Para que conozca el inventario y firme el contrato de una vez por todas.
Del otro lado hubo un segundo de silencio cortante.
—Dime la dirección —ordenó el capo con tono de mando inquebrantable.
Morgan recitó la calle y el número exacto, colgó de inmediato y miró a Itzel, quien la miraba con los ojos abiertos como platos, boquiabierta y a punto de hiperventilar de nuevo.
—¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre traer a un mafioso a mi casa? ¡Mírame! ¡Tengo una mancha de mermelada en el delantal, la blusa al revés y huele a detergente de gato! —gritó Itzel poniéndose de pie de un salto y queriendo correr a su cuarto.
—¡Ni se te ocurra moverte! Es parte de la estrategia de mercado: autenticidad cruda y sin filtros —zanjó Morgan agarrándola de los brazos para frenarla.
17 minutos después, un estruendo de motores pesados resonó frente a la casa. Tres camionetas negras blindadas se estacionaron de golpe en la modesta calle de la barriada, bloqueando la vista de los vecinos indiscretos que ya asomaban las cabezas por las ventanas.
La puerta de la camioneta del medio se abrió con elegancia y de ella descendió Don Maximiliano. En persona, el hombre imponía el triple. Alto, con un traje negro hecho a la medida que contrastaba con la sencillez del vecindario, una barba perfectamente delineada, la mandíbula marcada y unos penetrantes ojos oscuros que parecían escanear el peligro en cada rincón.
Morgan se apresuró a abrir la puerta principal de la casa antes de que tocara, abriéndole paso con una reverencia exagerada.
Maximiliano entró al recibidor con paso firme, mirando el pequeño y modesto desorden de la sala con una ceja arqueada. Iba a decir algo cuando un proyectil embarrado de lodo, mermelada y espuma de gato cruzó la sala volando a toda velocidad.
—¡Soy el rey del pantano! —gritó el pequeño Samy, saltando directamente desde el respaldo del sofá... con tan mala fortuna que resbaló en el aire y cayó de espaldas, directo hacia las impecables y costosas botas de cuero de Don Maximiliano.
Itzel ahogó un grito, llevándose las manos a la boca, convencida de que en menos de tres segundos el capo sacaría una pistola de oro y eliminaría al niño de la faz de la tierra.
—¡No, mi hijo no! ¡Perdónelo, es un monstruo pero tiene buen corazón! —se abalanzó Itzel despavorida, interponiéndose entre el mafioso y el niño.
Maximiliano se quedó inmóvil. Bajó la mirada hacia Samy, quien lo miraba desde el suelo con los ojos llorosos, el casco rojo chueco y una mancha verde en la frente, preparado para romper en un llanto estruendoso.
Para sorpresa absoluta de Morgan e Itzel, el temible capo de la mafia mexicana no disparó. Exhaló un suspiro pesado, se arrodilló con una agilidad pasmosa —arriesgando su costoso pantalón de diseñador ante el lodo del suelo—, estiró los brazos y levantó a Samy con una facilidad asombrosa, sosteniéndolo en el aire como si fuera una pluma.
—Los niños no se tiran al suelo de esa manera, muchachito —dijo Maximiliano con una voz firme pero extrañamente calmada, mientras con su pañuelo de bolsillo —que olía a carísima loción importada— le limpiaba con delicadeza la nariz a Samy—. ¿Cómo te llamas?
—Sam... Samy —balbució el niño, completamente hipnotizado por la presencia imponente del hombre, olvidando por completo sus ganas de llorar y tocándole la solapa del traje con las manos sucias de lodo—. ¿Tienes pistola?
Maximiliano soltó una carcajada corta, profunda y magnética.
—Tengo algo mejor: tengo paciencia para lidiar con pequeños desastres —respondió el capo, volteando lentamente la cabeza para posar sus ojos oscuros sobre Itzel, quien seguía petrificada a medio camino.