Capítulo 9
El olor a cilantro fresco, cebolla caramelizada y carne de suadero recién asada impregnó cada rincón de la sala, transformando la atmósfera de búnker mafioso en una taquería clandestina de alta alcurnia. Las camionetas de la escolta de Maximiliano no solo habían cercado el perímetro, sino que habían desplegado una mesa de banquete improvisada sobre la cual reposaban bandejas interminables de tacos y una jarra humeante de agua de horchata.
—Esto es vida —declaró Andreína con la boca medio llena, sosteniendo un taco con la mano izquierda mientras una estilista de alta gama, armada con una brocha de polvos traslúcidos y cara de pocos amigos, intentaba fijarle el maquillaje sin éxito—. Si sabía que casarse con un narco iba con servicio de catering incluido, le hablo al tal Don Banano desde el año pasado.
—No le digas así, Andre, respeta al futuro proveedor de nuestra seguridad financiera —le regañó Itzel, sentada en un sillón orejero mientras tres manicuristas le pintaban las uñas de los pies de color rojo carmesí y una maquillista le armaba un peinado de novia con tanto spray que el techo amenazaba con volverse inflamable—. ¡Ay, por favor, pónganme más brillo en los ojos! ¡Quiero parecer una virgen mafiosa, no una damita de caridad!
El gato gordo, ronroneaba plácidamente recostado sobre los zapatos de Prada de un sicario que hacía guardia junto a la ventana, mientras Cristian y Samy corrían por el pasillo persiguiéndose con pistolas de agua, ambos con el bigote pintado de villano y las camisas totalmente manchadas de salsa verde. Morgan, por su parte, supervisaba que los tacos no escasearan y anotaba en una libreta de notas los porcentajes de la boda que acababa de renegociar en secreto con el contador de Maximiliano.
—Diez minutos para que llegue el vuelo del aeropuerto, jefe —avisó por el radio portátil uno de los hombres de confianza del capo, asomándose desde la puerta principal—. La señora Mar ya viene en camino con una maleta de mano y cara de que va a incendiar el estado de Morelos.
—Excelente —murmuró Maximiliano, dando un sorbo a su refresco de vidrio—. Que le abran la puerta principal y la sienten en la mesa de honor. Quiero ver cómo se desarrolla este espectáculo antes de firmar el acta matrimonial.
La tensión en la sala subió de golpe cuando se escucharon frenazos violentos en la gravilla del jardín. Las puertas principales se abrieron de par en par y por ahí apareció Mar: ojeras de haber llorado en el vuelo de primera clase, cabello alborotado por el coraje, un traje sastre arrugado y, firmemente apretados contra su pecho como si fueran un escudo protector contra el crimen organizado, unos documentos con carpetas manila.
—¿Dónde está la infiel de Andreína? —gritó Mar con una voz que hizo temblar los cristales y asustó al gato Sammy—. Se acabó la farsa, Vengo a disolver esta farsa de matrimonio express antes de que terminen vendiendo órganos en la plaza, Firma esta porquería de papeles de divorcio de una vez por todas, Andreína, o te juro que le prendo fuego a las camionetas de tu novio el mafioso!
El silencio sepulcral que cayó sobre la sala solo fue roto por el crujido de un taco que Morgan se estaba comiendo con calma olímpica.
Andreína, con la mitad de la cara ya maquillada y la otra mitad al natural porque la estilista se había quedado petrificada con el cuchillo de untar en la mano, suspiró con una pereza infinita. Se acomodó los lentes de sol sobre la frente, estiró el brazo pidiendo una pluma y miró a Mar con total indiferencia.
—A ver, Mar, pásame el papel —dijo Andreína extendiendo la mano.
Mar caminó con pasos firmes entre los guardaespaldas, que la veían con curiosidad morbosa, y le sopló los papeles en la cara con furia incontenible.
—¡Aquí tienes! ¡Lee las cláusulas donde renuncias a todo lo que no es tuyo y firma donde dice "Cónyuge infiel"!
Andreína bajó la mirada al documento, frunció el ceño, volteó la hoja, la sacudió y luego miró fijamente a su adorada amiga con los ojos muy abiertos.
—Oye, Mar... una pregunta muy seria —soltó Andreína con total tranquilidad—. ¿Cómo se supone que se firma esto? O sea, ¿por dónde se agarra el bolígrafo para que tenga validez legal? Es que la verdad nunca en mi vida he firmado un divorcio y se me olvidó cómo se escribe mi apellido.
Mar se quedó congelada a medio gesto. Parpadeó una, dos, tres veces, procesando la imbecilidad del comentario, hasta que el cortocircuito mental se convirtió en un grito ensordecedor.
—¿QUE NO SABES CÓMO SE FIRMA?, ¿A QUÉ TE REFIERES CON QUE NO SABES CÓMO SE FIRMA, ANDREÍNA?! Es tu nombre, Lo has firmado en multas de tránsito, en contratos de alquiler y en las multas del perro, ¿Cómo vas a olvidar firmar tu propio divorcio? —chillaba Mar, agitando los brazos en el aire mientras Itzel le aplaudía desde el sillón como si estuviera en un show de comedia.
—Es que los nervios de la boda ajena me atrofiaron las neuronas, hermana —respondió Andreína con una serenidad pasmosa, dándole un mordisco a su último taco de suadero—. Y la verdad pensándolo bien... como que no me dan ganas de firmar nada.
—¿Cómo que no Te Dan Ganas? Me acabo de cruzar medio continente en primera clase solo para esto! —bramó Mar, tirándose de los pelos con desesperación absoluta.
—Pues así como lo oyes —dijo Andreína, cruzándose de brazos y adoptando una postura imponente a pesar de tener una mascarilla verde secándose en la mejilla izquierda—. Mira, Mar, seamos honestas. Nosotras somos como un matrimonio tóxico: nos peleamos, nos tiramos los platos a la cabeza, nos bloqueamos de WhatsApp, nos deseamos la peor de las suertes y nos la pasamos de las greñas todo el día... pero separadas nos aburrimos. Así que piénsalo bien: no te voy a firmar el divorcio ni hoy, ni mañana, ni el próximo siglo.
—Estás loca, Estás enferma, Eres una psicópata posesiva! —le gritaba Mar, sacudiendo los papeles frente a sus narices.