Te vendo a mi hermana

Capítulo 8

—¡Nos va a matar! ¡Mar nos va a enviar una plaga de maldiciones colombianas! —chilló Itzel, pegándose al pecho de Maximiliano y agarrándolo de la corbata con desesperación pura—. ¡Amor de mi vida, dime que tus escoltas tienen escudos antibalas para protegernos del drama de mi amiga! ¡Mírame, me está dando un ataque de taquicardia y ni siquiera me he tomado la mitad de la medicina!

—Itzel, suéltale la corbata al señor que lo vas a ahorcar antes de que me pague la comisión —ordenó Morgan, sacando el celular con reflejos de cazadora—. Le bloqueamos el WhatsApp ya mismo. Le decimos que en México se cayeron las torres de telefonía por un huracán o un meteorito.

—A Mar no la frena un meteorito, Morgan, a esa mujer no la frena ni la cúpula de la Interpol —interrumpió Andreína con su tono helado, acomodándose los lentes de sol sobre la cabeza—. Si se entera de que yo voy a comer pastel de bodas gratis en México mientras ella se quedó en Colombia comiendo arepa sola, es capaz de secuestrar un avión comercial y aterrizarlo en el patio trasero de Itzel.

—¡En mi patio no! —bramó Itzel, jalándose los cabellos con la mano que le quedaba libre—. ¡En el patio está el pozo de lodo de Samy y bastante trabajo me costó lavar al gato! ¡Si me destruyen el jardín no me casó, lo juro por mi salud mental que ya no existe!

—Se me calma la novia o le meto una galleta en la boca para que deje de hiperventilar —sentenció Andreína sin pestañear—. Yo no vine a México a lidiar con berrinches ajenos, vine a asegurar mi veinticinco por ciento y a comer tacos.

Maximiliano, que escuchaba la conversación con la ceja derecha levantada, bajó a Samy al suelo y se ajustó las mancuernillas de oro con total parsimonia.

—A mí nadie me extorsiona dos veces el mismo día —sentenció el capo—. Le voy a mandar un boleto de avión en primera clase a esa tal Mar para que venga hoy mismo. Prefiero tener a todos los elementos del problema en el mismo salón a estar recibiendo llamadas de amenaza a mi teléfono satelital cada cinco minutos.

Itzel abrió la boca a más no poder, tapándose la cara con las dos manos mientras miraba a Maximiliano con una mezcla de adoración religiosa y pánico escénico.

—¡¿Primera clase?! ¡Eres un ángel enviado del cielo con dinero de la mafia! —gritó Itzel, lanzándose a abrazarlo por el cuello tan fuerte que casi lo hace perder el equilibrio—. ¡Escuchaste eso, Morgan! ¡Me voy a casar con un santo que resuelve mis problemas dramáticos con boletos de avión!

—¡Primera clase! —exclamó Morgan, poniéndose la mano en el pecho con indignación pura—. Don Maximiliano, con lo que cuesta ese boleto en primera clase me puede subir el porcentaje de mi comisión de intermediación. No desperdicie el capital en la colombiana dramática, mándela en autobús de tercera sin aire acondicionado.

—A ti no te voy a subir nada, Morgan, agradece que no te cobro por el susto que me diste en el restaurante —respondió el capo con una sonrisa torcida que hizo que a Itzel se le aflojaran las rodillas.

—¡Ni se te ocurra tocarle el dinero a mi prometido, sanguijuela! —le gritó Itzel a Morgan, defendiendo a Maximiliano como una fiera—. ¡Es un hombre sabio, un hombre de decisiones firmes! ¿Ven cómo sí es el hombre de mi vida? Paga el billete de Mar, me paga las medicinas de la bipolaridad, acepta a mis hijos terroristas y encima tiene cara de modelo de revista.

—Tiene cara de que nos va a mandar a desaparecer si no firmamos rápido —murmuró Andreína, abriendo su maleta de mano ahí mismo en medio de la sala para sacar un paquete de galletas saladas que traía guardadas—. Por cierto, Don Banano, ¿a qué hora llega la taquería que prometió? Porque a Itzel le va a dar un soponcio de la emoción y yo tengo el azúcar en el suelo por los tacos que dejé abandonados en la calle.

—En quince minutos está el banquete aquí afuera —aseguró Maximiliano, haciendo una seña a uno de los hombres armados de la entrada, quien de inmediato sacó un radio y empezó a dar órdenes.

—¡Súper! —gritó Cristian desde el pasillo, apareciendo de nuevo pero esta vez con la cara pintada con marcador permanente negro simulación de un bigote de villano de película—. ¡Papá mafioso, quiero diez tacos de suadero y una pistola de agua para dispararle a la tía Morgan!

—¡Cristian! ¡No le digas papá mafioso al Señor Don Maximiliano! —regañó Itzel, dándole un manotazo en el aire a su hijo mientras se acomodaba la blusa al revés—. ¡Discúlpelo, mi vida, es que no tiene educación porque su padre biológico se fue por cigarrillos y nunca regresó! ¡Prometo que en la mansión sí lo voy a educar!

—Tranquila, Itzel, el muchacho tiene buen gusto para pedir comida —respondió Maximiliano con una carcajada corta—. Pero la pistola de agua se la pides a tu tía Morgan, que es la tacaña de la familia.

De pronto, el celular de Andreína comenzó a sonar de nuevo con la melodía de una balada trágica de telenovela. Todas las miradas se posaron sobre el aparato. Andreína miró la pantalla, suspiró con profunda pereza y contestó poniendo el altavoz sin el menor pudor.

—Habla rápido, Mar, que van a traer la taquería a la casa —soltó Andreína secamente.

—¡Eres una descarada, Andreína! —se oyó la voz de Mar, retumbando con un eco dramático que delataba que estaba llorando metida en el baño de su casa—. ¡Me llegó una notificación a mi correo de un boleto de avión en primera clase hacia México a mi nombre! ¡¿Crees que me vas a comprar con un pasaje aéreo?! ¡¿Crees que soy tan barata?!

—Si no lo quieres me lo puedes transferir a mí, Mar —interrumpió Morgan de inmediato—. Yo lo vendo en internet y nos dividimos la ganancia.

—¡Cállate la boca, Morgan, que por tu culpa mi mujer está en México comiendo tacos con la mafia! —gritó Mar fuera de sí—. ¡Y tú, Itzel, traidora, vi en el grupo que ya estás aceptando casarte!

—¡Es que tiene un banano gigante y nos va a sacar de pobres, Mar! ¡Compréndeme! —chilló Itzel hacia el teléfono, agarrándose el pecho con dramatismo puro.




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