Morgan, tras estacionar el auto con maniobras apresuradas, prácticamente arrastró a Itzel hasta la entrada de su casa. En cuanto cruzaron el umbral, el misterio se desvaneció y la cruda realidad golpeó a Itzel de golpe: su amiga no estaba actuando por capricho; tenía razones de sobra para estar al borde del colapso.
La sala era un auténtico campo de batalla. En medio del caos, el pequeño Samy corría de un lado a otro soltando carcajadas estridentes, completamente desnudo, como si estuviera celebrando la desgracia financiera de su madre. Pero lo peor estaba sobre la isla de la cocina: una torre interminable de recibos vencidos, avisos de embargo y notificaciones de préstamos bancarios que ahogaban cualquier esperanza de tranquilidad.
—¡Mar no me ha enviado el sticker llorando, eso significa que no me perdona! —repitió Itzel al borde de las lágrimas, atrapada en su particular crisis existencial mientras se aferraba al teléfono como a un salvavidas.
—Cálmate ya, lo hará. Tú vete a bañar y vestir a los niños a la fuerza, pero ahora tenemos algo serio de qué hablar —respondió Morgan, intentando mantener la compostura.
Bajo protesta y refunfuñando, Itzel se marchó arrastrando los pies hacia la habitación junto con los niños. Antes de que regresara a exigir explicaciones, Morgan sabía que tenía una misión urgente: lograr que Mar le enviara la dichosa imagen para apaciguar a la bestia.
A unos cuantos kilómetros de distancia, el teléfono de Andreína vibraba sin descanso en medio de su propia rutina. Sin perder un segundo, Morgan tecleó un mensaje rápido para desahogarse:
Morgan: Itzel está insoportable porque Mar no le envía el maldito sticker llorando. ¡Sálvame de esta crisis!
André: Pues mira, señora intrusa, Mar no para de llorar porque dice que Itzel ya no la quiere y que no le va a rogar jamás —respondió la venezolana con tantas ganas de estrangular a ambas que sus dedos temblaban sobre el teclado. Siempre terminaba en medio de sus dramas interminables.
Morgan: Dile que ya le envié el sticker llorón a Itzel para que baje dos rayitas a su drama. No te imaginas cómo se pone esta mujer cuando se le olvida tomarse el medicamento.
André: Llevo una hora explicándole a Mar que Itzel está desesperada sin sus pastillas y lidiando con las travesuras de los niños, pero no entra en razón. Me provoca pegarles a las dos por necias —comentó André, visiblemente molesta con el nivel de toxicidad de ese par de amigas.
Morgan: Insístele, por favor. Necesito a Itzel sin tanto drama porque hay algo muy grave que debo confesarle.
Morgan mordisqueaba sus uñas con nerviosismo, preguntándose cómo demonios tendría el valor de decirle a su loca amiga que, para salir de pobres de una vez por todas, había tomado la decisión de "venderla" con un peligroso mafioso.
André: Ya la amenacé con dejar de hablarle y al fin accedió a enviar el maldito sticker, y nada más porque me dio lástima —concluyó André, restándole importancia al asunto con la experiencia de quien sabe que prestarles atención a sus locuras es el camino directo a la locura propia.
De pronto, un grito de victoria sacudió las paredes de la casa.
—¡SÍ! ¡SÍ, ya me escribió! —chilló Itzel, saliendo saltando en un solo pie y con una sonrisa de oreja a oreja, completamente revitalizada al ver brillar en la pantalla de su celular el ansiado sticker de su "cachetito favorito".
Mientras Itzel celebraba la paz temporal con su amada Mar, Morgan la observaba desde la cocina con una mezcla de culpa y terror. El alivio de su amiga duraría muy poco; el verdadero caos apenas estaba por comenzar.
—Te vendí a un mafioso —soltó sin más Morgan.
El mundo pareció detenerse. El teléfono resbaló de los dedos de Itzel con un estrépito seco contra el suelo, la pantalla estrellada en mil pedazos sin que a ninguna le importara lo más mínimo.
—¿Qué... qué hiciste qué? —Itzel la miró con los ojos desorbitados, escrutando su rostro como si de un segundo a otro le hubiera brotado una segunda o incluso una tercera cabeza—. Amiga, la que no tiene sus medicamentos soy yo, ¡así que deja de inventar estupideces y de proyectar tus alucinaciones en mí! —señaló, dando un paso atrás con el pecho agitado y un terror genuino reflejado en la mirada.
—No estoy inventando nada —respondió Morgan con una seriedad pasmosa, cruzándose de brazos—. Un mafioso con más dinero del que podemos gastar en diez vidas necesita una esposa con urgencia, y yo... bueno, digamos que le hice una oferta irresistible y te vendí como su futura prometida.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado y sepulcral, solo interrumpido a lo lejos por las risas de Samy. A Itzel le faltó el aire. Sintiéndose al borde del desmayó, hiperventilando y con las manos temblando descontroladamente, llevó las palmas a su cabeza mientras soltaba un chillido ahogado que rozaba la histeria colectiva.
—¡¿Que me Vendiste a quien?! —gritó, agarrandose el cabello en un ataque de pánico puro—. ¡¿A UN MAFIOSO?! ¡¿A MI, A TU HERMANA, COMO SI FUÉRAMOS UN PAQUETE DE AMAZON CON ENVÍO GRATIS?! ¡¿Estás loca o te cayó un rayo en el cerebro?! ¡Yo no sé cocinar pasta de la mafia, no uso gabardinas negras y mi sueño era vivir tranquila, no aparecer flotando en un río con zapatos de cemento!
Morgan tragó saliva pesadamente, maldiciendo el momento en que abrió la boca, mientras veía a Itzel comenzar a dar vueltas por la sala al borde de un colapso nervioso mil veces peor que el de los recibos bancarios.